La vida de Elif se vio trágica cuando el hombre más poderoso del pueblo la obligó a contraer matrimonio. Pero resultaba que era un hombre que cuatriplicaba en edad, por lo que en la consumación, murió de un infarto, quedando ella como heredera de toda esa fortuna.
Elif creyó que todo terminaba ahí, no obstante, aparecieron los familiares de aquel hombre, y la obligaron a contraer matrimonio con el nieto de su difunto esposo, un joven de 23 años, que la odiaba y despreciaba con cada segundo de su vida, por haberse quedado con todo lo que les pertenecía.
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—¡Date la vuelta y quítate la ropa! —exigió con voz grave e imponente.
—Señor… —pronunció mientras le miraba a través del espejo—. No me lastime.
—¿Lastimarte? —musitó al pararse detrás de ella—. Yo no voy a lastimarte, princesita —soltó una sonrisa siniestra. Luego la giró y la besó con furia.
—¡No! —Elif evitó que aquella boca cubriera la suya—. ¡Por favor, señor Ahmet!
Continuó intentando detener a aquel hombre que deseaba poseerla. Elif intentó defenderse con sus uñas; sin embargo, él le agarró de los brazos, justo más arriba del codo, y la sacudió.
—¡Quietita! —los ojos de Ahmet Demir la miraron con enojo y lujuria—. Vas a ser mía, quieras o no. Será por las buenas o por las malas, tú decides. Si te rehúsas a dejarte besar y acariciar, te tomaré sin compasión. Pero si decides ser cariñosa como lo es una esposa después de casarse, todo será lindo. Prometo ser muy delicado.
Elif negó desesperada. Ella no quería ser tomada de ninguna manera; solo quería salir de ahí. No quería estar en esa casa y menos en esa habitación con aquel hombre al cual su padre la había cedido a cambio de la vida de su hermano, quien días atrás intentó escapar con la nieta de Ahmet Demir.
Este último era un hombre de setenta años, querido y respetado por todo el pueblo, del cual era dueño de más de la mitad. Su hacienda, llamada Los Cascos, era la más grande de todo San Cristóbal y daba trabajo a casi todo el pueblo. El 80 % de los campesinos le rendía pleitesía, y quien no lo hacía vivía en la inmundicia o desaparecía.
—¿Cómo lo quieres, mijita? ¿Suave o duro? Créeme que duro te dolerá un buen, ni siquiera podrás pararte. Y decídelo ya, porque estoy que me riego.
—No quiero —dijo con angustia.
Ahmet atrapó el rostro de Elif y le obligó a mirarlo.
—Soy tu esposo, eres mi mujer y vas a cumplirme —cubrió la boca de Elif y la besó con furor. Ella se rehusaba a unir sus labios con los de aquel anciano que parecía su abuelo. Intentó liberarse, pero no pudo. Aunque Ahmet era un hombre mayor, tenía mucha fuerza; se veía fuerte y sano, ni siquiera su rostro parecía tener esa edad.
Cuando fue lanzada a la cama, Elif suplicó que se detuviera:
—¡Cederé! ¡Cederé! —dijo llena de terror.
Su destino ya estaba trazado; no podía resistirse. Debía acostarse con ese viejo sí o sí, porque de lo contrario él iría por su hermano y lo acribillaría sin compasión alguna. Y al no haber una ley digna en ese pueblo, no habría justicia.
—Así me gusta —dijo Ahmet—. Ahora levántate —demandó.
Sin fuerzas, sin ánimos de vivir, Elif se levantó de la cama.
—Quítate la ropa para verte —dijo con perversidad.
Elif fue bajando lentamente los tirantes del vestido.
—Hazlo rápido, mijita —ordenó mientras se acercaba y, con sus ásperas manos, le rompió el vestido hasta debajo de los senos.
Al quedar estos desnudos, Elif se cubrió el pecho, pero aquel depravado inmediatamente se los destapó y demandó que se quitara por completo el vestido.
Una vez que el delgado y bien estructurado cuerpo de Elif quedó descubierto, aquel hombre de avanzada edad se abalanzó sobre ella como un tiburón. Cayeron en la cama y empezó a acariciarla sin importarle el sufrimiento que le causaba a aquella jovencita que apenas había cumplido los dieciocho años.
—Eres tan deliciosa, Elif —dijo agitado.
Continuó besándola hasta que sintió un fuerte apretón en el corazón y la respiración se le detuvo. Sus pulmones dejaron de funcionar porque en su garganta se le atascó un gran nudo, y su corazón dolía como si un tráiler le pasara por encima.
Elif tenía los ojos cerrados y las manos hechas puños, apretando las cobijas mientras esperaba que aquel cerdo le quitara su pureza.
—Ayúdame, Elif… —fue lo último que alcanzó a decir antes de desplomarse sobre el delgado cuerpo de ella.
—¿Señor Demir? —pronunció al sentir el peso completo de ese hombre. Volvió a llamarlo; sin embargo, aquel canoso anciano no respondió.
Usando toda su fuerza, Elif lo lanzó a un costado. Al verlo inmóvil, lo remeció.
—Señor Ahmet…
Por un momento creyó que se había dormido; no obstante, cuando le tocó el pulso, estaba muerto.
Elif se cubrió la boca, rápidamente se levantó, agarró su vestido, se lo colocó y salió corriendo de la habitación. Bajó a toda prisa las gradas y salió de la mansión.
—¡Ayuda! —pidió agitada.
Los pocos invitados que aún se encontraban en la hacienda se acercaron.
—¿Qué sucede, Elif? —preguntó el sheriff del pueblo. Todos creyeron que la hermosa joven escapaba del viejo depravado, y no la juzgaban. Una joven como ella como podría querer acostarse con un viejo como ese.
—Don Ahmet… no sé qué le pasa, pero está… está inmóvil.
El sheriff miró a todos los hombres que reían, porque creían que el compañero del anciano no se había levantado. Ante la mirada del sheriff, todos se callaron.
—¿Cómo inmóvil? —preguntó.
—No se mueve, no respira…
Escuchando eso, el sheriff se adentró en la mansión, subió las gradas y llegó hasta la habitación. Le tocó el pulso al anciano y descubrió que estaba muerto. Soltando un suspiro, miró a Elif, quien temblaba. Ante la mirada del sheriff, ella apretó su vestido cubriendo la parte de su pecho.
—¿Qué pasó? —preguntó con el ceño fruncido.
—No lo sé… —tenía vergüenza de decir que ese hombre se había lanzado sobre ella para tomarla como un loco—. Solo se tiró a un lado —comentó nerviosa—. Juro que pasó eso. Él… él me besó con ansias, me tiró ahí… —dijo llorando—. Luego dejó de hacerlo. Creí que iba a tener compasión y… y ya luego me di cuenta de que estaba… —no podía hablar; tenía miedo de que el sheriff no le creyera. Aquella mirada de acusación le aterraba—. ¿No me cree?
Es que cómo iba a creerle. Ella era una jovencita muy hermosa, llena de vida y sueños, y aquel hombre se los había arrebatado el día que decidió tomarla por esposa. Era lógico que Elif hiciera algo para no estar con él, para liberarse de ese matrimonio que nunca debió ser.
—Lo siento, Elif, pero debes acompañarme a la delegación y dar tu declaración.
—¿Qué pasó con mi abuelo? —inquirió Selin mientras ingresaba. Al ver a su abuelo tirado en la cama y sin moverse, se fue acercando lentamente.
—¡Abuelo! —pronunció en un susurro antes de caer de rodillas al lado de la cama—. Abuelo… —se clavó a llorar sobre el cuerpo inerte de Ahmet, quien, a pesar de haber sido un hombre egoísta y cruel con ella, lo quería.
Al levantar la mirada, Selin clavó sus ojos en Elif. Aquella joven tembló ante la furiosa mirada de su cuñada.
—¿Qué le hiciste a mi abuelo? —se levantó, fue hacia Elif y, al estar parada delante de ella, volvió a cuestionar—: ¿Qué le hiciste?
Elif no reaccionaba; estaba en shock por lo sucedido. Al sentir el sacudón por parte de Selin, volvió del trance.
—¡Responde! ¿Asesinaste a mi abuelo?
—No, juro que no es así. Yo no asesiné al señor Ahmet; él… él se desmayó.
El sheriff se acercó a Selin e intentó calmarla, pero aquella joven estaba desconsolada.
—El forense nos dirá qué pasó.
Ante la mirada acosadora de esos dos, Elif tembló, más cuando el sheriff se acercó a esposarla.
—Debes acompañarme —ella movió la cabeza—. Fuiste la última persona que lo vio con vida al señor Demir; por lo tanto, debes dar tu declaración y esperar a que se aclaren las cosas.
—No, no, por favor, no me lleve —suplicó.
—Lo siento, Elif, pero debemos llevarte detenida hasta hacer las investigaciones. Si no hiciste nada, no tienes de qué temer.