Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 20: La Pregunta al Padre
El peso de la revelación todavía zumbaba en mi cabeza, pero había una pieza suelta que necesitaba encajar antes de poder procesar lo demás. Necesitaba ir a la fuente. Y, para mi suerte, ahí estaba él, sentado en el porche revisando unas cosas, con esa tranquilidad tan suya que a veces desesperaba.
Me acerqué con pasos firmes, aunque las manos me temblaban un poco en los bolsillos del pantalón. Tenía que sacarme la duda de una vez por todas.
—Papá —lo llamé, deteniéndome justo frente a su silla.
Él levantó la vista, ladeando la cabeza con una media sonrisa, como si ya supiera por dónde venían los tiros. Me hizo una seña para que hablara.
—Necesito que seas totalmente honesto conmigo —le solté sin rodeos, sin saber muy bien cómo formular algo que sonaba tan absurdo incluso en mi propia mente—. Tyron... ¿es Orión? ¿Desde cuándo lo sabías?
Mi padre soltó una carcajada corta, una de esas risas llenas de complicidad que duelen un poco cuando te das cuenta de que todos estaban en el chiste menos tú. Dejó el papel que tenía en las manos sobre la mesa y se cruzó de brazos, mirándome con una mezcla de diversión y ternura.
—¿Apenas vienes a preguntar eso? —respondió él, negando con la cabeza con total naturalidad—. Hija, pensábamos que ya lo sabías.
Me quedé helada.
—¿Qué? ¿Cómo que "pensaban que ya lo sabías"? —exclamé, sintiendo que la sangre se me subía a las mejillas—. ¡Nadie me dijo nada!
—No hacía falta decirte nada —respondió mi papá con absoluta calma, encogiéndose de hombros—. Era imposible no notarlo. Solo mírate. Tu forma de actuar con él, la manera en que te ponías nerviosa, cómo lo defendías... Era tan obvio que tu mamá y yo asumimos que estabas jugando al despiste. ¿De verdad no te habías dado cuenta por ti misma?
Abrí la boca para replicar, para buscar una coartada, un argumento digno que demostrara lo despistada que había estado, pero las palabras simplemente no salieron. Mi propio padre, con una sola frase, acababa de confirmar lo que mis instintos venían gritándome desde hacía rato.
—No puedo creerlo —murmuré, pasándome una mano por la cara mientras sentía que el suelo se me movía—. Literalmente viví en una telenovela y me enteré de última.
Él solo sonrió, dándome una palmada suave en el hombro.
—Bueno, al menos ya se acabaron los misterios, ¿no?
Y con esa simple respuesta, mi mundo dio el giro definitivo, dejándome lista para ir a cobrarle cuentas al mismísimo Orión.
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La sala de la casa estaba sumida en esa quietud densa que solo precede a las grandes confesiones. La luz de la tarde se filtraba a través de las rendijas de las persianas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de cerámica. Frente a mí, sentado con una tranquilidad pasmosa que rozaba la provocación, estaba él. O mejor dicho, Tyron. O, para ser honestos conmigo misma y con el caos mental que llevaba arrastrando desde hacía días, Orión.