Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.
Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es
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CAPÍTULO 5: La plaza donde nadie respiraba alto
El amanecer de este mundo no traía luz cálida. Traía un gris que se pegaba a la piel como humo frío, y un silencio que pesaba en el pecho antes de que dieran el primer paso. Min‑jun caminaba junto a su Seo, detrás del otro Seo y media docena de rebeldes que apenas hablaban entre sí. Cada vez que pasaban por delante de una casa, las cortinas se cerraban un poco más. Nadie asomaba la cabeza. Nadie saludaba. Todos sabían qué día era. Todos sabían qué pasaba en la plaza central.
Min notó que la serpiente de Jade en su muñeca se movía más de lo normal. No con calor. Con una especie de inquietud, como si reconociera algo que venía de lejos. Alzó la vista hacia el palacio en la colina. Desde allí, una luz verde oscura y constante iluminaba el cielo gris, como un ojo abierto que no dormía nunca.
—No miréis demasiado a los soldados —le susurró el otro Seo sin girarse, mientras doblaban una esquina—. No hagáis contacto visual. No mostréis miedo. Él huele el miedo antes que cualquier otra cosa.
Min asintió, aunque no estaba seguro de poder ocultarlo. Tenía las manos sudorosas. Cada paso que daba le recordaba que iba a encontrarse cara a cara con una versión de sí mismo que había perdido todo lo que a él le importaba.
La plaza apareció delante de ellos de golpe.
Estaba llena de gente, pero nadie hacía ruido. Cientos de personas de pie, apretadas unas contra otras, todas con la cabeza baja, sin atreverse a hablar ni a moverse demasiado. En el centro, sobre una plataforma de piedra alta, el Sucesor esperaba.
Min se detuvo un segundo.
Era él.
Llevaba una túnica oscura bordada de verde, los siete Sellos brillando en el pecho con esa luz fría que Min ya había visto en los soldados. Tenía el mismo pelo, la misma forma de la cara, los mismos rasgos que veía cada mañana en el espejo. Pero al mirarlo a los ojos… Min sintió un escalofrío que le bajó por la espalda hasta los pies. Eran sus ojos. Pero no había nada dentro. Ninguna duda, ninguna calidez, ningún miedo. Solo vacío.
El otro Seo dio un paso adelante, con la espalda recta, aunque Min notó cómo le temblaba levemente la mano en el arco.
—Hemos venido, Min‑jun —dijo, y su voz sonó fuerte en el silencio de la plaza—. Ahora deja que la gente se vaya. No tienen nada que ver con esto.
El Sucesor no respondió de inmediato. Bajó la mirada despacio, recorriendo a los rebeldes uno por uno, hasta que sus ojos se clavaron en Min. Se quedó mirándolo un buen rato, como si estuviera examinando una pieza extraña que había aparecido en su mundo.
—Tú —dijo al fin. Su voz era igual a la de Min, pero más baja, más lenta, sin ningún tipo de vibración emocional—. Eres tú. O eso dicen los informes de mis soldados.
Min dio un paso adelante, sin soltar la mano de su Seo.
—Soy otra versión de ti —respondió, y su voz no tembló tanto como temía—. De un mundo donde no tomaste este camino. Donde no tienes que gobernar con miedo.
El Sucesor soltó una risa corta, seca, que no le llegó a los ojos.
—Cuentos —dijo—. Inventáis historias para debilitarme. No funcionará.
Levantó una mano. La gente de la plaza soltó un gemido contenido y todos se agacharon un poco, como si esperaran un golpe. Pero él no atacó. Solo movió los dedos, y una barrera de luz verde oscura se cerró alrededor de toda la plaza, tan alta que tapó los edificios de alrededor. Nadie saldría. Nadie entraría.
—Si venís de otro mundo —dijo el Sucesor, bajando la mano despacio—, demostradlo. Luchad contra mí. Si lográis tocarme siquiera una vez… dejaré ir a esta gente. Si no… tres barrios arden esta noche. Como prometí.
El otro Seo tensó el arco al instante. Los rebeldes se prepararon para atacar. Pero Min levantó una mano para detenerlos.
—No queremos luchar —dijo, mirando fijamente al Sucesor—. Sé que al principio solo querías proteger a los tuyos. Sé que te perdiste en el camino. No tiene por qué seguir así. Todavía puedes volver.
El Sucesor se quedó quieto. Por un segundo, muy rápido, Min creyó ver algo moverse en sus ojos. Una sombra de duda, un destello de algo que no era vacío. Pero desapareció antes de que pudiera estar seguro.
—Volver —repitió el Sucesor, como si la palabra le resultara extraña—. ¿Volver a qué? A ser el chico débil que todos se reían de él? A depender de otros para sobrevivir? No. El poder es lo único que no te falla. Lo único que te mantiene a salvo.
—No es verdad —dijo Min, y apretó la mano de su Seo con fuerza—. Hay cosas que no fallan más que el poder.
El Sucesor lo miró, luego bajó la vista a sus manos entrelazadas. Se quedó callado un instante. Y luego negó con la cabeza, con esa frialdad que ya empezaba a dolerle a Min en el pecho.
—Debilidad —dijo.
Levantó la mano otra vez, esta vez con los dedos extendidos hacia un grupo de niños que lloraban en una esquina de la plaza. Una luz verde oscura empezó a formarse en su palma. La gente gritó.
—¡No! —gritó Min.
No pensó. Reaccionó. Lanzó una barrera de luz verde clara, la suya, la cálida, que se interpuso entre el Sucesor y los niños justo antes de que el golpe llegara. Las dos luces chocaron y se desvanecieron en el aire.
El Sucesor se quedó con la mano levantada, mirando el punto donde las energías habían chocado. Sus ojos se entrecerraron un poco. Había reconocido esa luz. Había sentido algo en ella que no podía explicar.
—Esa luz… —susurró, y por primera vez su voz sonó un poco menos segura.
—Es la tuya —dijo Min, con la voz suave, intentando llegar hasta él—. La que tenías antes de que los Sellos te lo quitaran todo. Todavía está ahí. Dentro de ti. Solo tienes que dejarla salir.
El Sucesor apretó los dientes. Min vio cómo le temblaba un poco la mano. Por un segundo, creyó que lo había logrado. Que había llegado hasta él.
Pero entonces el Sucesor cerró el puño y la expresión de duda desapareció, sustituida por una frialdad aún más dura que antes.
—Trampas —dijo—. Usáis ilusiones para confundirme. No funcionará.
Bajó la barrera de la plaza de un golpe. Los soldados que esperaban en las entradas avanzaron un paso, listos para atacar. Pero el Sucesor levantó una mano para detenerlos.
—Id —les dijo a los rebeldes, sin mirarlos—. Volved a vuestro agujero. Mañana… si os atrevéis, entrad en el palacio. Si lográis llegar hasta mí… escucharemos lo que tengáis que decir. Si no… la ciudad paga el precio.
Se dio la vuelta y empezó a caminar de regreso hacia la colina, sin mirar atrás. Los soldados se retiraron detrás de él, ordenados, silenciosos. La gente de la plaza se dispersó corriendo, sin despedirse, sin mirarse unos a otros, solo queriendo llegar a casa y cerrar las puertas.
El otro Seo soltó un suspiro largo y tembloroso, como si hubiera estado aguantando la respiración desde que llegaron.
—Nos ha dado una puerta abierta —dijo, sin apartar la vista del palacio—. Pero seguro que está llena de trampas.
Min seguía mirando la figura alta y sola del Sucesor que se alejaba por el camino de la colina. Había visto ese temblor en su mano. Había visto ese destello en sus ojos. Sabía que todavía había algo dentro de él. Algo que no estaba muerto del todo.
—Entraremos —dijo, convencido—. Y lo encontraremos. Antes de que sea demasiado tarde.
De vuelta en la cueva, mientras los rebeldes hablaban en voz baja sobre lo que había pasado en la plaza, Min se sentó en su rincón de siempre y miró sus brazaletes. La luz verde todavía vibraba un poco, como si recordara el choque con la otra versión de sí mismo.
Su Seo se sentó a su lado y le pasó un cuenco con agua. Min lo agarró con manos que todavía le temblaban un poco.
—Lo sentiste también, ¿verdad? —le preguntó Min bajito—. Que no está del todo perdido.
Seo asintió despacio.
—Sí —dijo—. Pero está muy metido en eso. Llegar hasta él no va a ser fácil. Va a doler.
Min miró el agua en el cuenco. Pensó en aquel chico que sonreía y se caía por las escaleras. Pensó en el tirano de piedra que caminaba solo hacia un palacio frío. Pensó en sí mismo, en todas las veces que estuvo a punto de perderse.
—No importa lo que cueste —dijo, y bebió un trago de agua fría que le ayudó a aclararse la garganta—. No voy a abandonarlo. No voy a abandonar ninguna versión de mí mismo.
Muy lejos, en su habitación alta del palacio, el Sucesor se quedó mirando su propia mano en la oscuridad. Todavía podía sentir el calor de aquella luz chocando contra la suya. Todavía podía oír la voz de aquel chico con su cara diciéndole que todavía podía volver.
Cerró el puño con fuerza, hasta que las uñas le clavaron en la palma.
—Mentiras —se dijo a sí mismo, en voz baja, como si necesitara convencerse—. Solo son mentiras.
Pero por primera vez en años, cuando se quedó en silencio en la oscuridad… no se sintió tan solo como siempre. Algo muy pequeño, muy lejano, le había despertado dentro. Y no sabía cómo volver a apagarlo.
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📔 LIBRETA NUEVA · ESCRIBE CHOI MIN‑JUN
Noche después de la plaza
Hoy he hablado con él. Cara a cara.
Era yo. Y no era yo. Tenía mi cara, mi voz, mis manos. Pero sus ojos estaban vacíos. Como si alguien hubiera vaciado todo lo que había dentro y solo hubiera dejado el poder ocupando el lugar.
Cuando nuestras luces chocaron… sentí algo. No sé cómo explicarlo. Como si hubiera un hilo delgado entre los dos. Como si, en el fondo, él todavía supiera quién era antes de todo esto.
Me ha retado a entrar en el palacio. Seguro que hay trampas por todas partes. Seguro que quiere atraparnos. Pero no podemos dejarlo así. No podemos dejar que siga solo en esa oscuridad.
Mañana entraremos. No sé qué nos encontraremos. No sé si volveremos todos. Pero sé que tengo que intentarlo.
Porque si él está perdido… una parte de mí también lo estaría.
Buenas noches.
Min‑jun.