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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14 — Acta de matrimonio

La noche antes de la boda civil, Sebastián prepara pescado al horno con la precisión de un cirujano. Cada corte en la piel es exacto, paralelo al anterior, a intervalos de dos centímetros. Pica el ajo y el cilantro hasta dejarlos finísimos, exprime limón sobre la bandeja y acomoda las rodajas de tomate con un ritmo hipnótico que me resulta difícil dejar de mirar.

—¿Dónde aprendió a cocinar así? —pregunto desde el otro lado de la barra de la cocina, con la barbilla apoyada en las manos.

—En el cuartel. Era cocinero del escuadrón antes de ascender a capitán. Cuando el turno es de veinticuatro horas, alguien tiene que alimentar a veinte personas.

La puerta del apartamento suena. Tres golpes rápidos y desiguales, con la cadencia de alguien que toca puertas de emergencia por hábito profesional. Sebastián se limpia las manos en el delantal, abre, y entran cuatro hombres jóvenes con el pelo rapado, los hombros anchos y esa energía eléctrica de quienes viven al borde de la adrenalina.

Bomberos. Los reconozco de su complexión, de sus posturas erguidas, del modo en que evalúan las salidas del apartamento con un vistazo automático antes de sentarse.

—¡Capitán! ¿Eso que huelo es su famoso pescado al horno? Vinimos a verificar que la cocina cumple con las normas de seguridad —dice el más alto, con una sonrisa que le ocupa la mitad de la cara.

—Rivas, quítate los zapatos antes de pisar la alfombra.

Rivas me ve. Se cuadra con una exageración militar que hace que los otros tres se rían.

—¡Buenas noches, cuñada!

Los otros tres repiten el saludo al unísono, como un coro mal ensayado pero entusiasta. «Buenas noches, cuñada» resuena en el apartamento con la fuerza de un grito de batalla.

—Buenas noches —respondo, sin saber qué hacer con las manos. Me las meto en los bolsillos. Las saco. Las apoyo en la barra.

—Ella es Valentina —dice Sebastián, sin levantar la vista del sartén, sin inmutarse por la irrupción—. Traten bien la alfombra o no hay cena.

—Señora, discúlpelos —dice el más joven, un muchacho de mejillas redondas que no puede tener más de veintiún años—. Llevamos meses esperando que el capitán presente a alguien. Ya estábamos empezando a preocuparnos por su... orientación.

—León, cállate o mañana corres diez kilómetros extra.

Se sientan. Comen. Bromean entre ellos con la familiaridad de quienes han compartido turnos de veinticuatro horas, incendios reales, rescates en azoteas y comidas a las tres de la mañana en la cocina del cuartel. Me llaman «cuñada» con una naturalidad que me desconcierta, como si yo siempre hubiera formado parte de este grupo. Se burlan de Sebastián con un cariño que él tolera sin protestar, sin siquiera fruncir el ceño, lo cual, según las miradas de asombro que intercambian entre ellos, parece ser algo completamente nuevo.

Rivas me cuenta en voz baja que el capitán no ha traído a nadie al apartamento en los cuatro años que llevan trabajando juntos. «Ni siquiera a su madre», dice, y los otros asienten con la gravedad de quien confirma un dato estadístico.

Después de cenar, los bomberos se van entre palmadas en la espalda y promesas de volver. Sebastián lava los platos. Yo seco. Los rozo con el trapo, uno por uno, y los coloco en la repisa sin decir nada.

No hablamos. No hace falta.

—————————————————————————————————

Lunes. Nueve de la mañana. Registro Civil de Puerto del Sol.

El edificio es funcional, gris, con pisos de linóleo y luz de neón que le da a todo un tono ligeramente enfermizo. Hay tres parejas delante de nosotros en la fila. Una llora de emoción. Otra discute sobre el segundo apellido del novio. La tercera se besa cada vez que la fila avanza un metro.

Nosotros no hacemos nada de eso.

Sebastián lleva un traje formal oscuro que le transforma por completo. Sin el uniforme de bombero, sin la camiseta gastada del cuartel, parece otro hombre. Más alto. Más serio. La tela del saco se tensa sobre sus hombros anchos y la camisa blanca contrasta con su piel bronceada. Se afeitó. El mentón tiene una línea limpia que acentúa la mandíbula. Huele a jabón neutro y a algo que podría ser madera de cedro.

No me dice que me veo bien. No hace comentarios sobre mi vestido sencillo de algodón blanco ni sobre el maquillaje ligero que me puse con manos que no querían cooperar esta mañana. No me mira como los novios de las telenovelas miran a sus novias. Me mira como alguien que ha tomado una decisión y la ejecuta sin sentimentalismos.

Pablo Rivas y Tomás León, dos compañeros del cuartel, llegan a tiempo para actuar como testigos. Llenamos los formularios. Firmamos donde nos indican. Presentamos las identificaciones.

Cuando llega el momento de la foto, la empleada del registro nos indica que nos acerquemos al fondo blanco.

—Pueden ponerse un poco más juntos —dice, ajustando la cámara—. Así la foto sale mejor.

El brazo de Sebastián me rodea los hombros. Es la primera vez que me toca voluntariamente desde que me cargó, inconsciente, fuera de un callejón oscuro. Su mano es pesada, cálida, y se posa sobre mi hombro con una firmeza que no admite vacilación pero tampoco presiona. Es el gesto de alguien que sabe exactamente cuánta fuerza aplicar.

El calor de su cuerpo me llega a través de la tela del vestido. Su costado contra mi costado. Su respiración, regular y profunda, junto a mi oído.

Aparto la mirada de la cámara por un instante. La dirijo hacia su perfil. La línea de su mandíbula. La sombra de sus pestañas. La cicatriz diminuta sobre la ceja izquierda que nunca le he preguntado cómo se hizo.

Me obligo a volver a la cámara. Sonrío.

El flash estalla.

Firma. Sello. Dos actas de matrimonio con nuestros nombres uno junto al otro, impresas en papel oficial con tinta que no se borra. Valentina Solares Mendoza. Sebastián Montero Ríos.

—Felicidades a los novios —dice la empleada con una sonrisa profesional que ha repetido mil veces—. Les deseamos mucha felicidad.

En la puerta del Registro Civil, bajo el sol de la mañana, Sebastián se detiene. Mete la mano en el bolsillo interior de su saco y saca una caja de terciopelo negro, más pequeña que mi puño. Me la entrega sin ceremonia.

Dentro hay un anillo. Sencillo. Una banda de plata con un zafiro diminuto incrustado, tan pequeño que parece una gota de agua congelada.

—No es caro —dice, como si se disculpara—. Pero es real.

Luego saca una tarjeta bancaria y me la ofrece, sin tocar mi teléfono.

—Si quieres vincularla a tu aplicación, es para los gastos comunes. Tú decides cuándo usarla y conservas el control de tu cuenta.

—Sebastián, esto no es parte del acuerdo. El contrato no menciona...

—Lo sé. Por eso te lo estoy ofreciendo, no imponiendo.

Guardo la caja en mi bolso. Mis dedos rozan la tapa de terciopelo y algo tibio me sube por el pecho, me aprieta la garganta y me nubla los ojos un instante. Parpadeo para deshacerlo.

—————————————————————————————————

De vuelta en el apartamento, mientras Sebastián se cambia el traje por su ropa habitual, suena mi teléfono. Isabella.

—¡Valen! ¿Es cierto? ¿Mi tío publicó el acta de matrimonio en sus redes?

—¿Qué?

—¡Sebastián Montero, el hombre que no ha publicado nada en seis meses, que tiene exactamente cero fotos en su perfil, acaba de subir una imagen del acta de matrimonio! ¡Todo el mundo me está preguntando si es verdad! ¡Mi teléfono no para de sonar!

Recuerdo que, antes de salir del registro, Sebastián me mostró la foto de las actas y preguntó si podía publicarla. Yo acepté, siempre que ocultara los números de documento. Abro la aplicación de redes. Ahí está la imagen, con los datos sensibles cubiertos y nuestros nombres uno junto al otro. Sin texto, sin adornos ni etiquetas sentimentales. Solo el documento y la luz.

Es tan propio de él que casi me hace sonreír.

—Isa, yo no le pedí que hiciera eso.

—Lo sé. Por eso es tan significativo. Mi tío no hace nada por obligación. Si te pidió permiso para publicarlo es porque quiso que el mundo lo supiera sin pasar por encima de ti. Valen, escúchame. Hay algo más que necesitas saber. Es sobre el secuestro. Sobre la bomba.

—¿Qué hay con eso?

Isabella hace una pausa. Cuando habla, su voz tiembla con el peso de algo que ha guardado demasiado tiempo.

—El bombero que te rescató ese día. El que trabajó junto al equipo antiexplosivos, te liberó del artefacto y te sacó del edificio mientras los demás evacuaban el perímetro. Era mi tío, Valen. Era Sebastián.

El teléfono se me resbala de la mano.

Lo recojo del suelo con dedos torpes. La pantalla tiene una grieta nueva. La voz de Isabella sigue saliendo del auricular, pequeña y distante.

—¿Estás segura? —pregunto.

—Completamente. El informe del cuartel lo confirma. Él lideró la operación de rescate. Fue él quien entró al cuarto de la bomba. Los demás se negaron. Él no.

Cuelgo el teléfono sin despedirme.

Me quedo de pie en medio de la sala. El apartamento está en silencio. Desde la cocina llega el sonido del agua corriendo. Mis ojos buscan a Sebastián y lo encuentran de espaldas, frente al fregadero, lavando los platos del desayuno. Sus manos grandes se mueven bajo el chorro de agua con movimientos lentos y metódicos. La camiseta se le pega a la espalda donde el agua le salpica.

Las manos que me liberaron del artefacto.

Las manos que me limpiaron la sangre del rostro en un departamento que olía a jabón neutro.

Las manos que me dieron un anillo de plata con un zafiro diminuto.

Recuerdo mi vida anterior. El último instante antes de morir. El camión que venía hacia mí a toda velocidad. Y una silueta que corría en dirección contraria, hacia mí, contra el tráfico, contra toda lógica, como si pudiera detener lo inevitable con su propio cuerpo.

Una silueta alta. De hombros anchos. Que corría como corren los bomberos: sin dudar.

Cada vez que estuve a punto de morir, él estaba ahí.

¿Es coincidencia o es algo que no me atrevo a nombrar?

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