Helena Duarte siempre ha cargado con algo más que el peso de su cuerpo. Hija única de una de las familias más poderosas del país, creció rodeada de lujos, pero también de soledad, marcada por el bullying, el rechazo y la constante sensación de nunca ser suficiente.
Todo cambia cuando conoce a Dante Vasconcellos, un estudiante de Derecho de cursos superiores, apuesto, amable y aparentemente enamorado de ella. Por primera vez, Helena cree haber encontrado a alguien capaz de ver más allá de su apariencia. El romance avanza rápidamente: noviazgo, compromiso y una boda de ensueño.
Pero durante la luna de miel, Dante revela su verdadera cara.
Entre humillaciones silenciosas, manipulación emocional y una relación abusiva disfrazada de amor, Helena se embarca en una dolorosa búsqueda de aceptación, intentando desesperadamente convertirse en la mujer que su esposo desea.
Hasta que, en medio del caos, alguien aparece para ayudarla a comprender que quizá el problema nunca estuvo en su cuerpo.
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Capítulo 23
Helena
Esa semana fue extrañamente buena.
Buena de una forma que ya no recordaba cómo se sentía.
Después de la disculpa de Dante, todo parecía haber vuelto a encarrilarse. O al menos eso era lo que yo quería creer.
Volvía a mostrarse cariñoso.
Atento.
Presente.
El martes cenamos en casa de mis padres. El jueves también.
Y durante aquellas cenas, Dante parecía exactamente el hombre del que me enamoré en la universidad.
Me tomaba de la mano.
Besaba mi rostro distraídamente.
Me sonreía durante las conversaciones.
Mi madre parecía conmovida de vernos así otra vez.
—Se ven tan lindos juntos —comentó sonriendo mientras los empleados servían la cena.
Dante me apretó la mano sobre la mesa.
—Helena es lo mejor que me ha pasado en la vida.
El pecho se me llenó de calor.
Mi padre sonrió satisfecho mientras bebía vino.
—Da gusto verlos felices así.
Yo también sonreía.
Porque deseaba desesperadamente creer que, por fin, aquello era real.
De regreso a casa, Dante conducía con una mano sobre mi pierna.
Pequeños gestos.
Pequeñas caricias.
Cosas tan simples... pero que para mí lo significaban todo.
Cuando llegamos a la mansión, subí a la habitación llena de expectativa.
Tal vez esa sería, al fin, la noche.
La noche en que volveríamos a ser marido y mujer de verdad.
Pero no lo fue.
Después de bañarse, Dante me besó con calma y me acarició el rostro.
Luego sonrió de esa manera serena que siempre derribaba mis defensas.
—Todavía no.
El pecho me dio un vuelco.
—¿Por qué?
Suspiró, como si estuviera siendo racional.
—No quiero hacer nada precipitado.
Intenté ocultar mi frustración.
Dante me sostuvo el rostro con delicadeza.
—Quiero que todo ocurra de forma natural entre nosotros.
Me acarició el cabello.
—Sin presiones.
Aunque estaba triste, intenté comprenderlo.
Tal vez de verdad estuviera intentando reconstruir nuestra relación poco a poco.
Tal vez necesitaba tiempo.
Entonces convertí aquello en motivación.
Si él aún dudaba...
tenía que seguir bajando de peso.
Tenía que verme más bonita.
Más deseable.
Más cercana a la mujer que él quería.
Esa semana me dediqué todavía más a entrenar.
Y a los medicamentos.
Las cápsulas ya formaban parte de mi rutina, como si fueran indispensables para respirar. Durante todo el día, el hambre prácticamente desaparecía.
A veces me mareaba.
Me sentía débil.
El corazón se me aceleraba.
Pero lo ignoraba.
Porque los números de la báscula por fin bajaban.
Y eso hacía que todo pareciera valer la pena.
Rodrigo notó enseguida que estaba todavía más concentrada.
El viernes, mientras hacíamos ejercicio, me observó entre una serie y otra.
—Estás entrenando demasiado a solas otra vez, ¿verdad?
Aparté la vista de inmediato.
—Solo un poco.
Cruzó los brazos y suspiró.
—Helena...
Sonreí, intentando cambiar de tema.
—Quiero acelerar los resultados.
Rodrigo parecía preocupado.
—Tu cuerpo también necesita descansar.
Asentí solo para evitar una discusión.
Pero por dentro solo podía pensar:
necesito bajar de peso más rápido.
Lo necesito.
Al final de esa mañana llegó el pesaje semanal.
Subí a la báscula nerviosa mientras Rodrigo anotaba algunos datos en la tablilla.
Entonces se detuvo.
Volvió a mirar las cifras.
Frunció el ceño.
—No puede ser.
El corazón se me aceleró.
—¿Qué pasa?
Alzó la vista hacia mí, claramente sorprendido.
—¿Diez kilos más?
No pude evitar la enorme sonrisa que apareció en mi rostro.
—¿En serio?
Rodrigo volvió a mirar la báscula, como si comprobara que no hubiera un error.
—Helena... es muchísimo peso en muy poco tiempo.
Pero yo ya ni siquiera le prestaba verdadera atención.
El pecho me rebosaba de felicidad.
Diez kilos más.
Dante se quedaría impresionado.
Rodrigo se pasó una mano por la nuca, todavía evidentemente desconcertado.
—Tu organismo está respondiendo demasiado rápido.
La culpa me apretó el pecho de inmediato.
Porque le estaba mintiendo.
Todos los días.
Sobre los medicamentos.
Sobre las dosis.
Sobre los tés.
Sobre las horas extra que hacía a escondidas en la caminadora.
Rodrigo creía que aquello solo era resultado del entrenamiento y la dedicación.
Y una parte de mí se sentía horrible por engañarlo.
Porque de verdad parecía preocuparse por mí.
—¿De verdad solo estás siguiendo la dieta de la nutricionista? —preguntó con cautela.
El corazón me latió con fuerza.
Forcé un tono natural.
—Sí.
Mentira.
Una mentira tan fácil que me asustó un poco.
Rodrigo siguió observándome durante unos segundos.
Como si tratara de decidir si creerme o no.
Luego esbozó una pequeña sonrisa.
—Bueno... independientemente de eso, te estás esforzando mucho.
El pecho se me oprimió.
—Estoy orgulloso de ti.
Esa frase me golpeó de una manera extraña.
Hacía mucho que nadie me decía estar orgulloso de mí.
Sonreí, conmovida.
—Gracias.
Rodrigo cerró la tablilla sin dejar de observarme con atención.
—Solo quiero que tengas cuidado.
Asentí.
Pero, sinceramente,
en ese momento no quería cuidado.
Quería resultados.
Quería verme al espejo y, por fin, encontrar a una mujer digna de que su propio marido la deseara.
Mientras Rodrigo ordenaba el equipo, tomé el celular discretamente y abrí una foto de Karen que había encontrado en internet y guardado.
Alta.
Delgada.
Perfecta.
Observé mi oscuro reflejo en la pantalla del celular.
Luego volví a la foto de ella.
Aún faltaba mucho.
Pero, por primera vez en años...
sentía que quizá estaba llegando allí.