A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 9
Capítulo 9: Tres pasos de distancia
Hay días en los que Lisandro Sotomayor es un muro.
No un muro con grietas ni con ventanas ni con puertas escondidas. Un muro liso, alto, de concreto reforzado, sin un solo punto donde clavar los dedos para trepar.
El miércoles de la cuarta semana fue uno de esos días.
Lo esperé en la banqueta como cada mañana. Salió de su casa a las siete y cuarto, puntual como un reloj atómico, con el uniforme impecable y el libro bajo el brazo. Pero algo estaba diferente. La línea de su mandíbula estaba más tensa de lo habitual. Las ojeras debajo de los lentes eran más oscuras. Y cuando lo saludé —"Buenos días, Lisandro"—, no respondió.
No un "hm" distraído. No un asentimiento de cabeza. Nada.
Caminamos a la escuela en un silencio que no era el de siempre. El silencio de siempre era cómodo, el de dos personas que ya no necesitan palabras para llenar el espacio. Este silencio era otro. Tenía filos.
En clase, no me miró ni una vez. Ni de reojo, ni de casualidad, ni al pasar las hojas de su cuaderno. Cuando le mandé un mensaje por WhatsApp preguntándole si estaba bien, las palomitas se quedaron grises durante horas.
En el comedor, fui a su mesa. Me senté frente a él como cada día.
—¿Todo bien? —pregunté, con el tono más casual que pude fabricar.
—No tengo ganas de conversar con nadie —dijo, sin levantar la vista del libro. Su voz era plana, sin inflexión, como si estuviera leyendo un enunciado de un problema de lógica.
Con nadie. No "contigo". Con nadie. Una distinción que mi cerebro de veintisiete años identificó al instante como significativa. No me estaba rechazando a mí. Estaba rechazando al mundo entero. Yo simplemente estaba incluida en "el mundo".
—Está bien —dije—. No hablo. Solo como.
Me comí mi guisado en silencio. Él no pasó una sola página en diez minutos, lo cual me dijo que estaba usando el libro como escudo. Cuando terminé, recogí mi charola y me levanté sin despedirme.
No volteó.
Salí del comedor con una opresión en el pecho que reconocí por lo que era: frustración. No la frustración de una adolescente a la que le gusta un chico que la ignora, sino la frustración de una mujer que sabe exactamente qué le pasa al hombre que ama y no puede decírselo.
Sabía por qué tenía un día malo. Lo sabía con la certeza que da haber leído, en otra vida, las notas de un psicólogo que Lisandro consultó a escondidas durante la universidad. Los días malos venían después de las noches malas. Y las noches malas venían cuando soñaba con su madre. Con las manos de Lorena Iniesta cerradas en puños. Con el sonido de cosas rompiéndose. Con la voz de su padre, Augusto Sotomayor, diciendo "no es para tanto" mientras su hijo sangraba de una ceja rota.
No podía curar eso con un té helado o una sonrisa. No podía curar eso con nada, excepto con tiempo, paciencia y la presencia constante de alguien que no se iba cuando él pedía que se fueran.
No me voy a ir, Lisandro. No importa cuántas veces me lo pidas. No esta vez.
Al día siguiente, el jueves, llegué a clase cinco minutos antes de que sonara la campana. El salón estaba medio vacío todavía. Lisandro ya estaba en su pupitre —siempre llegaba primero, porque la soledad del salón vacío le resultaba más tolerable que el ruido del pasillo—, escribiendo algo en su cuaderno con la cabeza inclinada.
Caminé hacia mi lugar. La tercera fila, junto a la ventana. Para llegar, tenía que pasar por su pupitre, que estaba al final de la primera fila.
El espacio entre su silla y la pared era estrecho. Apenas cabía una persona. Lo normal habría sido dar la vuelta por el otro pasillo, donde había más espacio.
No fui por el otro pasillo.
Pasé por el espacio estrecho. Y al pasar, mi pie —mi pie izquierdo, que actuó con una autonomía que no era del todo involuntaria— le pisó el zapato.
No fuerte. No con intención de lastimarlo. Un roce. La suela de mi zapato sobre el empeine del suyo, con la presión justa para que no pudiera interpretarse como un accidente.
Nos quedamos quietos.
Él levantó la vista. Yo bajé la mía.
Nuestros ojos se encontraron a una distancia que no habíamos tenido nunca. Treinta centímetros, quizás menos. Lo suficientemente cerca para ver las pestañas detrás de los lentes. Lo suficientemente cerca para notar que el iris de sus ojos era café oscuro, con vetas de un tono más claro que parecían fracturas en piedra volcánica.
El tiempo se detuvo.
No es una metáfora. Lo juro por todo lo que tengo. El tiempo se detuvo. El reloj del salón dejó de hacer tic-tac. El murmullo de los estudiantes en el pasillo se silenció. Mi corazón, que un segundo antes latía a cien por minuto, se suspendió entre un latido y el siguiente como si necesitara permiso para continuar.
Él no apartó la vista. Yo tampoco.
Y en ese espacio imposible, treinta centímetros de aire entre su cara y la mía, mi pie sobre su zapato, sus ojos en los míos, algo cambió. No sé qué. No puedo nombrarlo. Fue como si una frecuencia que antes estaba en silencio hubiera empezado a emitir. Baja, constante, casi imperceptible. Pero ahí.
—Perdón —dije, retirando el pie—. No vi por dónde iba.
Mentira. Vi exactamente por dónde iba.
Él no dijo nada. Bajó la vista a su cuaderno. Pero no siguió escribiendo. Se quedó con el bolígrafo suspendido sobre el papel, inmóvil, durante los siete segundos que me tomó llegar a mi lugar.
Lo sé porque los conté.
La clase de matemáticas empezó a las ocho en punto. El profesor Calderón entró con su carpeta bajo el brazo y su bigote de siempre, dictó un problema en el pizarrón y pidió que lo resolvieran en sus cuadernos.
Resolví el problema en tres minutos. No porque fuera brillante, era un problema que ya había resuelto diez años atrás, así que el resto del tiempo lo dediqué a mi actividad favorita de las últimas semanas: observar a Lisandro sin que él se diera cuenta.
Excepto que esta vez, fui yo la que no se dio cuenta.
A las ocho y cuarenta y cinco, cuando la clase terminó y los estudiantes empezaron a guardar sus cosas, Tomás Herrera se estiró en su pupitre con la teatralidad de un gato después de una siesta y lanzó su cuaderno al aire. Las hojas se desparramaron sobre el piso como confeti de matemáticas.
—¡Herrera! —Se quejó el chico de al lado—. ¡Recoge eso!
Tomás se agachó a recoger las hojas con una sonrisa de disculpa. Y en el proceso, empujó sin querer un cuaderno que no era suyo, un cuaderno negro, sin adornos, con la esquina doblada, que estaba debajo del pupitre contiguo.
El pupitre de Lisandro.
El cuaderno se abrió al caer. Las páginas se desplegaron como un abanico sobre el piso de azulejo.
Fui a ayudar a Tomás a recoger las hojas. Costumbre. Reflejo. No fue un acto calculado.
Y entonces lo vi.
En el margen de una página de apuntes de química, entre una fórmula de estequiometría y un diagrama de enlaces, había algo escrito con letra pequeña. No apuntes. No fórmulas. Un nombre.
Solana.
Escrito en cursiva. Con la misma letra apretada e inclinada hacia la izquierda que yo reconocería en cualquier parte. Trazado con un bolígrafo azul que había pasado dos o tres veces por la misma línea, como si la mano que lo escribió hubiera vuelto al mismo punto sin darse cuenta.
El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí como si me hubiera caído de una escalera.
Recogí la hoja. La doblé. La metí en mi bolsillo antes de que nadie la viera.
Levanté la vista. Lisandro no estaba mirando. Estaba guardando sus cosas con la vista fija en su mochila, ajeno al cuaderno caído, ajeno a mí, ajeno al mundo.
¿Ajeno? No. Fingiendo. Lisandro Sotomayor no era ajeno a nada que ocurriera a su alrededor. Procesaba cada estímulo, cada movimiento, cada cambio en el aire. Simplemente elegía no reaccionar.
Pero su mano sí había reaccionado. En algún momento de la clase, mientras escuchaba al profesor Calderón hablar sobre derivadas o reacciones químicas o lo que fuera, su mano había tomado el bolígrafo y, en el margen de una hoja de apuntes, había escrito mi nombre.
Solana.
No "Estrada". No "la de al lado". No "la del comedor". Mi nombre. Mi nombre de pila. Escrito con la suavidad de alguien que piensa en algo sin darse cuenta de que lo está pensando.
En otra vida, coleccionabas mis ligas para el cabello. Guardabas mis fotos en una carpeta del celular. Tenías un cajón entero de cosas mías que yo nunca supe que eran tuyas.
En esta, escribes mi nombre en el margen de tus apuntes de química.
Todavía no lo sabes, Lisandro. Todavía no sabes lo que te está pasando. Pero yo sí.
Guardé la hoja en el bolsillo interior de mi mochila, en el compartimento con cierre, donde no la encontraría nadie.
Mi primer tesoro.
Esa tarde, caminamos a casa juntos. No juntos de verdad, Lisandro caminaba tres pasos adelante y yo tres pasos atrás, como siempre, pero la distancia se había acortado. Antes eran cinco pasos. Ahora tres. Matemáticas del afecto: cada semana, cuarenta centímetros menos.
Ninguno de los dos habló durante las primeras dos cuadras. El sol de la tarde hacía brillar los charcos que quedaban de la lluvia del día anterior y el aire olía a tierra mojada y a tortillas recién hechas de la tortillería de la esquina.
En la tercera cuadra, sin girar la cabeza, sin cambiar el ritmo de sus pasos, Lisandro dijo:
—Mañana trae paraguas. Va a llover.
Me detuve.
Él siguió caminando. No volteó. No esperó respuesta. Simplemente dijo lo que tenía que decir y siguió adelante, como quien suelta una piedra al agua y no se queda a ver los círculos.
Pero yo me quedé.
Me quedé parada en la banqueta, con el corazón en la garganta y una sonrisa que me dolía de lo grande, mirando su espalda alejarse por la calle con la luz dorada de la tarde dibujándole la silueta.
Mañana trae paraguas.
Él inició la conversación. Por primera vez. Sin excusa, sin pretexto, sin que yo le mandara un mensaje o le hiciera una pregunta. Él, solo, por decisión propia, abrió la boca y dijo algo que era, en el fondo, una forma disfrazada de decir: me importa que no te mojes.
Era sobre el clima. Era lo más mundano del mundo. Era una frase que cualquier compañero podría decirle a cualquier otro.
Pero viniendo de Lisandro Sotomayor, del chico que respondía con monosílabos, que usaba libros como barreras, que necesitó una semana entera para escribir siete líneas de WhatsApp, esa frase era un terremoto.
Llegué a mi casa. Subí a mi cuarto. Me tiré en la cama boca arriba, saqué la hoja con su nombre escrito en el margen y la sostuve contra la luz.
Solana.
Trazado dos o tres veces. Con la tinta azul ligeramente más oscura donde el bolígrafo se detuvo antes de seguir.
Me llevé la hoja al pecho. Cerré los ojos.
Catorce años. En otra vida, me quisiste durante catorce años sin decirme nada. Sin una sola palabra, sin un solo gesto que yo pudiera entender.
En esta, llevamos un mes. Y ya estás escribiendo mi nombre en tus cuadernos.
Vamos bien, Lisandro. Vamos bien.
A la mañana siguiente, antes de salir de mi casa, abrí mi casillero de la entrada para sacar los zapatos de la escuela.
Dentro había algo que no puse yo.
Un papel doblado. Sin sobre. Sin nombre. Colocado encima de mis zapatos con la precisión de alguien que no quería que se arrugara.
Lo desdoblé.
Cuatro palabras, escritas con letra pequeña, inclinada hacia la izquierda, en tinta negra:
"Deja de caminar sola de noche. Es peligroso."
No estaba firmada.
No necesitaba estarlo.
Reconocería esa letra en cualquier universo, en cualquier vida, en cualquier versión del tiempo. Era la misma letra que había escrito mi nombre en el margen de un cuaderno de química. La misma letra que, en otra vida, firmó un testamento que lo dejó sin nada.
Me estás cuidando.
Ya empezaste a cuidarme y ni siquiera te has dado cuenta de lo que eso significa.
Doblé la nota. La guardé junto a la hoja del cuaderno, en el compartimento con cierre de mi mochila.
Mi segundo tesoro.
Salí de la casa. Lisandro estaba en la banqueta, esperando. No me esperaba a mí, claro. Esperaba porque eran las siete y cuarto y a las siete y cuarto es cuando salía. Que yo saliera al mismo tiempo era una coincidencia.
Una coincidencia que él no hacía nada por evitar.
—Buenos días —dije.
—Hm.
—Traje paraguas.
No respondió. Pero la línea de sus labios se suavizó. Esa fracción de milímetro que ya conocía. El fantasma de la sonrisa que todavía no aprendía a materializarse.
Caminamos a la escuela juntos. Tres pasos de distancia. Y en mi mochila, dos papeles con su letra que valían más que todo el oro del Grupo Sotomayor.