Isabella necesita salvar a su familia y Alexander necesita una esposa. La solución parece sencilla: un matrimonio por contrato durante un año.
Solo hay una regla que no pueden romper: no enamorarse.
Pero vivir juntos, compartir secretos y enfrentar enemigos hará que aquello que comenzó como un acuerdo se convierta en algo mucho más real.
¿Podrán cumplir el contrato sin perder el corazón en el intento? 💗
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Capítulo 15 — La habitación cerrada
El regreso a la mansión fue silencioso.
Isabella iba sentada junto a Alexander, pero ninguno hablaba.
La fotografía de Adrian permanecía dentro de la carpeta que Alexander llevaba consigo.
Habían descubierto algo que podía cambiarlo todo.
Si Adrian realmente seguía vivo, significaba que alguien había construido una mentira durante ocho años.
Y esa persona podía estar mucho más cerca de ellos de lo que imaginaban.
Cuando llegaron, Alexander entró directamente a su despacho.
—Voy a revisar algunos archivos —dijo.
Isabella asintió.
—¿Quieres que te ayude?
—No.
Ella frunció el ceño.
—Alexander…
—Necesito pensar.
Isabella decidió no discutir.
Pero cuando él desapareció por el pasillo, una pregunta volvió a aparecer en su cabeza.
¿Qué había ocurrido realmente aquella noche?
Recordó la conversación de Lucas.
Recordó la fotografía.
Y recordó que había encontrado documentos relacionados con Adrian en la biblioteca.
Tal vez todavía había algo allí.
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Isabella regresó a la biblioteca.
La habitación estaba en silencio.
Comenzó a revisar los estantes hasta encontrar nuevamente la sección de archivos familiares.
Abrió varias carpetas.
Nada.
Hasta que encontró un pequeño registro con una fecha.
La misma fecha de la desaparición de Adrian.
Isabella comenzó a leer.
Había nombres de empleados, llamadas registradas y movimientos de vehículos.
Uno de ellos llamó su atención.
Un automóvil de la empresa había salido de la propiedad aquella noche.
El conductor era un hombre llamado Samuel Carter.
Isabella no conocía ese nombre.
Guardó la información en su teléfono.
Entonces escuchó un ruido.
Se giró.
No había nadie.
Continuó buscando.
En el fondo de un cajón encontró una llave pequeña.
Tenía una etiqueta:
Habitación 17.
Isabella frunció el ceño.
La mansión tenía muchas habitaciones, pero nunca había visto una con ese número.
Comenzó a recorrer los pasillos.
Después de unos minutos encontró una puerta antigua en una zona poco utilizada de la casa.
Sobre ella había una pequeña placa.
17.
La llave encajó.
Isabella abrió.
La habitación estaba cubierta de polvo.
Parecía que nadie había entrado allí en años.
Había una cama, un escritorio y varias cajas.
Y sobre una de las paredes había fotografías.
Isabella se acercó.
Todas eran de Adrian.
De niño.
De adolescente.
Con Alexander.
Con Lucas.
Con sus padres.
Aquella habitación había pertenecido a él.
Isabella sintió un nudo en la garganta.
Sobre el escritorio había un cuaderno.
Lo abrió.
Las primeras páginas estaban llenas de anotaciones.
Hasta que encontró una frase:
“Si algo me sucede, no confíen en Samuel.”
Isabella sintió un escalofrío.
Samuel.
El mismo hombre que había conducido el automóvil aquella noche.
Siguió leyendo.
Las últimas páginas hablaban de movimientos de dinero y documentos secretos.
Pero la última entrada era diferente.
“Descubrí quién está detrás de todo. Si desaparezco, busquen la caja azul.”
Isabella miró alrededor.
¿Una caja azul?
Comenzó a buscar.
Abrió los cajones.
Revisó debajo de la cama.
Nada.
Finalmente vio un pequeño espacio detrás de un cuadro.
Movió el marco.
Allí estaba.
Una caja azul.
Isabella la tomó.
Pero antes de abrirla, escuchó una voz detrás de ella.
—¿Qué haces en esta habitación?
Isabella se giró.
Alexander estaba en la puerta.
—Encontré una llave.
—¿Dónde?
—En la biblioteca.
Alexander entró y miró alrededor.
Su expresión cambió al reconocer la habitación.
—No sabía que todavía existía.
—¿Era de Adrian?
Alexander asintió.
Isabella le mostró el cuaderno.
—Lo encontré aquí.
Alexander comenzó a leer.
Su rostro perdió color.
—Samuel.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Quién es?
—Trabajó para mi padre durante muchos años.
Isabella sostuvo la caja.
—Adrian escribió que no confiáramos en él.
Alexander la miró.
—Abre la caja.
Isabella levantó la tapa.
Dentro había varios documentos, una memoria pequeña y una fotografía.
Alexander tomó la fotografía.
Era de Adrian.
Pero esta vez no estaba solo.
A su lado aparecía un hombre.
Alexander lo reconoció inmediatamente.
—No puede ser.
—¿Quién es?
Alexander levantó la mirada.
—Mi tío.
Isabella se quedó inmóvil.
—¿Tu tío?
—Murió hace seis años.
Ambos se miraron.
El misterio acababa de hacerse todavía más complicado.
Si el tío de Alexander aparecía junto a Adrian poco antes de su desaparición, alguien estaba ocultando información.
Alexander tomó la memoria.
—Tenemos que descubrir qué hay aquí.
En ese instante, escucharon un ruido en el pasillo.
Alexander apagó la luz.
Alguien estaba caminando hacia la habitación.
Isabella se acercó a él.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
La manija comenzó a moverse.
Alexander tomó suavemente el brazo de Isabella y la condujo hacia un rincón.
La puerta se abrió.
Pero nadie entró.
Después de unos segundos, volvió a cerrarse.
Alexander esperó.
Finalmente encendió la luz.
—Tenemos que salir de aquí.
Isabella asintió.
—¿Por qué?
Alexander guardó la memoria en el bolsillo.
—Porque quien entró sabía exactamente dónde estábamos.
Y ahora ambos comprendían algo aterrador.
No estaban simplemente investigando un secreto del pasado.
Alguien estaba vigilando cada uno de sus movimientos.