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Los Días Que No Viviste

Los Días Que No Viviste

Status: En proceso
Genre:Venganza
Popularitas:62
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.

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Capítulo 1El olor a alcohol y a miedo

El olor a alcohol y a miedo es lo primero que Leo registra antes de abrir los ojos. No es el alcohol de las heridas, ese que limpia y arde con honestidad. Es otro: el de las manos secas, el de las sábanas ajenas, el de la piel que ha sudado demasiado tiempo sobre una cama que no es la suya.

Parpadea. El techo es blanco, pero no un blanco limpio. Es un blanco de hospital, de esos que han visto morir a mucha gente y han aprendido a no inmutarse. Hay una luz fluorescente que parpadea cada tres segundos, justo en el ángulo izquierdo de su campo visual. Lo cuenta. Uno, dos, tres. Parpadea. Uno, dos, tres. Parpadea. Y entonces se da cuenta de que no sabe cuánto tiempo lleva contando.

—¿Señor León? —una voz femenina, profesional, pero con un borde de cautela que no logra disimular—. ¿Puede oírme?

Quiere decir que sí, pero su garganta no responde. Solo sale un ruido seco, como de papel arrugado. La mujer se acerca. Tiene el pelo recogido en un moño apretado y una bata blanca que le queda un número demasiado grande. Sus ojos son de un verde cansado, y cuando se inclina sobre él, Leo percibe que ella también huele a miedo.

—Está en el Hospital General del Este —dice ella, como si estuviera leyendo de un manual—. Tuvo un accidente de tráfico hace tres semanas. Estuvo en coma inducido. Hoy es el primer día que abre los ojos de forma consciente.

Accidente de tráfico. Las palabras llegan a su cerebro como pelotas de ping-pong: rebotan, no se pegan. Él no recuerda ningún accidente. No recuerda un coche, no recuerda un volante, no recuerda cristales rotos ni el sonido del metal contra el metal. Lo único que tiene en la cabeza es una niebla espesa, como si alguien hubiera metido su memoria en una batidora y luego la hubiera vaciado en un cubo.

—¿Mi… nombre? —logra articular. La voz le suena extraña, como si no fuera suya.

—León —responde ella, y hace una pausa demasiado larga—. León Castro. Tiene treinta y nueve años.

Treinta y nueve. Eso sí lo siente verdadero. Hay un peso en sus hombros, una fatiga en sus huesos que solo los años dan. Pero el resto… el resto es un agujero negro.

—¿Familia? —pregunta, porque es lo que cualquier persona preguntaría. Es lo que las películas enseñan. Despiertas en un hospital y lo primero que quieres es saber si alguien te espera.

La enfermera se queda callada. Mira hacia la puerta, luego hacia sus manos, luego hacia el monitor que late al lado de la cama. El pitido rítmico parece acelerarse ligeramente, y Leo se da cuenta de que ese pitido es su corazón. Algo en esa mujer lo está asustando.

—Su esposa… —dice finalmente, y la palabra cae como una losa—. Su esposa falleció en el accidente.

El silencio que sigue es tan denso que Leo puede saborearlo. Tiene un regusto metálico, como a sangre seca. Parpadea. Una, dos, tres veces. Espera que el dolor llegue. Espera que su pecho se contraiga, que sus ojos se llenen de agua, que su cerebro grite. Pero no pasa nada. Solo escucha el pitido del monitor, constante, indiferente.

—¿Cómo se llamaba? —pregunta, y su voz suena plana, demasiado plana.

—Elena —dice la enfermera, y ahora su boca tiembla ligeramente—. Elena Castro.

Elena. El nombre le da una pequeña sacudida, como una descarga eléctrica en la nuca. Elena. Hay algo allí, en el fondo de la niebla, una imagen borrosa de un pelo largo y oscuro, de una risa que se escapa por una ventana abierta. Pero es solo eso: una sombra. No siente el amor, no siente la pérdida. Siente… nada.

—¿Y mis hijos? —pregunta, y la pregunta le sale automática, como si su cerebro estuviera llenando casillas vacías.

La enfermera traga saliva. Él ve cómo se le mueve la nuez, cómo sus dedos se aferran al borde de la cama como si necesitara sostenerse.

—No tenía hijos —dice, y la frase suena más fría de lo que ella pretendía—. Quiero decir… usted y su esposa no tuvieron hijos.

Otra casilla vacía. Leo cierra los ojos. La niebla en su cabeza es tan espesa que podría tocarla con las manos. No siente tristeza por una esposa que no recuerda, no siente alivio por hijos que nunca existieron. Solo siente el zumbido de la luz fluorescente y el olor a miedo que flota en la habitación.

—¿Puedo…? —comienza, pero no sabe qué quiere pedir. Agua. Un espejo. Una salida. Cualquier cosa que le devuelva a la realidad.

—Le traeré algo de beber —dice la enfermera, y se retira tan rápido que casi parece que huye.

Leo se queda solo. El monitor sigue pitando. La luz sigue parpadeando. Mira sus manos: están vendadas, pero solo en las palmas, como si se hubiera cortado con algo. Hay pequeñas marcas rojas que asoman entre las gasas. No sabe si son heridas del accidente o si las tiene desde antes.

Mira a su alrededor. Hay una mesilla de noche de metal gris. Sobre ella, un vaso de agua con una pajita doblada, un termómetro roto (¿roto? sí, la punta de vidrio está astillada), y un papel doblado en cuatro partes. No es un papel de hospital. No tiene el membrete ni las siglas. Es un papel blanco, corriente, de esos que se arrancan de una libreta.

Estira el brazo. Le duele el hombro, pero puede moverlo. Toma el papel con dedos temblorosos. Lo abre.

La letra es suya. Lo sabe porque la reconoce, aunque no recuerde haberla escrito. Es esa letra apretada, con las eles un poco torcidas, las mayúsculas exageradas. Esa letra que usaba para firmar cheques y para escribir notas en la nevera.

Pero lo que dice no es una nota de nevera.

Dice:

"No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste."

El papel tiembla en sus manos. El corazón en el monitor se acelera. Pit, pit, pit, más rápido. Leo lee la frase una, dos, tres veces. "Tú saltaste." ¿Saltó de dónde? ¿Del coche? ¿De un puente? La enfermera dijo que fue un accidente. Pero esta nota, escrita por su propia mano, dice otra cosa.

Y entonces recuerda algo. No es un recuerdo completo, solo una imagen: la sensación del aire frío en la cara, la vista de un suelo que se aleja, la certeza absoluta de estar cayendo. No hay coche en esa imagen. No hay cristales. Solo una caída. Y antes de la caída, una voz.

Su propia voz, diciendo en un susurro:

—Esto es lo único que puedo hacer.

La nota se le cae de los dedos y aterriza en el suelo con un sonido seco. Leo respira hondo. La luz parpadea. Uno, dos, tres. Parpadea.

La enfermera no ha vuelto.

Y en ese momento, Leo entiende que hay algo que no le están contando. Algo sobre esos cinco años perdidos. Algo sobre su esposa muerta. Algo sobre por qué él, León Castro, de treinta y nueve años, escribió una nota que dice que saltó.

El miedo de la enfermera no era por él.

Era por lo que él podría recordar.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
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