Ella renace en un nuevo mundo, en el cual tendrá que enfrentar dificultades por los problemas de su familia. Pero, no se quedará a sufrir, porque ella es una luchadora, siempre lo fue y siempre lo será..
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Inventario 3
La tercera semana comenzó con Gemma tomando una decisión muy sencilla, pero para ella absolutamente necesaria.
Necesitaba encontrar un lugar donde vivir.
La mansión Root ya no podía considerarse su hogar.
Cada habitación estaba cada vez más vacía y, aunque todavía faltaban algunos días para la venta, Gemma sabía que no podía esperar hasta el último momento.
Así que comenzó a recorrer el pueblo.
Visitó pequeñas casas.
Vio habitaciones.
Preguntó precios.
Revisó viviendas que estaban demasiado lejos.
Otras eran demasiado caras.
Algunas eran demasiado pequeñas.
Y hubo una que le gustó muchísimo hasta que descubrió que el baño estaba prácticamente al lado de la cocina.
Gemma salió de allí con una expresión de horror.
[No.]
Miró nuevamente la casa.
[Una cosa es ser pobre y otra muy diferente es cocinar mientras alguien se está bañando.]
Continuó buscando.
Mientras recorría el pueblo, también aprovechaba para vender más cosas de la mansión.
Cada día salía con algo diferente.
Un adorno.
Una lámpara.
Un juego de platos.
Una pieza de mobiliario.
Cualquier cosa que no estuviera incluida en el inventario y que pudiera convertirse en unas cuantas monedas.
La operación continuaba.
[No olvidar revisar el inventario]
[Salva lo que puedas.]
Y, poco a poco, comenzó a hacer algo más.
Cambió su alimentación.
No porque quisiera convertirse de repente en una mujer obsesionada con su peso.
Simplemente empezó a pensar en su cuerpo de otra manera.
En su vida anterior había pasado por algo parecido.
Recordaba haber intentado dietas.
Y ahora que conocía a la antigua Gemma, comprendía perfectamente por qué ninguna había funcionado.
La antigua Gemma prácticamente no comía durante el día.
Pasaba horas acostada o sentada tomando té.
Y cuando llegaba la noche...
Comía el doble.
Gemma recordaba aquello y no podía evitar pensar..
[¿Cómo esperaba adelgazar así?]
Una tarde, mientras Marta la observaba preparar su comida, finalmente preguntó..
—Lady Gemma, ¿está haciendo una de esas dietas que hacía antes?
Gemma se detuvo.
—¿Una de mis antiguas dietas?
—Sí.
Marta frunció ligeramente el ceño.
—Recuerdo que algunas veces pasaba todo el día sin comer.
Gemma hizo una mueca.
[Qué vergüenza.]
Marta continuó..
—Y después, antes de dormir, comía muchísimo.
Gemma soltó una pequeña risa.
—Eso no era una dieta.
Marta la miró confundida.
—¿No?
—Era una tragedia.
La anciana sonrió.
Gemma se sentó a la mesa.
—No estoy haciendo una dieta.
—¿Entonces?
Gemma pensó un momento.
—Estoy cambiando mi vida.
Marta la observó sin comprender.
—¿Cambiar su vida?
—Sí.
—¿Y eso qué significa?
Gemma señaló su plato.
—Comer mejor.
Después señaló hacia la puerta.
—Moverme más.
Y finalmente añadió..
—Y dejar de hacer cosas que claramente no funcionan.
Marta continuó mirándola.
—No entiendo.
Gemma sonrió.
—Yo tampoco lo entendía antes.
Aquella explicación no pareció satisfacer demasiado a Marta.
Pero los días comenzaron a darle la respuesta.
Gemma no pasaba hambre.
Al contrario.
Comía varias veces durante el día.
Desayunaba.
Comía alguna fruta durante la mañana.
Almorzaba.
Después tomaba algo ligero.
Y por la noche cenaba.
Había verduras.
Frutas.
Huevos.
Carne cuando podían permitírsela.
Sopas.
Y alimentos sencillos que pudiera conseguir sin gastar demasiado.
No estaba intentando sobrevivir a base de pasar hambre.
Simplemente estaba aprendiendo a comer de una manera más ordenada.
Y había otra diferencia.
Se movía.
Muchísimo.
Antes, la antigua Gemma podía pasar horas sentada tomando té.
Ahora apenas tenía tiempo para sentarse.
Caminaba por el pueblo buscando casas.
Subía y bajaba las escaleras de la mansión.
Ayudaba a trasladar cosas.
Cargaba cajas pequeñas.
Ordenaba habitaciones.
Revisaba objetos.
Iba a las tiendas.
Volvía.
Caminaba nuevamente.
Y cuando regresaba a casa, muchas veces estaba tan cansada que apenas tenía ganas de hacer otra cosa que bañarse y dormir.
Marta comenzó a notar el cambio.
Al principio fue pequeño.
Después más evidente.
Una mañana, mientras ayudaba a Gemma a acomodar unas cajas, la anciana la observó durante unos segundos.
—Está cambiando.
Gemma levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Usted.
Gemma se quedó pensando.
Marta sonrió.
—Antes pasaba todo el día sentada.
Gemma soltó una carcajada.
—Bueno, ahora no puedo. Si me siento demasiado tiempo, alguien viene y me cobra por el sillón.
Marta se rio.
Pero había algo más.
La ropa comenzaba a quedarle diferente.
No era un cambio repentino.
Ni espectacular.
Simplemente su cuerpo comenzaba lentamente a responder a una rutina distinta.
Gemma también se sentía diferente.
Tenía más energía.
Ya no pasaba el día pensando en comida porque había decidido comer lo mínimo posible.
Tampoco terminaba las noches desesperada por comer todo lo que no había comido durante el día.
Había dejado de luchar contra su propio cuerpo.
Ahora simplemente intentaba cuidarlo.
Y eso hacía que todo fuera mucho más fácil.
Una tarde, mientras comían fruta en la cocina, Marta volvió a preguntar..
—Entonces... ¿no está haciendo una dieta?
Gemma negó.
—No.
Tomó un trozo de fruta.
—Si mañana dejo de comer, probablemente aguantaré unos días.
Marta la miró.
—¿Y después?
Gemma sonrió.
—Después voy a tener hambre.
—Muchísima.
—Exactamente.
Marta asintió lentamente.
Gemma continuó comiendo.
—Prefiero acostumbrarme a comer bien todos los días.
Marta finalmente pareció comprender un poco.
No se trataba de pasar hambre durante unas semanas para conseguir un resultado rápido.
Se trataba de aprender a vivir de una manera que pudiera mantener.
Gemma tampoco buscaba cambiar de la noche a la mañana.
Sabía que los cambios importantes necesitaban tiempo.
Y, curiosamente, aquella idea le resultaba mucho más agradable que cualquier dieta que hubiera conocido antes.
Porque no sentía que estuviera castigándose.
Simplemente estaba aprendiendo.
Y mientras tanto...
La búsqueda de una casa continuaba.
También continuaban las ventas.
También continuaba cocinando.
También continuaba caminando.
También continuaba ahorrando.
Cada día hacía un poquito más.
Y cada día parecía sentirse un poco mejor.
Al terminar una jornada particularmente larga, Gemma regresó a la mansión con varias frutas, algunas verduras y un pequeño paquete de carne.
Dejó todo sobre la mesa.
Marta la observó.
—¿Otra vez compró comida?
Gemma asintió.
—Sí.
—Pero todavía tenemos.
—Entonces mañana también tendremos.
Marta sonrió.
Gemma comenzó a guardar las cosas.
[En mi primera vida pensaba que cuidar mi cuerpo significaba dejar de comer.]
Miró las frutas.
[Ahora entiendo que cuidarlo es precisamente lo contrario.]
Cerró la despensa.
[Tengo que poder vivir así para siempre, no solamente hasta que consiga bajar de peso.]
Se quedó unos segundos en silencio.
Después sonrió.
[Además, si voy a comenzar un negocio de comida, sería bastante hipócrita tenerle miedo a la comida.]
Y continuó con su día.
Sin darse cuenta, mientras intentaba salvar los restos de la fortuna de su familia, Gemma también estaba reconstruyéndose a sí misma.
No solamente su situación económica.
No solamente su futuro.
También sus hábitos.
Su relación con la comida.
Y la manera en que veía su propio cuerpo.
La antigua Gemma había intentado cambiarse a sí misma castigándose.
La nueva Gemma estaba descubriendo que podía cambiar simplemente aprendiendo a cuidarse.
Y aquello...
Era un cambio mucho más importante de lo que cualquiera de las dos podía imaginar.
Los magos por consiguiente no buscan enamorarse y el pobre Estefan no pudo resistirse a Gemma.
conquistado con todo lo que ella es.
Amo esta parejita.