Una noche de fiesta fue el inicio de su condena. Matteo "El Halcón" Moretti, el criminal más temido del país, puso sus ojos en ella y decidió que le pertenecía.
Arrancada de su vida sencilla, Ana descubre que su cautiverio no fue un error: ella es la heredera perdida de la Dinastía Castellanos, un imperio que todos creen muerto.
Atrapada entre la obsesión del hombre que la compró y la traición de quien decía amarla, Ana deberá elegir: ser una víctima sumisa o convertirse en la reina que destruirá a sus enemigos.
¿Qué pesa más: el miedo al monstruo que la posee o la sed de venganza?
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Su único refugio
El trayecto de regreso a la mansión fue un funeral en movimiento. Ana permaneció inmóvil en el asiento trasero del vehículo blindado, viendo cómo el paisaje de la ciudad se difuminaba tras el cristal tintado. Las palabras de Lorenzo —hubiera preferido morir— se repetían en su mente como un eco de tortura. Había sacrificado su cuerpo, su carrera y su paz mental por ellos, y a cambio, había recibido el exilio emocional.
Al bajar del coche, sus pasos ya no eran los de una ingeniera confundida. Eran pesados, decididos. El aire de la mansión, que antes le resultaba asfixiante, ahora se sentía como el único lugar donde podía respirar. Al entrar en el gran salón, vio a Matteo de pie frente al ventanal, con una copa de coñac en la mano. Él ya lo sabía. Sus hombres ya le habían informado del desastre en la clínica.
Matteo se giró lentamente. Esperaba encontrar a una Ana destrozada, suplicando volver atrás. Pero lo que vio fue una mujer con los ojos inyectados en una furia fría que él reconoció de inmediato: era la mirada de un Moretti.
Ana caminó hacia él sin decir una palabra. Al llegar a su altura, se detuvo a escasos centímetros. El perfume de Matteo, esa mezcla de cuero y especias, la envolvió como una armadura. Sin previo aviso, se lanzó a sus brazos, escondiendo el rostro en su pecho. No era un abrazo de amor romántico; era el refugio de un náufrago que decide que el tiburón es preferible al océano vacío.
Matteo rodeó su cintura con una fuerza protectora, dejando que ella descargara el temblor de su cuerpo contra él. Por primera vez, él no forzó nada. Simplemente estuvo allí, siendo el pilar de granito que ella necesitaba para no desmoronarse.
—Me odian —susurró ella contra su camisa—. Creen que soy un monstruo.
—El mundo siempre odia lo que no puede comprender, Ana —respondió Matteo, acariciando su cabello con una ternura inusual—. Tu sacrificio es demasiado grande para mentes pequeñas. Ellos viven en la luz de la ignorancia; tú y yo caminamos en las sombras para que esa luz siga existiendo.
Ana levantó la vista. Sus ojos, antes llenos de luz miel, ahora parecían dos pozos de ámbar quemado.
—Tienen razón, Matteo. Ya no soy la hija de un obrero. Ya no soy la niña que cree en la justicia. Si ellos me han expulsado de su mundo, entonces me quedaré en el tuyo. Pero no como una invitada... sino como tu igual.
Matteo sintió una punzada de triunfo absoluto. Había ganado. Ella finalmente se había rendido a su propia naturaleza. La besó con una intensidad desesperada, un pacto sellado en el dolor. En ese momento, Ana no buscaba placer, buscaba anestesia. Buscaba borrar el recuerdo de la decepción de su madre con la presencia abrumadora del hombre que, irónicamente, era el único que no le pedía ser perfecta, solo ser suya.
Horas más tarde, entrada la madrugada, Ana no podía dormir. Se sentó en el despacho de Matteo, rodeada de monitores y expedientes. Su mente de ingeniera comenzó a conectar los puntos con mucha precisión. ¿Cómo llegó ese diario a las manos de Lorenzo tan temprano? ¿Quién sabía exactamente a qué hora Ana estaría en la clínica para maximizar el daño?
—Fue él —dijo Ana en voz alta, su voz resonando en la biblioteca vacía.
Matteo entró en la habitación, vistiendo solo un pantalón de seda negra, observándola con curiosidad.
—¿Quién, Ana?
—Miguel —sentenció ella, señalando la pantalla donde se repetía la noticia digital—. Él filtró la noticia. Él sabía que mis padres no soportarían verme del brazo de un Moretti. No quería "rescatarme", quería destruirme para que no tuviera más opción que volver a sus pies pidiendo perdón. Es su forma de castigarme por haberte elegido.
Matteo se acercó, apoyando las manos en el escritorio.
—Miguel Vanzetti es un desgraciado muy paciente, pero ha cometido un error: te ha subestimado.
—No quiero que lo mates, Matteo —dijo Ana, levantándose. Su expresión era tan cruel que incluso Matteo se sorprendió—. La muerte es un regalo demasiado rápido para alguien que me ha quitado a mi familia. Quiero borrarlo del mapa. Quiero que sienta lo que es perderlo todo: su nombre, su herencia y su dignidad.
Ana se sentó frente al ordenador principal de la red de seguridad. Durante semanas había estado observando cómo Matteo manejaba sus finanzas, pero ella tenía algo que él no: el conocimiento técnico de los sistemas de la universidad y las conexiones de los antiguos proyectos de Miguel.
—Sé que Miguel ha estado desviando fondos de la Fundación Vanzetti hacia cuentas privadas para financiar su propia estructura de poder, estoy segura de eso —explicó Ana, sus dedos volando sobre el teclado—. Si esos fondos desaparecen, su abuelo Silvano pensará que Miguel lo está traicionando. Y Silvano Vanzetti no perdona a los traidores, ni siquiera si son de su propia sangre.
Matteo sonrió, impresionado por la frialdad con la que su prometida planeaba la ruina de su antiguo amor.
—¿Qué necesitas de mí?
—Necesito los códigos de acceso de la red bancaria que mencionaste en el Club Phoenix. Y necesito que tus hombres intercepten el cargamento de suministros médicos que Miguel tiene planeado mover mañana. Si le quitamos el dinero y la mercancía simultáneamente, quedará expuesto.
Durante las siguientes horas, Ana trabajó con una eficiencia aterradora. El dolor por el rechazo de sus padres se transformó en combustible digital. Hackeó los servidores privados de Miguel, dejando rastros falsos que apuntaban a una colaboración secreta de Miguel con las autoridades federales. Era una mentira perfecta: la "rata" perfecta dentro de la familia Vanzetti.
Al amanecer, Ana cerró el ordenador. Miguel Vanzetti despertaría siendo un hombre marcado. Para su propia familia, sería un traidor; para el mundo legal, un criminal en quiebra.
Matteo la tomó por los hombros desde atrás, besando su nuca.
—Bienvenida al negocio familiar, mi reina.
Ana se miró en el cristal del monitor apagado. Ya no quedaba rastro de la ingeniera asustada. La transformación estaba completa. Había usado su inteligencia no para construir puentes, sino para demoler la vida del hombre que una vez amó.
—Mañana —dijo Ana con una voz que no temblaba—, Miguel descubrirá que no debió jugar con fuego. Porque yo ya no tengo miedo de quemarme.
Mientras tanto, en un rincón oscuro de la ciudad, Miguel recibía una notificación en su teléfono. Sus cuentas estaban en cero. La guerra que él mismo inició con una fotografía en un diario acababa de volverse personal, y por primera vez, sintió un escalofrío de terror real. No era Matteo a quien debía temer... era a la mujer que él mismo había ayudado a corromper.
pero estaría muerta como le dijo matteo
ojalá no sea verdad
pero ellos también no debieron actuar a si humillandote lo hiciste para salvarle la vida
si ella es tomada una heredera 🤔
pero cuando se entere de lo que tenía pensado el miguelito con ella como verá esto por una parte se puede decir matteo la salvo de ese maldito
ojalá Matteo se entere sus informantes se están pasando el por qué el miguelito quiere a toda costa a Ana
entonces el sabrá que viene de una familia fuerte🤔
pero será que le hicieron algo para a si poder tener a su merced a Ana