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Renaci Y Está Vez No Vuelvo Contigo

Renaci Y Está Vez No Vuelvo Contigo

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VICTOR CUETO

En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.

NovelToon tiene autorización de VICTOR CUETO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: El día después de decir adiós

El día después de decir adiós

La mañana siguiente a la ruptura se sintió como despertar en una casa que ya no era del todo mía.

Abrí los ojos y lo primero que noté fue el silencio. No había mensajes nuevos de Mateo en la pantalla. No había llamadas perdidas. Solo el eco de lo que había dicho la tarde anterior: “Esto es una ruptura”. Las palabras seguían dando vueltas en mi cabeza como si todavía no terminaran de aterrizar.

Me quedé acostada un rato largo, mirando el techo. El cuerpo me pesaba. No era el cansancio normal de no haber dormido bien. Era un cansancio más profundo, como si hubiera estado cargando algo durante años y de pronto lo hubiera soltado… y ahora los músculos no sabían qué hacer sin ese peso.

Lucas tocó la puerta con suavidad antes de entrar. Traía una taza de café y la dejó en mi mesa de luz.

—Bebiste poco ayer. Come algo después —dijo—. Voy a la facultad un par de horas. ¿Vas a estar bien sola?

Asentí.

—Sí. Ve.

Se detuvo un segundo en la puerta.

—Si él aparece… me llamas. No importa en qué clase esté.

—Lo prometo.

Cuando se fue, el departamento se quedó demasiado quieto. Me obligué a levantarme. Me duché con agua caliente hasta que la piel me ardió. Me vestí con ropa cómoda. Me hice un desayuno que apenas pude comer. Cada movimiento se sentía mecánico, como si estuviera aprendiendo de nuevo cómo existir en un día que no giraba alrededor de Mateo.

A media mañana el teléfono vibró.

Era él.

No contesté.

Esperé a que dejara de sonar.

Después llegó un mensaje de texto:

“¿En serio lo deciste en serio? Valeria, no seas exagerada. Llámame.”

Lo dejé en visto.

Minutos después llegó otro:

“No voy a rogarte. Pero tampoco voy a fingir que esto tiene sentido.”

Y después otro:

“Te vas a arrepentir.”

Bloqueé el chat. No el número todavía. Solo el chat. Necesitaba el silencio más de lo que necesitaba la dignidad completa.

Me senté en el sillón con la libreta. Escribí durante casi una hora. No sobre él. Sobre mí. Sobre la mujer que había sido capaz de decir “se terminó” aunque la voz le temblara. Sobre el miedo de no saber quién era ahora. Sobre la extraña sensación de vacío que dejaba una ausencia tan grande.

A las dos de la tarde el timbre sonó.

El corazón me dio un vuelco. Me acerqué a la mirilla con el estómago cerrado.

No era Mateo.

Era Adrián Rivas.

Llevaba una bolsa de papel en una mano y una expresión serena. Me sorprendió tanto verlo que tardé un segundo en abrir.

—Hola —dijo—. Perdona que aparezca sin avisar. Pregunté en el café si sabían dónde podías vivir cerca. La chica del mostrador… digamos que fue generosa con la información cuando le dije que te había encontrado una libreta.

Me quedé parada en el umbral, sin saber qué decir.

—¿Puedo? —preguntó, levantando ligeramente la bolsa—. Traje pan. Y café. Pensé que tal vez no habías comido mucho.

La simpleza del gesto me desarmó. Me hice a un lado y lo dejé entrar. Adrián dejó la bolsa sobre la mesa de la cocina y miró alrededor con discreción, sin invadir.

—No tienes que quedarte —dije—. De verdad. Estoy bien.

—No dije que no estuvieras bien —respondió con calma—. Solo traje pan. A veces el pan ayuda más que las palabras.

Se quedó de pie, sin sentarse, esperando a que yo decidiera. Esa contención otra vez. Esa forma de no empujar.

—Siéntate —murmuré al fin.

Nos sentamos en la mesa de la cocina. Él sacó dos cafés y un par de medialunas todavía calientes. Comimos en silencio un rato. No fue incómodo. Fue… respirable.

—Ayer cortaste con alguien —dijo de pronto. No era una pregunta.

Levanté la vista.

—¿Cómo lo sabes?

—La primera página de tu libreta. Y la forma en que mirabas el teléfono anoche cuando te escribí. Además… se nota. Hay un tipo de silencio que solo aparece cuando alguien se va de golpe.

Apreté la taza entre las manos.

—Se terminó ayer. Oficialmente. Aunque… creo que se había terminado mucho antes.

Adrián asintió despacio.

—¿Duele?

—Mucho. Más de lo que esperaba. Y al mismo tiempo… siento que puedo respirar por primera vez en años. Es confuso.

—No es confuso —dijo con suavidad—. Es humano. El cuerpo tarda más que la mente en aceptar que algo se acabó.

Me quedé mirándolo. Mateo nunca había hablado así. Mateo explicaba mis sentimientos por mí. Los corregía. Los minimizaba. Adrián simplemente los nombraba y los dejaba existir.

—¿Por qué estás siendo tan… amable? —pregunté de pronto—. No me conoces.

Él sostuvo mi mirada sin apartarla.

—Porque alguien estuvo una vez del otro lado de una libreta como la tuya. Y porque no cuesta nada traer pan.

La respuesta fue tan sencilla que me dejó sin palabras.

Hablamos un rato más. De nada importante. Del café. Del barrio. De lo raro que se sentía el silencio después de tanto ruido. En ningún momento me preguntó detalles de Mateo. En ningún momento me ofreció consejos. Solo estuvo.

Cuando se levantó para irse, se detuvo en la puerta.

—Si necesitas que alguien recoja la libreta otra vez… ya sabes dónde encontrarme. O no. También está bien no necesitar nada.

Se fue.

Me quedé en la cocina mirando las dos tazas vacías. El pecho me dolía de una forma distinta. No era el dolor agudo de la ruptura. Era algo más quieto. Como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que había estado cerrada demasiado tiempo.

Lucas volvió al atardecer. Encontró las tazas todavía sobre la mesa y levantó una ceja.

—¿Tuviste visita?

—Sí. El del café. Adrián. Trajo pan.

Lucas dejó la mochila en el sillón y me miró con atención.

—¿Y?

—Y nada. Hablamos. Se fue. Fue… raro. Pero no malo.

Él asintió. Después se acercó y me dio un abrazo corto y fuerte.

—Hoy te ves diferente. Más cansada. Pero también más aquí.

—Me siento exactamente así.

La noche cayó despacio. Cocinamos juntos. Vimos una serie cualquiera. En algún momento Lucas se quedó dormido en el sillón y yo lo cubrí con una manta. Me senté en el piso junto a él, con la libreta abierta sobre las rodillas.

Escribí:

“Hoy alguien entró a mi casa con pan y silencio.

No me pidió que me explicara.

No me pidió que cambiara de opinión.

Solo se sentó.

Y por primera vez en mucho tiempo no sentí que tenía que ganar una discusión para merecer compañía.”

Cerré la libreta.

El teléfono vibró una última vez. Un número desconocido. Un mensaje:

“No voy a escribirte más. Pero si algún día quieres hablar… sabes que estoy. — M”

Mateo.

Lo leí dos veces. Después bloqueé el número por completo. Esta vez sí.

El silencio que siguió fue absoluto.

Me acosté en el sillón, junto a Lucas, y cerré los ojos. El duelo seguía ahí. El miedo también. Pero por primera vez desde que había despertado en esta nueva vida… el futuro no se sentía como una amenaza.

Se sentía como una página en blanco.

Y yo, por fin, tenía el bolígrafo en la mano.

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BL Autor 🌈
Me tocó analizar de nuevo y empezar a reescribir la historia, desde el episodio 18, les prometo que subiré lo más rápido posible cuando tengas las correcciones, quiero hasta llorar de la vergüenza, pero soy humano y me equivoco, para alguien como yo que le puso esmeró a la historia y no la analizó bien, me tocó leerla nuevamente y empezar a corregir, nuevamente me disculpo, espero que lo disfruten, tome en tiempo de leerla
BL Autor 🌈
¡ANUNCIO IMPORTANTE!, algunos pudieron notar que ya iba por el episodio 40, dado el caso sufrí un pequeño regaño de parte de mi editora jajaj, el borrador que usé lo subí con tanta emoción que no me di de cuenta que desde el episodio 18 en adelante la historia perdía su ritmo, se perfectamente que personas ya iban adelantadas y las que no, ofrezco una disculpa, pido una oportunidad, ya que soy un nuevo autor y me cuesta hacer las cosas bien por más que lo intento
Victor Cueto
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