Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 20
Después de comprar la casa nueva, Valentina se ocupó de la mudanza y de adquirir algunos artículos que necesitaba.
—¡¿Valentina?! —Matías se sorprendió al verla dando indicaciones a los repartidores que bajaban un sofá del camión de carga.
—Ah, Matías. ¿Qué haces por aquí? —preguntó Valentina, igual de sorprendida.
—Yo vivo en esta casa —respondió Matías señalando la casa grande con un amplio jardín que estaba justo al lado de la nueva casa de Valentina.
Los ojos de Valentina se abrieron de par en par al enterarse. Santiago nunca le había mencionado eso.
—Y yo ahora vivo en esta —dijo Valentina señalando la suya.
—¡Entonces somos vecinos! —Matías sonrió de oreja a oreja.
—Sí —asintió Valentina.
Con razón Santiago anda tan contento últimamente y me regaña cada vez que dejo la casa desordenada, pensó Matías con una sonrisa pícara.
Valentina organizó una reunión de bienvenida en la casa nueva e invitó a los vecinos. También acudieron algunos parientes lejanos.
—¡Vaya, resulta que Valentina es... divorciada! —comentó una mujer de mediana edad.
—Tan bonita que es Valentina y aun así le fueron infiel. Ni qué decir de una como yo, con esta cara del montón, sin ningún brillo —dijo otra mujer más joven, en voz baja.
—La infidelidad no tiene que ver con que una no sea bonita o no sea atractiva. Tiene que ver con que la pareja no es fiel y con que la otra no tiene escrúpulos —respondió Valentina.
Varias mujeres le dieron la razón. Porque había muchos hombres fieles a esposas de rostro común y corriente, sin maquillaje ni arreglos especiales.
* * *
Desde que se volvieron vecinos, Valentina empezó a encontrarse seguido con Santiago. En un solo día podían verse varias veces. Ya fuera por la mañana temprano cuando barría el patio o al regresar del trabajo.
Esa tarde, Valentina fue a casa de Santiago con un tazón de sopa de pollo con verduras. Le había salido bastante.
—Valentina... ¿qué pasó? —preguntó Santiago con una amplia sonrisa al abrir la puerta.
—Cociné de más —respondió Valentina extendiéndole el tazón.
—¡Genial, esta noche cenamos rico otra vez! —exclamó Matías, apareciendo detrás de Santiago—. Mándanos comida seguido, ¿sí? Ya estoy harto de la cocina de Santiago, que últimamente le queda "salada".
—¡Ya, cállate! —Santiago le lanzó una mirada fulminante a su hermano.
—Pues sí... ¡porque quiere casarse! —replicó Matías, que se escapó corriendo llevándose el tazón con la sopa.
Valentina soltó una risita al ver las ocurrencias de Matías. El muchacho era de naturaleza alegre.
A partir de entonces, Valentina empezó a compartir la cena con frecuencia con su vecino de al lado. No le resultaba una carga. Al contrario, le daba gusto que les gustara su comida.
Una tarde, Valentina estaba sentada en la silla del porche. Tenía en la mano una taza de té caliente que no había probado. La mirada perdida, contemplando el cielo del atardecer teñido de tonos violáceos.
—Valentina, te traje esto —dijo Santiago, que llegó con una bolsa.
—Ay, gracias, Santiago —respondió Valentina con los ojos brillantes, porque era una empanada especial de las que más le gustaban.
Se sentaron a conversar de todo un poco. Valentina ya sospechaba que Santiago había sido un alumno destacado. Lo que no imaginaba era que el hombre había ingresado a la escuela a los cinco años. Además, desde la primaria hasta la preparatoria cursó programas acelerados, así que terminó los estudios muy rápido.
—Mi padre era profesor universitario; le obsesionaba la importancia de la educación y el conocimiento. Así que, quisiera o no, mis días se llenaron de estudio y lectura —dijo Santiago en voz baja, y luego suspiró.
Valentina percibió que el hombre ocultaba algo. Cuando hablaba, el brillo en sus ojos se apagaba y el tono de voz perdía la alegría de antes.
—Yo soñaba con ser doctora, porque quería poder curar a mi abuelo, que tenía problemas del corazón. Pero no pasé el examen de ingreso a la universidad. Así que estudié enfermería. Y ahora resulta que terminé vendiendo pollo —dijo Valentina, acompañada de una risita.
—Eso es porque tu familia siempre fue de comerciantes. Bueno, de empresarios —respondió Santiago con una sonrisa breve.
—El padre de Santiago... era profesor universitario. Y su madre... tenía un negocio de comida. Entonces, ¿por qué se hizo abogado? —bromeó Valentina, aunque en el fondo sentía genuina curiosidad.
Santiago le clavó la mirada. Eso hizo que el corazón de Valentina se acelerara.
—Porque quiero ayudar a las personas inocentes a obtener justicia —respondió Santiago con voz suave pero firme.
Con razón Santiago fue tan tenaz cuando me representó como abogado, pensó Valentina.
—Aparte de eso... quiero que las personas que son vistas como débiles e incapaces se vuelvan más fuertes y seguras de sí mismas, para el resto de sus vidas. Me gustan las personas que logran levantarse después de que algo malo les pasó. Como tú, Valentina —continuó Santiago.
Valentina se quedó pensativa. Recién tomaba conciencia de la transformación que había vivido. El cambio en ella no ocurrió de la noche a la mañana. No se volvió fuerte de repente, sino a lo largo de un proceso extenso que fue atravesando. Y en medio de todo ese caos, hubo una persona que, sin que ella se diera cuenta, fue llenando el vacío en su corazón: Santiago.
Aquel hombre nunca llegó con promesas dulces. Nunca le ofreció esperanzas vacías. Siempre estuvo ahí cada vez que Valentina casi flaqueaba. Santiago siempre se mantuvo a su lado, explicándole las cosas con paciencia, escuchándola sin juzgarla y ayudándola sin hacerla sentir menos.
—Santiago... —La voz le salió queda, casi un susurro.
Santiago, que estaba ordenando unos documentos, volteó.
—¿Sí?
Valentina se quedó callada un momento, como buscando palabras difíciles de pronunciar.
—Gracias. Si en aquel entonces no te hubiera conocido, quizá nunca habría obtenido justicia. Y ellos seguramente serían felices a costa de lo que me pertenecía.
Santiago no respondió de inmediato. Solo la miró con calma, dándole espacio para que continuara.
—La gente también me habría culpado y humillado, por no poder tener hijos.
La voz de Valentina ya no temblaba como antes. Y justamente eso la hacía sonar más dolorosa, porque la herida seguía ahí, solo que enterrada más adentro.
Santiago exhaló despacio y se sentó en la silla de enfrente.
—Tú te salvaste a ti misma, Valentina —dijo en voz baja—. Yo apenas ayudé un poco.
Valentina esbozó una sonrisa tenue. Una sonrisa que no era del todo feliz, pero que bastaba para mostrar que entendía.
—Siempre dices eso —dijo ella—. Cuando el que más me ayudó fuiste tú.
Santiago no contestó. Solo desvió la mirada un instante, como intentando contener algo para que no se desbordara.
Había algo que crecía entre ellos. Un sentimiento que germinaba en silencio, entre conversaciones sencillas, en las pequeñas atenciones que solían pasar desapercibidas. Y Santiago lo sabía.
El hombre notaba cómo Valentina empezaba a mirarlo más tiempo del habitual. Cómo la voz le sonaba ligeramente distinta al pronunciar su nombre. Cómo su presencia comenzaba a significar algo más que la de un simple abogado. Sin embargo, él eligió callar. No porque le faltara valor, sino porque sabía que el corazón de Valentina acababa de sanar de una herida profunda. No quería convertirse en la causa de una herida nueva.
—Eh, ya está oscureciendo. De lo entretenido que es hablar contigo, se me fue el tiempo —dijo Santiago, poniéndose de pie.
—Tener a alguien con quien conversar a gusto de verdad es un placer —respondió Valentina, levantándose también.
Valentina apretó el borde de su blusa. Había un pequeño impulso en su interior que la empujaba a decir más. A retener a aquel hombre un poco más, pero no lo hizo.
—Valentina —la llamó Santiago.
—¿Sí?
—Si algún día necesitas compañía, yo siempre voy a estar.
Valentina se quedó inmóvil. El corazón le empezó a latir con fuerza de repente. Asintió despacio.
—Sí, Santiago.
Santiago sonrió y se fue a su casa. Mientras tanto, Valentina seguía de pie en el porche.
Después de tanto tiempo, por primera vez desde que todo esto comenzó, Valentina no se sentía vacía. En su corazón, que antes estaba lleno de heridas y rencor, ahora empezaba a brotar algo distinto.
Reacciona, Valentina. Acuérdate de quién eres tú y quién es Santiago, se dijo mientras veía al hombre entrar en su casa.