Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 8
Capítulo 8
La fiesta de Joaquín
Y Sofía, por primera vez en días, casi se creyó la actuación.
El problema de casi creer una actuación era que luego el actor seguía actuando demasiado bien.
Durante los días siguientes, Leonardo no la contradijo cuando ella lo llamó "mi Nardo" en Instagram. Tampoco pidió retirar la publicación. Ni siquiera preguntó por qué media ciudad de sociedad había empezado a escribirle a doña Claudia con condolencias disfrazadas de bendiciones.
Solo siguió dándole espacio, tarjeta, comida y silencio.
Sofía decidió que eso era sospechoso.
El sábado por la mañana, una invitación color marfil llegó al penthouse.
Residencia Carranza.
Cumpleaños de Joaquín Andrés Carranza Vega.
Sofía leyó el nombre dos veces.
—Ah, mira. El músico triste.
Leonardo levantó la vista de su laptop.
—¿Lo conoces?
—Todo el mundo conoce a Joaquín Carranza. Heredero de Grupo Carranza, niño prodigio de piano, rostro melancólico de comercial de perfume caro.
[Y también perro faldero oficial de Valentina. El segundo galán profundo, sensible, destinado a arruinarse por una mujer que ni siquiera lo quiere. Qué desperdicio de apellido y de pómulos.]
Leonardo ya no fingió sorpresa ante las frases de la voz interior. Solo cerró la laptop con calma.
—También te invitaron a ti.
—Qué generosos. Seguro quieren verme comer canapés y no humillarme en público.
El teléfono de Sofía vibró.
Mensaje de Valentina:
Joaco quiere que vayamos juntas. Por favor, no armes otro escándalo. Es su cumpleaños.
Sofía le mostró la pantalla a Leonardo.
—¿Ves? Cuando una villana dice "por favor", alguien en algún lugar está preparando una trampa.
—¿Vas a ir?
—Obvio. Si me van a tender alfombra, mínimo piso fuerte.
Al mediodía, Joaquín Carranza llegó personalmente a la residencia Reyes.
Sofía lo supo porque Valentina le mandó tres mensajes y una foto desde la entrada: Joaco parado junto a un auto azul oscuro, traje claro, cabello perfectamente despeinado, una caja de flores blancas en la mano.
Joaquín era el hijo legítimo de don Alejandro Carranza y Renata Vega, heredero de una familia que combinaba farmacéuticas, inversiones y una reputación antigua de dinero serio. En la novela, su función inicial era simple: amar a Valentina con una devoción tan ciega que cualquier lector quisiera sacudirlo por los hombros.
Sofía estaba en el penthouse, en bata, comiendo fruta.
Leo pasó por la sala.
—Te están esperando.
—Lo sé.
—Hace una hora.
—También lo sé.
—¿No vas a cambiarte?
Sofía mordió una fresa.
—Voy a dejar que el joven Carranza experimente una emoción nueva: no ser prioridad.
[En la fiesta planea hacerme quedar como una vulgar que le robó el prometido a Valentina. Que espere. La humillación con cita previa se cobra más cara.]
Leonardo se detuvo.
—¿Quieres que vaya?
—Tú ya vas. Los Montero no faltan a los Carranza, ¿no?
—Estaré en el segundo piso. Don Alejandro quiere hablar de negocios.
—Perfecto. Si ves que me arrojan al pastel, toma fotos útiles.
Dos horas después, Sofía bajó por fin.
Joaquín seguía en la residencia Reyes.
Valentina había perdido la sonrisa tres veces y la había recuperado cuatro. Doña Patricia fingía que todo estaba bajo control. Joaquín, en cambio, estaba de pie junto a la puerta con una paciencia de hombre educado para convertir el enojo en cortesía.
Cuando Sofía apareció con un vestido azul noche y el cabello recogido sin un solo adorno, él la miró como se mira un problema que llega tarde y aun así llama la atención.
—Señorita Reyes —dijo.
—¿Cuál? —preguntó Sofía—. En esta casa coleccionan señoritas Reyes para confundir al público.
Valentina soltó una risa tensa.
—Sofía, Joaco lleva horas esperando.
—Qué pena. Nadie me avisó que el cumpleaños incluía guardia en la puerta.
Joaquín sonrió apenas.
—No fue molestia.
[Mentiroso. Estás pensando que soy una maleducada y que esta noche vas a enseñarme mi lugar delante de todos. Ay, Joaco, tan guapo y tan idiota. Si supieras que en tu ruta de "proteger a Vale" terminas con cárcel, accidente y funeral emocional, te quedarías en tu casa tocando Chopin.]
La sonrisa de Joaquín desapareció.
No mucho.
Lo suficiente.
Miró a Sofía.
Ella estaba acomodándose un arete, completamente tranquila.
No había movido los labios.
—¿Qué dijiste? —preguntó él.
Doña Patricia frunció el ceño.
—No dijo nada.
Valentina tocó el brazo de Joaquín.
—Joaco, ¿estás bien?
Él parpadeó.
—Sí. Claro.
Pero ya no miraba a Valentina.
Miraba a Sofía.
[¿Y ahora qué le pasa? Parece que vio su propia acta de defunción.]
Joaquín sintió que el aire de la entrada se volvía estrecho.
Funeral emocional.
Cárcel.
Accidente.
Y, sobre todo: "esta noche vas a enseñarme mi lugar".
¿Cómo sabía eso?
La residencia Carranza, en Pedregal, estaba iluminada como si el dinero pudiera volverse música. Jardín enorme, fuentes bajas, meseros con charolas de plata, un cuarteto afinando en la terraza y familias enteras fingiendo que no habían venido a mirar quién se inclinaba ante quién.
Sofía llegó tarde.
No tarde de descuido.
Tarde de entrada.
Valentina caminó junto a Joaquín hacia el salón principal, perfecta en rosa pálido. Doña Patricia entró detrás, vigilando cada mirada. Sofía esperó dos segundos más en la puerta.
Luego tomó el brazo de Leonardo.
Él había llegado por separado, traje negro, expresión impenetrable.
—¿Lista? —preguntó en voz baja.
—Para que me odien, siempre.
Entraron juntos.
Los murmullos cambiaron de dirección.
Don Alejandro Carranza, patriarca de la familia y padre de Joaquín, los vio desde el centro del salón con una copa en la mano. Tenía el tipo de elegancia que no pedía permiso para parecer peligrosa.
A su lado estaba Renata Vega de Carranza, madre de Joaquín, delgada, elegante, con una mirada triste que parecía escuchar música incluso cuando nadie tocaba.
—Leonardo —saludó don Alejandro—. Me alegra que hayas venido.
—Don Alejandro.
Sofía inclinó la cabeza.
—Señor Carranza. Señora Carranza.
Renata la observó con interés.
—Tú eres Sofía.
—Según el día, la culpable de todo.
Renata sonrió apenas.
—Eso debe cansar.
Sofía levantó una ceja.
Por primera vez en la noche, alguien no sonaba como juez.
Joaquín apareció detrás de su madre.
—La fiesta está por empezar —dijo.
Su voz era educada, pero sus ojos seguían fijos en Sofía con una pregunta que no podía hacer.
[Sí, Joaco, mírame bien. Soy la mujer a la que pensabas humillar esta noche para hacer sonreír a Valentina. Qué incómodo cuando la víctima llega con el guion leído.]
Joaquín apretó la copa.
El cristal crujió.
Leonardo lo notó desde el segundo piso de su atención silenciosa.
Y Sofía, sin saber que acababa de sumar otro oyente a su voz interior, sonrió al salón como si la noche le perteneciera.