Isabella necesita salvar a su familia y Alexander necesita una esposa. La solución parece sencilla: un matrimonio por contrato durante un año.
Solo hay una regla que no pueden romper: no enamorarse.
Pero vivir juntos, compartir secretos y enfrentar enemigos hará que aquello que comenzó como un acuerdo se convierta en algo mucho más real.
¿Podrán cumplir el contrato sin perder el corazón en el intento? 💗
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Capítulo 18 — La dirección desconocida
Alexander condujo durante horas.
La dirección encontrada en la antigua empresa los llevaba lejos de la ciudad, hacia un pequeño pueblo rodeado de árboles y caminos tranquilos.
Isabella miraba por la ventana.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
—No.
Ella lo miró sorprendida.
—¿No?
—Pero necesito saber la verdad.
Isabella bajó la mirada.
—Yo también.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
Finalmente, Alexander habló.
—Si realmente es Adrian…
—¿Qué harás?
Él tardó en responder.
—No lo sé.
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Llegaron al lugar indicado poco después del mediodía.
Era una casa sencilla, alejada de las demás.
Alexander estacionó frente a ella.
Ambos permanecieron dentro del automóvil.
—¿Entramos? —preguntó Isabella.
Alexander asintió.
Caminaron hasta la puerta.
Estaba entreabierta.
—Eso no me gusta —murmuró Isabella.
Alexander la abrió lentamente.
—¿Hola?
Nadie respondió.
La casa estaba vacía.
Había una mesa, algunos libros y fotografías.
Isabella se acercó a una de ellas.
Era una imagen de un niño.
Luego otra.
Y otra.
Todas mostraban a Adrian.
—Vivió aquí —dijo.
Alexander recorrió la habitación.
Sobre una mesa encontró varios documentos.
—Mira esto.
Isabella se acercó.
Era un pasaporte.
El nombre decía:
Adrian Blackwood.
Alexander lo tomó entre sus manos.
—Está vivo.
Isabella sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
De repente, escucharon un ruido en la habitación contigua.
Ambos se giraron.
Una puerta se cerró.
Alexander caminó hacia ella.
—¿Adrian?
La abrió.
No había nadie.
Pero una ventana estaba abierta.
Alguien acababa de escapar.
Sobre el suelo había una pequeña nota.
Alexander la recogió.
“Llegaron demasiado tarde.”
Isabella sintió un escalofrío.
—¿Se fue?
—Sí.
—¿Crees que sabía que veníamos?
Alexander miró la nota.
—Alguien le avisó.
Entonces escucharon el sonido de un automóvil alejándose.
Alexander corrió hacia la ventana.
Solo alcanzó a ver un vehículo desaparecer por el camino.
Isabella se acercó.
—¿Viste quién conducía?
—No.
Alexander volvió a mirar la casa.
—Pero dejó algo.
Sobre la mesa había una fotografía reciente.
En ella aparecía Adrian junto a un hombre.
Alexander reconoció al hombre inmediatamente.
—Samuel Carter.
Isabella abrió los ojos.
—Entonces están juntos.
Alexander negó.
—No necesariamente.
Dio vuelta la fotografía.
Había una fecha escrita.
Y debajo, una frase:
“Samuel no es el enemigo.”
Isabella se quedó en silencio.
—Entonces… ¿quién lo es?
Alexander no respondió.
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Antes de marcharse, Isabella recordó la pequeña llave que había encontrado.
—Alexander.
—¿Qué?
Sacó la llave.
—Encontré esto en la antigua empresa.
Alexander la observó.
—Tiene el número 24.
—Quizás Adrian dejó una pista.
Regresaron a la casa y comenzaron a buscar.
Después de varios minutos encontraron una pequeña caja metálica escondida debajo de una tabla del suelo.
Tenía una cerradura.
Alexander introdujo la llave.
Encajaba perfectamente.
Dentro había un teléfono antiguo y una carta.
Isabella tomó la carta.
La abrió.
Solo había unas pocas líneas.
“Si están leyendo esto, significa que descubrieron que sigo vivo. No confíen en nadie de las familias. La persona que buscan lleva años cerca de ustedes.”
Isabella levantó la mirada.
—¿Cerca de nosotros?
Alexander tomó el teléfono.
La pantalla se encendió.
Solo había un contacto guardado.
“A.”
De repente, el teléfono comenzó a sonar.
Los dos se quedaron inmóviles.
Alexander miró a Isabella.
—¿Lo contesto?
Ella asintió.
Alexander aceptó la llamada.
Durante unos segundos no se escuchó nada.
Después, una voz masculina habló.
—Alexander.
Él dejó de respirar.
Isabella reconoció inmediatamente aquella voz.
—¿Adrian?
Hubo un silencio.
Entonces la voz respondió:
—Sí.
Alexander cerró los ojos.
Ocho años de preguntas.
Ocho años de incertidumbre.
Y ahora, finalmente, estaba escuchando la voz de su hermano.
—¿Dónde estás? —preguntó Alexander.
—No puedo decírtelo.
—¡Adrian, necesito saber qué ocurrió!
—Lo sé.
Su voz sonaba cansada.
—Pero si quieres encontrarme, primero tienes que descubrir quién está detrás de todo.
Alexander apretó el teléfono.
—¿Quién?
La llamada se cortó.
Isabella miró a Alexander.
—¿Qué hacemos ahora?
Él guardó el teléfono.
—Encontrarlo.
Pero ninguno de los dos sabía que, mientras salían de aquella casa, una fotografía de ellos había sido tomada desde lejos.
Y al otro lado de la carretera, alguien murmuró:
—Ahora sí… están muy cerca.