La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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Capitulo 18: VERDADES, TRAICIONES Y LLAMAS DE NOCHE
Pasaron varios días de calma relativa. La casa respiraba paz: los niños, más tranquilos cada día, ayudaban con las tareas y reían como correspondía a su edad. Oliver y yo construíamos una confianza nueva, silenciosa y sólida, sin prisa pero sin pausa. Sin embargo, yo sentía la necesidad de volver a la clínica; había dejado allí a aquella mujer misteriosa, la que llegó como una mendiga pero tenía el porte de una reina, y quería saber si por fin recuperaba el conocimiento.
Una mañana, me dirigí a la clínica del doctor Ramírez. Al entrar, él me recibió con una sonrisa nerviosa:
—Señora Isabella… despertó hace un rato. Está consciente, tranquila… y dice que quiere hablar con usted.
Entré a la habitación. La mujer estaba sentada al borde de la cama, vestida con ropas limpias, y al verme, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sabía que volvería —dijo con voz suave pero firme—. Tengo que contarle la verdad, aunque me cueste la vida.
Respiró hondo y comenzó a hablar, con la mirada perdida en recuerdos que dolían:
—Soy Serafina. Durante treinta años fui la Gran Sacerdotisa del Templo Fénix. Nadie lo sabía, pero no era solo una guía espiritual… era la esposa del General Protector, el hombre más leal al imperio. Hace treinta años, el Templo y la corte conspiraron contra nosotros. Me arrebataron a mi hija de dos años … me dijeron que la mataron. Pero no lo hicieron: la escondieron, esperando el momento de usarla. Y mi esposo… creyó que yo había muerto en un incendio. Llevamos décadas separados, viviendo en mentiras y cadenas.
Me miró con una intensidad que me heló la sangre:
—Usted… tiene sus ojos. La misma mirada.
El mundo pareció detenerse a mi alrededor. Me quedé sin aliento, el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas. Todo encajaba, aunque mi mente se resistía a aceptarlo de golpe.
—¿Yo? —susurré, dando un paso atrás—. ¿Está segura? ¿Cómo puede…?
—Lo sé —respondió ella con dulzura y firmeza—. No hay duda.
Respiré hondo, obligándome a recuperar el control.
—Lo ayudaré —le dije con firmeza—. No dejaré que vuelvan a hacerle daño. Se quedará aquí, escondida, hasta que sepamos quién es el enemigo y cómo derrotarlo. Nadie la encontrará.
Esa noche, el cielo se tiñó de estrellas brillantes, como aquella noche que lo cambió todo. Oliver y yo nos sentamos fuera, en silencio largo rato, hasta que por fin habló, con voz grave y honesta:
—Isabella… hay algo que llevo callado demasiado tiempo. No quería decírtelo sin estar seguro, pero ahora todo encaja. El General Protector… mi antiguo mentor, el hombre más leal a mi padre… siempre habló de su esposa Serafina y de una hija que le arrebataron. Las fechas, los ojos, la edad… todo coincide. Sospecho, con toda mi alma, que tú eres la hija que perdieron hace treinta años.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Me llevé una mano al pecho, sintiendo cómo el aire se me escapaba. Una mezcla de asombro, confusión y un dolor antiguo que no sabía que tenía me recorrió entera.
—¿Yo? —susurré, con la voz temblorosa—. ¿La hija del General y de Serafina? Toda mi vida… creí que no tenía nada. Que nadie me buscaba.
—Nunca dejaron de buscarte —respondió él, tomándome la mano con suavidad—. Por eso te buscaban, por eso eres tan especial, por eso el Templo te quiere muerta o viva. Eres la heredera de dos linajes poderosos. Y ahora… todo tiene sentido.
Al día siguiente, el sol apenas comenzaba a caer cuando tomé una decisión. Necesitaba respuestas, y solo había un lugar donde encontrarlas: la casa de quienes me criaron. Llegué al atardecer, caminando por el sendero que creí conocer, pero que ahora se sentía extraño y frío. Al entrar, mis padres adoptivos me recibieron con sorpresa y nerviosismo; no esperaban verme. No perdí tiempo en rodeos. Me senté frente a ellos, con una calma que los aterrorizaba, y saqué dos agujas finísimas de mi manga.
—Díganme la verdad —les dije con voz baja y peligrosa—. O esto dolerá más de lo que pueden imaginar.
Antes de que pudieran reaccionar, les clavé las agujas en el brazo. El líquido entró en su sangre con un ardor que los hizo gemir; no era veneno mortal, sino un suero que despertaba la conciencia y debilitaba la capacidad de mentir. Tardó unos minutos en hacer efecto, tiempo en el que sus rostros se descompusieron en pánico.
—¡No queríamos hacerlo! —gritó la mujer, temblando—. ¡Ella nos pagó! ¡Una mujer con capucha nos dio oro para matarte cuando eras solo un bebé de dos años! ¡Pero no pudimos! ¡Eras tan pequeña… y decidimos criarte para usarte cuando crecieras! ¡Siempre supimos que eras especial y que podíamos sacar provecho de ti!
—¿Quién era esa mujer? —pregunté, sintiendo cómo mi corazón se endurecía mientras el suero seguía actuando en ellos.
—No lo sabemos… siempre iba encapuchada… solo decía que no debías vivir —sollozó el hombre, con sudor frío en la frente—. ¡Perdónanos, Isabella!
Me levanté, sintiendo asco y lástima a la vez. El suero empezaba a perder efecto, y ellos recuperaron el aliento, confundidos y temerosos.
—Su perdón no me sirve —les dije—. Pero les aseguro que nunca volverán a usar a nadie.
Salí de allí sin mirar atrás, con el corazón pesado pero la mente clara.