Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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El precio
La noticia llegó un martes por la noche.
El padre de Liam llevaba catorce años en la fábrica de componentes electrónicos. Catorce años de turnos dobles, de manos manchadas de grasa, de llegar a casa oliendo a soldadura y calentarse la cena en el microondas mientras la televisión sonaba de fondo. Catorce años sin una baja, sin una queja, sin un día de enfermedad.
Y un martes, a las seis de la tarde, el supervisor lo llamó a la oficina. Le dijo que la empresa estaba reestructurando. Que su puesto había sido eliminado. Que le agradecían su servicio. Que aquí tenía su liquidación y su carta de despido.
No hubo explicación. No hubo negociación. Solo una firma en un papel y una caja de cartón con sus cosas.
Liam se enteró esa noche, cuando llegó a la residencia y vio a su padre sentado en el sofá de la sala común. Con las manos en las rodillas. Mirando un punto fijo en la pared. Sin hablar.
—¿Qué pasa, papá?
Su padre levantó la vista. Tenía los ojos rojos.
—Me despidieron, hijo.
Liam se sentó a su lado. No dijo nada. No había nada que decir. Su madre estaba en la cocina, friendo algo que no era suficiente para tres. Su hermano pequeño estaba en su cuarto, con la puerta cerrada. Y el silencio de la casa era un silencio nuevo, un silencio que olía a cuentas por pagar y a neveras que se iban vaciando.
Lo que Liam no sabía —lo que nadie sabía, lo que nadie sabría nunca— era que la fábrica de componentes electrónicos tenía un contrato de suministro con una empresa de logística. Y esa empresa de logística tenía un accionista mayoritario que no aparecía en ningún registro público. Y ese accionista había hecho una llamada. Una sola. Dos frases. *El puesto del señor O'Connor ya no es necesario.* Y el puesto dejó de ser necesario.
Duncan no necesitaba destruir a Liam directamente. Le bastaba con mover una pieza en el tablero y esperar a que la gravedad hiciera el resto.
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El jueves a las nueve, Liam estaba en el departamento 7-3.
No había comido. No había cenado. El estómago le rugía, pero no había dicho nada. Duncan estaba en el sillón, leyendo un informe en japonés, con las gafas de lectura y un vaso de whisky. La luz ámbar. El silencio. El zumbido de la nevera.
Liam estaba de pie junto a la ventana, mirando la ciudad. Las luces de abajo. Los coches. La vida de los demás.
—Estás distraído —dijo Duncan, sin levantar la vista del informe.
—No.
—Sí lo estás. Tienes la mandíbula apretada y los hombros a la altura de las orejas. —Pasó una página—. ¿Qué pasa?
Liam no respondió. No quería decirlo. Decirlo significaba hacerlo real. Significaba darle a Duncan una pieza más para el rompecabezas.
Duncan dejó el informe. Se quitó las gafas. Lo miró.
—Te he preguntado algo.
—Mi padre perdió el empleo. —La voz le salió plana, vacía—. El martes. No tiene nada. Mi madre está haciendo turnos extra en la lavandería. Y no hay... no hay dinero para el próximo mes.
Duncan lo observó. Sin expresión. Sin sorpresa. Como quien escucha una noticia que ya conocía. Porque la conocía.
—Entiendo.
Se levantó. Caminó hacia Liam. Le puso una mano en la nuca. Le bajó la cara hasta que sus frentes se tocaron.
—Desnúdate. Ponte en posición.
Liam cerró los ojos. El estómago se le revolvió. No era deseo. No era anticipación. Era el peso de una semana sin dormir, de una madre contando monedas en la cocina, de un padre mirando la pared sin hablar. Y la voz de Duncan diciendo *ponte en posición* como quien dice *siéntate a cenar*.
—Duncan, no... no quiero.
—No te he preguntado si quieres.
La voz no subió. No bajó. No tuvo filo. Fue una instrucción. Un tono de aula. *Abra el libro en la página cuarenta.*
Liam se desnudó. Se puso en posición. Boca abajo. La cara contra la almohada. Las sábanas frías contra las mejillas.
Duncan se colocó detrás. El peso. El calor. El olor a whisky y a perfume amaderado. Y Liam cerró los ojos y lloró. En silencio. Con los dientes apretados. Con las lágrimas empapando la funda de la almohada. Porque esto no era lo que quería. Porque su cuerpo estaba ahí pero él no. Porque estaba a ciento veinte metros del suelo y no había nadie al otro lado del cristal.
Duncan no dijo nada. No le pidió que se callara. No le pidió que abriera los ojos. Solo siguió. Con ese ritmo metódico, calculado, de máquina perfecta. Y Liam lloró durante todo el tiempo. Y Duncan dejó que llorara. Como quien deja que un niño llore en el asiento trasero del coche mientras conduce. Sin detenerse. Sin consolar. Sin cambiar de rumbo.
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Cuando terminó, Duncan se incorporó. Caminó al baño. El grifo. El sonido del agua. Volvió. Se puso una camisa limpia. Se abotonó los puños.
Liam seguía tendido boca abajo. La cara húmeda. Las mejillas marcadas por las arrugas de la almohada. El cuerpo temblando. No se movió. No podía moverse.
Duncan abrió la cartera. Sacó cinco billetes. Cien dólares cada uno. Los dejó caer sobre la espalda desnuda de Liam. Los billetes aterrizaron sobre la piel con un roce suave, casi inaudible.
Liam se giró. Miró los billetes. Miró a Duncan.
—¿Qué significa esto?
Duncan se ajustó el reloj. El anillo brilló.
—Te pagué por tus servicios.
Liam sintió que algo se le partía en el pecho. No de dolor. De algo peor. De comprensión.
—Soy tu amante —dijo. La voz le tembló—. No soy una... no soy un...
—Eres mi amante —lo interrumpió Duncan, abotonándose la camisa con calma—. Y no voy a permitir que mi amante ande por ahí vistiendo harapos. O pasando hambre. O mirando la pared con cara de perro apaleado mientras su padre busca trabajo. —Se inclinó. Le levantó la barbilla con dos dedos. Lo obligó a mirarlo—. Y no me pongas esa resistencia. Esa resistencia que tanto me gusta en la cama. Aquí no sirve. Aquí solo sirve para que te duela más.
Liam se ruborizó. El calor le subió por el cuello, por las mejillas, hasta las orejas. Porque Duncan tenía razón. Porque en algún punto, en algún rincón podrido de su cuerpo, esa resistencia se convertía en otra cosa. Y Duncan lo sabía. Y lo usaba.
Duncan le soltó la barbilla. Se irguió. Caminó hacia la puerta.
—Ahora eres mi amante pagado. —Lo dijo sin girarse. Con la naturalidad de quien actualiza una entrada en una agenda—. Quinientos por noche. Si la semana es buena, mil. Si me complaces, dos mil. —Pausa—. Y recuerda bien tu lugar. No eres mi novio. No eres mi pareja. No eres mi igual. Eres algo que compré. Y lo que compré, lo uso cuando quiero. Como quiero. Y lo pago cuando termino.
Abrió la puerta. La luz del pasillo entró como una cuchillada.
—Vístete. Y cómete algo. No me gusta que mis cosas pasen hambre.
Salió. La puerta se cerró. El cerrojo chasqueó desde fuera.
Liam se quedó en la cama. Con los cinco billetes sobre la espalda. Con las lágrimas secas en las mejillas. Con el cuerpo aún caliente y la mente completamente vacía.
Miró los billetes. Quinientos dólares. Cien por cada hora que había estado tendido boca abajo, llorando contra una almohada, mientras el hombre que había destruido a su familia le pagaba por el servicio.
Los cogió. Los apretó en el puño. Los arrugó.
Y no los tiró.
No los tiró porque su madre necesitaba el dinero de la lavandería para la luz. Porque su padre no tenía empleo. Porque su hermano necesitaba comer. Porque quinientos dólares eran dos semanas de supermercado.
Y porque Duncan lo sabía. Duncan lo sabía todo. Y por eso los billetes estaban ahí. No como pago. Como cadena.
Liam se vistió. Se guardó el dinero en el bolsillo. Se miró en el espejo del vestíbulo. La misma cara de siempre. Diecinueve años. Una sombra de ojeras. Nada más.
*Amante pagado.*
Salió. El ascensor bajó. La calle lo recibió con aire frío y olor a pan.
Caminó hacia la parada del autobús. Se sentó. Sacó los billetes del bolsillo. Los alisó sobre la rodilla. Los miró.
Cien. Doscientos. Trescientos. Cuatrocientos. Quinientos.
El precio de una noche. El precio de un cuerpo. El precio de un padre despedido y una madre contando monedas y un hermano que no sabía nada.
El autobús llegó. Liam subió. Pagó el billete. Se sentó junto a la ventana.
Y lloró en silencio todo el camino a casa.