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La Diosa Del Veneno: Madrastra Fatal.

La Diosa Del Veneno: Madrastra Fatal.

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / Época
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lewis Alexandro Delgado

La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.

Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.



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Capitulo 15: EL MURO Y LA SOMBRA

Oliver y yo nos miramos bajo nuestras capuchas oscuras. En un movimiento unísono, nos abalanzamos sobre los guardias del Templo. El combate estalló con violencia: él avanzaba como una tormenta de acero, su espada cortando el aire con un silbido mortal, mientras yo me movía como una sombra letal a su lado. Mis agujas de plata volaban una tras otra, cada una buscando un punto vital; nadie lograba esquivarlas, y cada impacto era instantáneo y definitivo. Veinte guardias cayeron en cuestión de minutos, sin saber qué los había golpeado. Él abría paso con fuerza bruta y precisión quirúrgica; yo cubría cada ángulo ciego, cada enemigo que intentaba acercarse por la espalda. Éramos un dúo perfecto: el muro de acero y la sombra venenosa.

—¡Intrusos! —gritaron los guardias restantes, pero ya era demasiado tarde.

En medio del caos, Eva apareció frente a mí, con la píldora de súper fuerza surtiendo efecto, los ojos brillantes de furia y arrogancia.

—¡Te destruiré, impostora del futuro! —rugió, lanzándose contra mí con golpes que partían el aire.

Su potencia era sobrehumana, pero mi entrenamiento militar de élite y mi agilidad la superaban por mucho. Chocamos en un combate feroz, golpe tras golpe, cada una esquivando y devolviendo ataques con velocidad vertiginosa. Ella lanzaba puñetazos capaces de romper piedra, pero yo era como el viento: nunca estaba donde ella esperaba. Con un movimiento fluido, la esquivé, le barrí las piernas y la hice caer de espaldas. Antes de que pudiera levantarse, pisé su cabeza con firmeza, obligándola a mantener el rostro contra el suelo frío. Sin embargo, al bajar la guardia un instante, ella giró bruscamente y me rasguó el antebrazo con una uña afilada; una herida leve, pero suficiente para recordarme que no era invencible.

—¿Eso era todo? —me burlé con voz gélida, presionando con más fuerza a pesar del ardor de mi brazo.

Eva apretó los dientes, furiosa e impotente. Intentó invocar la ayuda del Sistema, pero ningún mensaje apareció. Su misión había fracasado, y el castigo comenzó de inmediato: su vigor se desvaneció en segundos, su cuerpo se debilitó por completo, y con un gemido de frustración se desmayó allí mismo, vencida y humillada. Me llevé la mano al antebrazo, viendo la sangre oscura en mis dedos; un recordatorio de que incluso la victoria deja huellas.

Al mismo tiempo, una figura enmascarada saltó hacia nosotros con su espada de doble filo brillando con luz siniestra.

—¡Muere, príncipe caído! —gritó, descargando un golpe que habría partido un árbol entero.

En ese instante, Oliver se irguió, su porte cambió por completo, y con voz profunda y autoritaria respondió:

—¡Víctor, Príncipe Regente, para ti! —y alzó su espada para bloquear el impacto con un estruendo que hizo temblar el suelo.

Comenzó entonces la danza de la muerte. Víctor luchaba como un dios de la guerra, cada movimiento fluido, letal, imparable. Bloqueaba, esquivaba y contraatacaba con una precisión brutal. El enmascarado lanzaba ataques desesperados, pero ninguno lograba tocarlo. Yo me mantenía a su espalda, vigilando cualquier emboscada, lanzando una aguja certera cada vez que un guardia intentaba intervenir. Él era el muro; yo era la sombra que nadie veía venir. En un momento, el enemigo lanzó un ataque engañoso que casi toma a Víctor por sorpresa; solo su instinto y su velocidad le salvaron de un corte en el hombro, rasgando su túnica y dejando una marca roja sobre su piel.

Con un último golpe brutal, Víctor desarmó al enemigo y lo lanzó al suelo, poniéndole la punta de su espada en el cuello.

—Subestimaste lo que significa ser un príncipe —dijo con voz que helaba la sangre—. Y por eso pierdes.

Lo humilló con su presencia, demostrando que su autoridad era infinitamente superior. El enmascarado, derrotado y destrozado, no pudo hacer nada más que mirarlo con terror antes de aprovechar una distracción para desaparecer entre las sombras.

—¡Nos vamos! —grité, presionando la herida de mi brazo—. No nos quedemos aquí.

Saqué de mi espacio dimensional una cuerda de polímero ultraligero y resistente —tecnología del siglo XXV—, junto con equipos de amortiguación para caídas extremas. El espacio vibraba levemente al usarlo tantas veces seguidas; sentí un ligero mareo, como si mi energía se desvaneciera un instante. No era infinito.

Víctor corrió hacia mí, con sangre empapando su hombro izquierdo. Le lancé un extremo de la cuerda y la sujetamos con fuerza.

—Confía en mí —le dije, y apreté los dientes por el dolor.

Sin dudarlo, nos lanzamos juntos por el borde del acantilado, cayendo al vacío entre la niebla y la oscuridad. El equipo de caída se activó suavemente, frenando nuestra descenso, pero el viento nos golpeó con fuerza y perdimos el equilibrio un instante, aterrizando con torpeza entre los arbustos. Rodamos por el suelo, jadeando, doloridos, pero vivos.

Apenas pusimos pie en tierra, cincuenta asesinos rodearon el claro, saliendo de entre los árboles con las armas desenvainadas.

—¡No los dejen vivir! —gritó su líder.

—Tú de frente, yo desde arriba —le dije a Oliver, recuperando el aliento.

Asintió y me trepé a la rama más alta de un árbol gigante, ignorando el ardor del antebrazo. Saqué mi rifle de francotirador compacto y de alta precisión, también del siglo XXV. Desde las alturas, cada disparo era letal y certero, pero la oscuridad y la lluvia que empezaba a caer dificultaban la puntería; fallé el primer tiro, y tuve que compensar la posición. En el suelo, Oliver era un torbellino de acero, pero su herida en el hombro le ralentizaba los movimientos; recibió un tajo en el costado y apretó los dientes sin retroceder. Juntos, logramos vencerlos, pero no sin precio: ambos estábamos heridos, cansados, con la respiración entrecortada. Él era la tormenta en la tierra; yo era la muerte que caía del cielo, pero incluso las tormentas se agotan.

Cuando el último asesino cayó, nos dejamos caer contra un tronco, recuperando el aliento con dificultad.

—Vamos —dije, limpiando la sangre de mi brazo—. Es hora de volver.

Entramos juntos en mi espacio dimensional, que ahora se sentía más tenue, como si costara mantenerlo abierto. Nos quitamos los trajes de combate y nos pusimos nuestra ropa habitual, curando mutuamente nuestras heridas antes de recuperar nuestra apariencia normal. Luego saqué a los niños de mi refugio uno por uno; despertaron suavemente, confundidos pero sanos y salvos. El espacio parpadeó un instante al sacar al último, y supe que no podría volver a usarlo en varias horas. Tenía límites. Los hombres de Oliver los esperaban en un lugar seguro y, con una reverencia silenciosa, se los llevaron para buscarles un refugio donde nadie pudiera volver a hacerles daño.

Al llegar a casa, la puerta se abrió de golpe. Lucas, Álex, Lucía y Esteban salieron corriendo hacia nosotros, con los ojos llenos de lágrimas y miedo. Se lanzaron a abrazarnos con fuerza, aferrándose a nosotros como si temieran que desapareciéramos en cualquier momento. Notaron nuestras vendas y se apartaron asustados.

—¡Pensamos que no volverían! —sollozó Lucía, tocando con cuidado mi brazo vendado.

—¡Estamos aquí, estamos bien! —les respondí, abrazándolos con todo mi ser, aunque el dolor me atravesó al moverme.

Mientras tanto, en el Templo, el pánico se había apoderado de todos. Los sacerdotes corrían de un lado a otro sin saber qué hacer.

—¡Se llevaron a los niños! —gritaba uno.

—¡Eva está inconsciente y el sistema no responde! —decía otro.

—¡El Príncipe Regente está vivo y es más poderoso que nunca! —susurraban con terror. Nadie sabía qué hacer, nadie tenía un plan. El caos reinaba en el recinto sagrado.

Más tarde, cuando los chicos ya dormían, Oliver y yo salimos al exterior, vendados y cansados. El cielo estaba lleno de estrellas, brillando con una intensidad hermosa sobre el campo tranquilo. Nos quedamos de pie, lado a lado, mirando el firmamento.

—Isabella —dijo él con voz suave, llena de sinceridad—, gracias. Eres increíble. Luchar a tu lado fue el mayor honor de mi vida. Te juzgué mal, te malinterpreté… y me equivoqué de principio a fin. Como Víctor, como príncipe, como hombre.

Lo miré a los ojos, sintiendo una conexión que no existía antes.

—Oliver… Víctor… luchar a tu lado también fue un orgullo —le respondí con calma—. Eres un hombre muy fuerte y poderoso, pero lo que más admiro es que no soportas que lastimen a los inocentes. Mandaste a esos niños a un lugar seguro… eso demuestra quién eres de verdad.

Él bajó la mirada un instante, tocando la venda de su hombro, luego volvió a mirarme con sinceridad:

—Yo también fui un niño, Isabella. Pasé hambre, frío, maltratos… nadie me protegió. Por eso no podía permitir que les hicieran lo mismo a ellos. Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me cubría la espalda.

 

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Afrodita Hada♥️
🫶🫶🫶🫶♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
inuyasha/ Tomoe🦊
aliado y trasmigrado
Aleida Delgado Santana: Puede ser.
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Elizabeth Yepez
esa emperatriz viuda ya es hora que pague
Elizabeth Yepez
lo tenía bien merecido
Elizabeth Yepez
y esos hijos son de quien entonces
Aleida Delgado Santana: Sobrinos de Oliver.
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Elizabeth Yepez
así es nada de sumisa
Elizabeth Yepez
también viene del futuro
Elizabeth Yepez
que busca la vieja inmunda
Aleida Delgado Santana: Solo busca, joder.
total 1 replies
Elizabeth Yepez
así,se habla esas escorias no merecen perdón
Elizabeth Yepez
vino a poner orden,carajo
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