5 PUERTAS
¿Y si tu destino hubiera sido elegido antes de nacer?
Cinco puertas. Cinco destinos. Un secreto capaz de cambiarlo todo.
Cuando varias personas comienzan a descubrir que sus vidas están unidas por un misterio imposible de explicar, entenderán que algunas puertas nunca debieron abrirse.
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CAPÍTULO 3-- LA VERDAD ESCONDIDA
El sonido de la puerta al cerrarse fue lo primero que escuchó Giovanni al volver a casa.
Después de un día lleno de nervios, gritos de emoción y aplausos, por fin estaba de regreso en el lugar donde todo parecía más tranquilo.
El aroma a comida recién hecha invadía la casa. Desde la cocina llegaba una música suave que su mamá solía poner mientras cocinaba. Era un ambiente sencillo, pero cálido. Cada rincón guardaba recuerdos de su infancia y, por un momento, Giovanni sintió que todo estaba exactamente donde debía estar.
—¡Gio! —exclamó su mamá apenas lo vio entrar.
Salió de la cocina con una gran sonrisa y lo abrazó con fuerza.
—Estoy tan orgullosa de vos.
Giovanni sonrió con timidez. Todavía llevaba la medalla colgada del cuello.
—Fue un buen torneo.
—No fue solo un buen torneo. Ganaste porque te esforzaste durante meses. Vi cada entrenamiento, cada vez que llegabas cansado, cada vez que pensabas en abandonar... y aun así seguiste adelante.
Ella tomó la medalla entre sus manos.
La observó unos segundos antes de devolvérsela.
—Tu papá también estaría muy orgulloso.
Al escuchar esas palabras, el corazón de Giovanni dio un pequeño vuelco.
No respondió.
Solo dedicó una leve sonrisa antes de subir lentamente las escaleras.
Su habitación seguía igual que por la mañana.
Los trofeos ocupaban un estante entero.
La computadora permanecía sobre el escritorio.
Los auriculares descansaban junto al teclado.
Y la camiseta número tres estaba cuidadosamente doblada sobre la cama.
Abrió el cajón donde guardaba sus recuerdos más importantes.
Con cuidado dejó la medalla junto a otras que había conseguido desde chico.
Mientras acomodaba unas cajas pequeñas, algo cayó al suelo.
Una vieja pelota de vóley.
Rebotó una sola vez antes de quedar inmóvil.
Giovanni la levantó despacio.
El cuero estaba desgastado.
Las letras casi habían desaparecido.
Pero seguía siendo el objeto más valioso que tenía.
Porque aquella pelota había sido el último regalo que recibió de su padre.
Sin darse cuenta, una sonrisa apareció en su rostro.
Sus dedos recorrieron las marcas del balón y, poco a poco, un viejo recuerdo volvió a su mente.
---
El sol iluminaba una pequeña cancha del barrio.
—¡Vamos, Gio! ¡Más fuerte! —gritaba su papá entre risas.
El pequeño Giovanni corría detrás de la pelota sin dejar de sonreír.
Intentaba sacar.
Fallaba.
Volvía a intentarlo.
Cada vez que la pelota caía al suelo, bajaba la cabeza.
—Perdón...
Su padre caminó hasta él y le revolvió el cabello.
—¿Perdón por qué?
—Porque siempre me equivoco.
El hombre sonrió.
—Escuchame bien...
Se agachó hasta quedar a su altura.
—Los errores no hacen perder a una persona.
Lo único que te hace perder... es dejar de intentarlo.
Giovanni levantó la vista.
—¿Y si tengo miedo?
Su padre apoyó una mano sobre su hombro.
—El miedo siempre va a existir.
Pero no dejes que decida por vos.
Pase lo que pase...
Nunca dejes de mirar hacia adelante.
Porque el corazón siempre encuentra el camino.
Después le lanzó nuevamente la pelota.
—Ahora otra vez.
Y esta vez...
Giovanni logró pasarla por encima de la red.
Su padre comenzó a aplaudir orgulloso.
Aquella tarde quedó grabada para siempre en su memoria.
Porque fue la última vez que jugaron juntos.
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El recuerdo desapareció.
Giovanni volvió a la realidad con un nudo en la garganta.
Al día siguiente de aquel entrenamiento, su padre nunca volvió a casa.
Desde entonces, solo quedaron preguntas.
Nadie volvió a hablar demasiado del tema.
Su mamá siempre evitaba responder.
Y con el paso de los años, Giovanni dejó de insistir... aunque jamás dejó de preguntarse qué había ocurrido realmente.
En ese momento, la voz de su mamá volvió a escucharse desde la planta baja.
—¡Gio! ¡La comida está lista!
Él respiró hondo.
—¡Ya bajo!
Bajó las escaleras intentando dejar atrás aquellos pensamientos.
Pero, en el fondo de su corazón, sabía que algún día descubriría la verdad.
La voz de su mamá volvió a escucharse desde la planta baja.
—¡Gio! ¡La comida está lista!
Él acomodó la vieja pelota en la caja, antes de guardarlo, bajó la mirada hacia su muñeca izquierda.
Allí seguía la pulsera de cuero con una pequeña flecha de metal que nunca se quitaba.
La acarició con la yema de los dedos.
—Para que nunca olvides que siempre hay un camino hacia adelante —le había dicho años atrás.
Desde entonces la llevaba a todas partes.
Era mucho más que una pulsera.
Era uno de los pocos recuerdos que aún conservaba de él.
Respiró hondo, cerró el cajón y bajó las escaleras.
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La cena transcurrió en silencio.
Solo se escuchaba el suave sonido de los cubiertos y la lluvia, que había comenzado a golpear las ventanas.
Su mamá levantó la vista.
—¿En qué pensás?
Giovanni dudó unos segundos.
—En papá...
Ella dejó el tenedor sobre el plato.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Mamá... ¿alguna vez me vas a contar qué pasó realmente?
El silencio volvió a llenar la cocina.
Ella respiró hondo.
—No hoy, Gio.
—Pero ya pasaron muchos años.
—Lo sé.
—Entonces... ¿por qué nadie habla de él?
Los ojos de su mamá comenzaron a humedecerse.
—Porque todavía duele.
Giovanni bajó la mirada.
—Perdón.
Ella estiró la mano y tomó la de su hijo.
—No tenés que pedir perdón.
Solo dame un poco más de tiempo.
Él asintió, aunque la respuesta no calmó las dudas que llevaba dentro desde niño.
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Más tarde, se acostó mirando el techo.
Las palabras de su padre regresaban una y otra vez.
"Nunca dejes de mirar hacia adelante."
Poco a poco, el sueño lo venció.
Oscuridad.
Silencio.
Frente a él apareció un largo pasillo.
Y, al final...
Las cinco puertas.
La primera era de madera.
La segunda, de metal.
La tercera brillaba con un intenso color azul.
La cuarta era completamente de vidrio.
La quinta permanecía oculta entre una espesa niebla.
Giovanni caminó lentamente.
Cada paso hacía eco.
Sentía que alguien lo observaba.
Cuando estuvo frente a la puerta azul, una voz surgió desde la oscuridad.
—Todavía no...
—¿Quién sos? —preguntó.
No hubo respuesta.
La puerta comenzó a brillar con una intensidad imposible.
La luz lo envolvió por completo.
—¡No!
Despertó sobresaltado.
Respiraba con dificultad.
Miró el celular.
03:03.
Suspiró.
—Otra vez...
Fue hasta la cocina para tomar agua.
Mientras bebía, escuchó unos pasos.
—¿Gio?
Se dio vuelta.
Su mamá apareció en la puerta de la cocina con el cabello un poco despeinado y una expresión de sueño.
Al verlo, sonrió con ternura.
—¿Otra vez soñaste con las puertas?
Giovanni soltó una risa cansada.
—¿Se nota tanto?
—Te conozco demasiado.
Siempre que soñás con esas puertas terminás levantándote a tomar agua.
Ella abrió un alacena y sacó dos tazas.
—Ya que estamos despiertos... ¿me acompañas con un té?
—Dale.
Mientras el agua comenzaba a hervir, los dos permanecieron en silencio.
—¿Otra vez eran cinco? —preguntó ella.
Giovanni asintió.
—Sí...
—¿Y la azul?
Él la miró sorprendido.
—¿Cómo sabías?
Ella sonrió de lado.
—Porque Cuando eras chiquito venías corriendo a mi habitación diciendo que había una puerta azul que te llamaba.
Giovanni bajó la mirada.
—Qué raro...
—Sí... bastante raro.
—Lo peor es que nunca puedo ver qué hay detrás.
Siempre me despierto antes.
Los dos permanecieron unos minutos en silencio.
—Ojalá algún día dejes de tener esas pesadillas —dijo ella con una pequeña sonrisa.
—Yo también.
>— Bueno\, campeón... andá a dormir. Mañana tenés que ir a la universidad temprano.
> —Sí\, ma.
Ella le da un beso en la frente y vuelve a su habitación.
Antes de acostarse, su mamá abrió un cajón y sacó una vieja fotografía.
La observó unos segundos.
Una lágrima cayó sobre el retrato.
En ella aparecen tres personas sonriendo.
Ella.
Su esposo.
Y un pequeño Giovanni con una pelota de vóley entre las manos.
Con los ojos llenos de lágrimas, acaricia el rostro de su marido.
—Nuestro hijo ya es un hombre...
Hace una pausa.
Guardó la foto, apagó la luz y se acostó.
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A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol entraron por la ventana.
El despertador sonó a las siete.
—Cinco minutos más...
Cinco minutos después volvió a sonar.
—Bueno... ya voy.
Se cambió rápidamente y bajó.
El aroma del café recién hecho llenaba la casa.
Su mamá ya estaba en la cocina, terminando de preparar el desayuno antes de ir al trabajo.
—Buen día, dormilón.
—Buen día, ma.
Ella dejó una taza de café sobre la mesa.
—¿Dormiste mejor?
Giovanni sonrió mientras abría la heladera.
—Sí... por suerte esta vez no volví a soñar.
—Me alegra escucharlo.
Tomó una manzana del frutero y le dio un gran mordisco.
—¿No vas a desayunar algo más?
—Si me siento, llego tarde.
Su mamá soltó una pequeña risa.
—Siempre igual vos.
Se acercó, le acomodó el cuello de la campera y le dio un beso en la frente.
—Que tengas un lindo día.
—Vos también, ma.
Los dos salieron de la casa al mismo tiempo.
Su mamá caminó hasta su auto, dejó el bolso en el asiento del acompañante, encendió el motor y bajó la ventanilla.
—Nos vemos esta tarde, campeón.
—Cuidate.
Ella se alejó rumbo al trabajo.
Giovanni comenzó a caminar hacia la universidad mientras terminaba una manzana.
La mañana estaba fresca.
Al doblar la esquina, escuchó una voz conocida.
—¡Gio!
Era Mateo, que corría con la mochila colgada de un hombro.
Detrás venía Lucas, tranquilo como siempre.
—¿Ya se te pasó el dolor de piernas? —preguntó Giovanni entre risas.
—Nunca. Ser una estrella requiere sacrificios.
Lucas negó con la cabeza sonriendo.
Los tres comenzaron a caminar hacia la universidad entre bromas y risas.
Sin imaginar que aquella mañana marcaría el comienzo de nuevas amistades... y de una historia que cambiaría sus vidas para siempre.