Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Entonces me quedo
Cloe
Alguien me cubre con una manta. No sé quién.
Estoy sentada en el asiento trasero de uno de los vehículos.
Fabi habla con varios hombres. Grita órdenes. No entiendo ninguna.
Hay demasiadas voces.
Demasiada luz.
Demasiado espacio.
Después de dos semanas en un sótano, el mundo es demasiado grande.
Aprieto la manta alrededor de mi cuerpo.
Mis manos tiemblan.
Hay sangre seca bajo mis uñas.
No sé de quién. No quiero saberlo.
Levanto la mirada.
Mattheo.
Está a unos metros.
Mirándome.
Siento que voy a vomitar.
Aparto la vista.
No.
Por favor. No me mires.
Pero lo siento. Siento su mirada sobre mí.
Sobre mi cara hinchada.
Mis labios rotos.
Las marcas de mi cuello.
Los cardenales.
Todo.
Me siento desnuda.
Peor que desnuda… Sucia.
Me froto las manos contra la manta.
Una vez y otra, pero esa sensación no desaparece.
Nada desaparece.
Cierro los ojos.
La última vez que Mattheo me vio estaba desnuda sobre su cama.
Me estaba besando.
Me dijo que era hermosa.
Me miró como si... No. No puedo.
Un sonido escapa de mi garganta.
Me cubro la boca.
No quiero llorar. No delante de él.
No quiero que me vea así, porque ya no soy esa mujer. La mujer de aquella habitación desapareció.
Ella se reía.
Provocaba.
No tenía miedo.
Le dijo a Mattheo que si le pedía quedarse probablemente lo haría.
Qué estúpida. Qué ingenua.
Esa mujer murió en el sótano.
Ahora él está viendo lo que quedó.
—Cloe.
Mi cuerpo entero se tensa.
Mattheo.
Está más cerca.
No levanto la cabeza.
—Princesa...
—No.
La palabra sale sola.
Él se detiene y por varios segundos no dice nada.
—Está bien —dice inmediatamente.
No intenta tocarme.
Gracias.
Gracias.
No soportaría que lo hiciera.
—No voy a acercarme. —Trago el nudo en mi garganta y es doloroso. Mis ojos arden por la luz y por las lágrimas—. Solo quiero estar aquí.
Aprieto la manta.
¿Por qué?
¿Por qué quiere estar aquí?
Quiero preguntárselo, pero no puedo.
Su sombra permanece a unos metros.
No se va. Y tampoco se acerca.
Finalmente levanto la mirada.
Error.
Sus ojos están rojos.
Tiene la mandíbula apretada.
Las manos cerradas.
Me mira directamente. Y no puedo soportarlo.
—Deja de mirarme.
Mattheo palidece.
—Perdón.
Aparta los ojos inmediatamente. Y eso también duele.
Mierda.
No sé qué quiero.
No quiero que me mire. Pero tampoco quiero que deje de hacerlo.
Me siento enferma.
—Yo...
Mi voz se rompe.
Mattheo vuelve a mirarme, pero esta vez solo a los ojos.
—¿Qué necesitas?
Quiero responder.
No sé cómo.
Necesito volver dos semanas atrás.
Necesito volver al hotel.
Necesito cerrar la puerta antes de salir.
Necesito que Mattheo me pida que me quede.
Necesito decir que sí.
Necesito que nada de esto haya ocurrido.
—No sé. —Las lágrimas comienzan a caer—. No sé qué necesito.
Mattheo traga ruidosamente. Parece estar luchando contra algo.
—Está bien.
—No está bien. ¡Nada de esto está bien! —Mi voz sale demasiado fuerte—. Nada está bien —susurro.
—Lo sé.
—¡No lo sabes!
Se queda quieto.
No responde. Y eso me enfurece todavía más.
—No sabes nada.
—Tienes razón.
Sus palabras me desarman.
Esperaba que discutiera.
Mattheo siempre discute.
—No sé qué pasó ahí —continúa—. No voy a fingir que lo sé.
Mi estómago se contrae.
No.
No quiero que pregunte.
No quiero contarle.
Nunca.
Prefiero morir antes que poner imágenes dentro de su cabeza.
Él me mira a los ojos.
—Y no tienes que decírmelo. —Dejo de respirar—. Nunca —añade—. Si no quieres.
Las lágrimas caen más rápido.
¿Por qué está haciendo esto?
¿Por qué sigue siendo él?
Necesito que sea diferente.
Necesito que me mire con asco.
Sería más fácil.
—Mattheo...
Su nombre duele.
Sus labios se separan.
—Estoy aquí.
Niego.
—No deberías.
Frunce el ceño.
—¿Por qué?
Miro mis manos.
—Porque...
No puedo decirlo.
Porque Lucio me tocó.
Porque no sé cuántas veces cerré los ojos y fingí estar en otro lugar.
Porque siento su olor aunque ya no esté aquí.
Porque quiero arrancarme la piel.
Porque la última vez que tú me tocaste me sentí amada… Y ahora no sé si alguna vez podré soportar que alguien vuelva a tocarme.
—Ya no soy...
Mi voz desaparece.
Mattheo da medio paso en mi dirección. La puerta del vehículo sigue abierta. Se detiene antes de acercarse más de lo que puedo soportar.
—¿Ya no eres qué?
Me cubro el rostro.
—No puedo volver a ser como antes.
Por largos segundos no escucho nada, pero luego escucho su voz. Baja. Firme.
—Entonces no vuelvas.
Levanto la cabeza.
Lo miro.
—¿Qué?
Sus ojos verdes están clavados en los míos.
—No tienes que ser quien eras antes.
Las lágrimas se detienen durante un segundo.
—Pero...
—No me importa.
—No entiendes.
—Probablemente no. —Respira—. Pero no estoy esperando que vuelvas a convertirte en ninguna versión de ti.
Mi garganta se cierra.
—Mattheo...
—Puedes ser quien mierda necesites ser mañana, princesa.
Princesa.
Cierro los ojos.
Duele.
Todo duele.
—No me llames así.
Él se queda inmóvil.
—Bien.
No pregunta por qué.
No insiste.
Solo acepta.
Y eso es peor, porque una parte de mí esperaba que se enfadara. Que se cansara. Que se fuera. Así podría demostrarme que tengo razón… Que ya no va a quererme. Que nadie podría querer esto.
Pero sigue ahí.
—¿Quieres que me vaya? —pregunta.
Miro hacia otro lado.
Debería decir que sí.
Necesito estar sola.
Necesito que nadie me vea.
Especialmente él.
Pero entonces recuerdo una puerta de hotel.
Su voz.
La mía.
Todo lo que no dijimos.
Si me hubieras pedido que me quedara, probablemente habría dicho que sí.
Las lágrimas vuelven.
—No.
Mattheo deja escapar el aire lentamente.
—Entonces me quedo.
Asiento.
No se acerca.
No me toca.
No vuelve a llamarme princesa.
Simplemente se sienta en el asiento de adelante del auto, y permanece allí.
Yo miro mis manos. Él mira hacia otro lado.
Y por primera vez desde que salí de aquel sótano consigo llenar completamente mis pulmones.
No porque esté bien.
No lo estoy.
Quizá no vuelva a estarlo durante mucho tiempo.
Pero Mattheo está aquí.
Y aunque todavía no puedo soportar que me toque... todavía no quiero que se vaya.
la muerte de Lucio 🤔aunque aún debemos esperar el nacimiento de una niña muy bella 🎉🎉🎉
🥺superarás todo lo que te hizo ese animal