Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 14: El Altar del Eclipse y la Sangre de las Eras
El aire en el corazón de la necrópolis no solo era frío; era denso, gravitacional, impregnado de una vibración sorda que hacía crujir los dientes y estremecer los cimientos de la roca viva. Cada piedra tallada del antiguo templo persa parecía gemir bajo la presión del cielo. Arriba, a través de la enorme fisura que abría el techo abovedado hacia el exterior, la bóveda celeste de Isfahán había perdido todo rastro de azul. El Sol se hallaba completamente eclipsado, transformado en un disco de azabache perfecto ceñido por un anillo de fuego blanco y dorado que proyectaba sombras distorsionadas sobre el altar de basalto.
Tariq y Zaira atravesaron el último pórtico de piedra serpenteante. Sus pasos resonaron firmes sobre las losas de mármol negro que rodeaban el estrado central. La escala del recinto era colosal: una necrópolis excavada en el corazón de la tierra, sostenida por ocho columnas monumentales esculpidas con la efigie de reyes inmortales cuyos ojos de obsidiana refractaban la luz anómala del eclipse.
En el centro de la estructura, rodeado por un foso circular de agua negra que hervía sin emitir vapor, se alzaba el arco de basalto del portal. Las runas talladas en su superficie, apagadas durante siglos, despertaban una a una con un fulgor violeta y carmesí.
Y ante el portal, flotando a medio metro del suelo envuelto en un aura de vapor esmeralda, aguardaba Jafar.
El Visir ya no conservaba ningún rasgo de fragilidad anciana. La magia del eclipse hinchaba las venas de su cuello y sus brazos, marcando su piel con surcos de luz negra que palpitaban como parásitos bajo la carne. La mano que Zaira había calcinado con su luz bendita estaba recubierta por una prótesis de sombras consolidadas, cuajada de garras de hueso. En su mano izquierda sostenía el báculo de calavera de felino, cuyo cristal superior ardía con una llama oscura que devoraba la luz del recinto.
—Han llegado a tiempo para su propia ejecución —resonó la voz de Jafar. No se escuchó como un susurro mental ni como una voz humana, sino como un coro disonante de cientos de almas atrapadas gritando al unísono en el vacío—. La línea temporal ya se está deshilachando, Tariq. Siente cómo tu imperio en el futuro se disuelve. Siente cómo tu poder de Alfa se vuelve nada frente a la matriz original.
Tariq dio un paso al frente. El viento generado por la energía del portal hacía flamear su capa corta de lana y acero. Su torso despejado, surcado por las marcas doradas de su linaje puro, brillaba con una intensidad deslumbrante. Con un movimiento fluido y pausado, desenvainó la cimitarra persa de cabeza de león. La hoja de acero bendito cantó al cortar el aire denso.
—Hablas demasiado para ser un espectro que ya fue derrotado una vez, Jafar —dijo Tariq, y su voz de mando de Alfa retumbó en la necrópolis como el rugido de un león en la noche del desierto—. Mi imperio no se sostiene en portales de piedra ni en magia de tumbas. Se sostiene en mi sangre, en mi acero y en la mujer que camina a mi lado.
Jafar esbozó una sonrisa grotesca, mostrando dientes afilados como agujas.
—Tu acero no puede cortar el tiempo, Alfa. ¡Pero la sangre de la sacerdotisa alimentará mi inmortalidad durante mil años más!
El Visir alzó el báculo y golpeó el aire.
El foso de agua negra alrededor del altar estalló. De las profundidades del líquido estancado emergieron cuatro gigantescos tentáculos de materia oscura y espinas de hueso que se abalanzaron directamente contra Zaira.
—¡Zaira, despliégate! —gritó Tariq.
El Alfa se lanzó hacia adelante, interceptando los dos primeros tentáculos con una serie de tajos fulminantes. La cimitarra de damasco trazó arcos de fuego dorado en la penumbra; cada impacto cercenaba las extremidades de sombra, convirtiéndolas en una lluvia de ceniza ardiente que chisporroteaba sobre el suelo de mármol.
Zaira no esperó a ser rescatada. Con las dagas de acero ondulado cruzadas frente a su pecho, la joven ejecutó un salto hacia atrás, esquivando el tercer tentáculo por milímetros. La masa de espinas impactó contra el suelo de piedra donde ella había estado apoyada un segundo antes, pulverizando el mármol.
Aprovechando la inercia del movimiento, Zaira pisó la masa de sombras, corrió sobre ella con una agilidad felina y hundió la daga de lapislázuli derecha directamente en el nódulo central de la criatura.
Una descarga de energía azul pura brotó de la hoja. La criatura de sombra soltó un alarido sordo y se desintegró de inmediato.
—¡Maldita sea tu estirpe! —rugió Jafar desde el estrado.
El brujo comenzó a entonar una letanía en una lengua muerta, trazando en el aire una estrella de cinco puntas con el fuego verde de su báculo. El portal de basalto reaccionó al instante: una columna de luz violeta ascendió desde el arco hacia el cielo, atravesando la fisura del techo y conectando directamente con el disco negro del eclipse. La gravedad dentro de la necrópolis se rompió por completo. Piedras de tonelada y media, pedazos de columnas y restos de armaduras comenzaron a flotar en el aire como si carecieran de peso.
Tariq sintió cómo sus botas perdían tracción sobre el suelo, pero su fuerza de Alfa anuló la anomalía gravitatoria. Clavó la punta de su cimitarra en la losa de basalto, usando la hoja como ancla mientras encaraba el halo de viento místico que amenazaba con arrastrarlo al abismo del portal.
—¡Zaira, el amuleto! —llamó Tariq, su voz superando el estruendo del portal—. ¡No luches contra la luz! ¡Canaliza la frecuencia del nexo!
Zaira, flotando a medio metro del suelo sostenida por la energía azul de su corsé ceremonial, llevó la mano izquierda al colgante que descansaba sobre su pecho. La piedra de lapislázuli, inerte hasta ese momento, comenzó a pulsar en sintonía con los latidos desbocados de su corazón. La enseñanza de Tariq en la posada, la entrega de su pasión bajo la seda roja y la certeza de su amor se unieron en un solo pensamiento claro.
Ella no era una víctima del tiempo; era la dueña de la matriz.
Zaira cerró los ojos y dejó que la energía de sus antepasadas fluyera a través de sus venas. Al abrirlos, sus pupilas brillaban con un azul astral incandescente. Un aura de luz pura envolvió su cuerpo, extendiéndose en alas de fuego estelar que estabilizaron la gravedad a su alrededor.
—¡Esto no es posible! —chilló Jafar, retrocediendo hacia el borde del arco mientras la luz azul de Zaira comenzaba a neutralizar la magia verde de su báculo—. ¡La matriz pertenece al altar!
—La matriz pertenece a quien tiene el valor de reclamarla —sentenció Zaira con una voz resonante que se multiplicó en las paredes de la necrópolis.
Con un impulso majestuoso, Zaira se proyectó por el aire hacia el estrado, blandiendo sus dagas bendecidas.
Jafar alzó su báculo de calavera para bloquear el ataque de la joven, lanzando una ráfaga de fuego esmeralda directo a su pecho. Pero la barrera de luz de Zaira absorbió el impacto sin ceder un solo milímetro. La joven aterrizó sobre la losa de basalto del altar y cruzó sus dagas en un tajo descendente que amputó el brazo de sombras del brujo.
Jafar aulló de dolor, tambaleándose hacia atrás.
Esa fracción de segundo fue la ventana que Tariq necesitaba.
El Alfa cruzó la necrópolis como una exhalación de sangre y fuego. Liberado de la gravedad alterada por la barrera de Zaira, Tariq cubrió la distancia en un parpadeo. Su cimitarra persa se elevó en el aire, impulsada por toda la potencia de su anatomía inmortal y el odio acumulado durante mil años de persecución.
—Por mi esposa. Por mi imperio. Por nuestro tiempo —bramó el Alfa.
El acero de damasco atravesó el cuello del Visir Jafar en una trayectoria limpia y perfecta.
La cabeza del brujo se separó del cuerpo antes de que la sonrisa malévola pudiera borrarse de sus labios. En el instante en que el acero cortó la carne marchita, el cuerpo de Jafar estalló en un torbellino de llamas purpúreas y ceniza negra que fue absorbido de inmediato por el vacío del portal. El báculo de calavera cayó al suelo de basalto, rompiéndose en mil pedazos inofensivos.
Con la muerte del brujo, el encantamiento que sostenía la gravedad distorsionada se rompió de golpe. Las rocas gigantescas que flotaban en el aire cayeron sobre el suelo de la necrópolis con un estruendo ensordecedor, haciendo colapsar tres de las ocho columnas monumentales.
Sin embargo, la amenaza no había concluido.
El portal de basalto, desestabilizado por la muerte abrupta de su canalizador y el punto máximo del eclipse, comenzó a arder en ráfagas de energía dorada y azul fuera de control. El nexo se estaba cerrando, pero en su agonía, el vórtice gravitatorio amenazaba con tragar toda la necrópolis y destruir la conexión con el siglo XXI.
—¡El portal colapsa! —gritó Zaira, tambaleándose cuando el suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse hacia el foso.
Tariq guardó la cimitarra con un movimiento instantáneo y atrapó a Zaira por la cintura justo cuando una losa monumental se hundía en la nada. La pegó a su pecho con un agarre de acero, sintiendo el calor de su piel protegida por la armadura de plata.
—¡Tenemos que cruzar ahora! —bramó el Alfa, mirando fijamente el centro del torbellino de luz que giraba en el interior del arco.
—¡Juntos! —respondió Zaira, envolviendo el cuello de Tariq con ambos brazos y buscando sus labios en un beso desesperado, salvaje y definitivo que selló su pacto contra la muerte.
Con el amuleto de lapislázuli ardiendo en un destello azul estelar y el Sol eclipsado brillando sobre las ruinas de Isfahán, Tariq Al-Rashid y Zaira se arrojaron al centro de la luz del portal, desapareciendo en el flujo del tiempo un milisegundo antes de que la necrópolis se derrumbara por completo sobre el pasado.