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ESENCIA CARMESÍ

ESENCIA CARMESÍ

Status: En proceso
Genre:Magia / Completas
Popularitas:211
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.

Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?

Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8 El callejón del Canal Saint‑Martin

Ali salió del departamento sin despedirse.

No había nada que decir. Su madre seguía encerrada en su habitación con el cerrojo echado, sin hacer el menor ruido desde que había cerrado la puerta del baño por fuera. Marcos llevaba horas fugado, había salido corriendo en cuanto el estruendo había cesado, asustado de lo que su sobrino era capaz de hacer sin siquiera tocar nada. La casa estaba en silencio, rota, llena de escombros y de agua que seguía cayendo del grifo partido del baño, gota a gota, contando los minutos que le quedaban de libertad.

Faltaban tres horas y doce minutos para las seis de la tarde.

Tres horas antes de que los hombres de Némesis tocaran esa puerta. Tres horas antes de que lo metieran en una furgoneta negra y se lo llevaran a un sitio del que nadie volvía. Tres horas antes de que su vida terminara de una forma u otra.

Bajó las escaleras del edificio sin hacer ruido, descalzo, con los pantalones mojados hasta las rodillas por el agua del baño roto, la chaqueta vieja colgando de sus hombros delgados, la capucha bien puesta para ocultar la marca que le ardía en el cuello como carbón encendido. Nadie le vio salir. Nadie le habría parado aunque le hubieran visto. En Belleville la gente aprendía hace mucho a mirar para otro lado cuando las cosas se ponían feas. Era la única forma de sobrevivir.

Caminó sin rumbo.

No sabía a dónde ir. No tenía dinero. No tenía amigos. No tenía a nadie. Cada paso que daba le hacía gemir por dentro: las piernas golpeadas por el bate le dolían con cada movimiento, las costillas rotas le pinchaban como agujas cada vez que respiraba hondo, la frente abierta le seguía sangrando poco a poco, resbalando por su mejilla hasta perderse en el cuello de la camiseta. Pero no le importaba el dolor físico. Era lo único que le recordaba que todavía estaba vivo. Lo demás… lo demás ya no tenía sentido.

Pasó por delante del instituto. Las clases habían terminado hacía rato, los patios estaban vacíos, las rejas cerradas con candados oxidados. Por un segundo imaginó que era un día cualquiera, que salía de clase con los demás, que iba a casa a hacer los deberes, que su madre le esperaba con la cena hecha, que Marcos no existía, que la marca del cuello era solo un mal sueño del que despertaría en cualquier momento.

Pero no.

Nada de eso era real.

Lo real eran los moretones. Lo real era la marca. Lo real era que en tres horas vendrían por él para desarmarle vivo. Lo real era que su propia madre le había encerrado fuera por miedo a lo que era.

Siguió caminando.

Las calles se fueron haciendo más oscuras, más sucias, más vacías a medida que se alejaba del centro. El sol se había ocultado ya del todo tras los tejados grises, dejando paso a un atardecer azul pálido y frío. Empezó a llover de nuevo, esa lluvia fina y cortante que no moja de golpe, sino que se va colando por todos los agujeros de la ropa, por los huesos, por el alma, hasta que no queda ni un rincón seco dentro de ti.

Llegó al Canal Saint‑Martin casi sin darse cuenta.

El agua negra y quieta brillaba bajo las farolas amarillas que parpadeaban cada pocos segundos, como si estuvieran a punto de morir. No había nadie por esa zona a esa hora: solo unos pocos sin techo dormitando bajo los puentes de piedra, envueltos en mantas viejas, y el viento que arrastraba hojas secas y papeles de chucherías por los adoquines mojados. Era el sitio perfecto para desaparecer. El sitio perfecto para que nadie te encontrara nunca.

Ali se metió por el callejón más estrecho de todos, entre dos almacenes cerrados con tablas de madera, el mismo callejón donde había visto a Vespera por primera vez hacía semanas. El suelo estaba lleno de charcos negros, de jeringuillas usadas, de botellas rotas. Olía a orines, a alcohol barato, a desesperación acumulada durante años. Se sentó en el suelo frío, con la espalda apoyada contra la pared de ladrillo húmeda, y metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

Sus dedos cerraron alrededor del metal frío y familiar de la navaja.

La sacó despacio.

La abrió con el chasquido metálico que conocía de memoria. La hoja brilló pálida bajo la luz de una farola que parpadeaba al final de la calle. Pequeña. Afilada. Suficiente.

La miró durante mucho rato.

Llevaba esa navaja encima desde hacía casi dos meses. La había robado de la caja de herramientas de Marcos una noche que este había llegado borracho y le había pegado a su madre delante de él, hasta hacerla sangrar. Desde entonces siempre había estado ahí, en su bolsillo, como una promesa silenciosa: cuando ya no puedas más, aquí tienes la salida. Nadie te podrá hacer daño nunca más.

Nadie le había dicho que el día que decidiera usarla… sería por miedo a sí mismo, no por miedo a los demás.

—No puedo más —susurró a la lluvia, con la voz rota, sin que nadie le oyera—. Por favor. No puedo más.

Todo pasaba por su cabeza a toda velocidad, una y otra vez, sin parar: los golpes de Marcos durante años, la primera flor que nació de su sangre en el suelo de la cocina, el chico del metro que apagó el tren con un dedo, el foro donde leyó que su poder era una leyenda imposible, Vespera diciéndole que todo el universo iría tras él, la mirada de miedo de su madre, el baño entero hecho pedazos sin que hubiera tocado nada, los hombres de Némesis que vendrían en tres horas para abrirle vivo como un libro.

No tenía fuerzas para luchar.

No tenía fuerzas para huir.

No tenía fuerzas para ser lo que era.

Apoyó la hoja afilada contra la piel suave de su muñeca izquierda, justo encima de la vena que latía fuerte, desbocada, bajo sus dedos. El metal estaba helado. Le hizo cosquillas. Solo tenía que apretar. Solo un movimiento rápido, firme, y todo se acabaría. El dolor. El miedo. Las dos llamas peleando dentro de su pecho. Todo. Se cerraría los ojos y cuando los abriera… ya no habría nada. Nada de nada. Paz. Por fin.

Cerró los ojos.

Apretó un poco más. La piel se rompió. Una gota de sangre roja y brillante resbaló por su muñeca, cayó al charco de sus pies y se deshizo en el agua negra.

Y en ese mismo instante…

…todo ESTALLÓ.

No fue su voluntad. No lo pensó. No lo quiso. Fue automático, más fuerte que él, más fuerte que su deseo de morir: su cuerpo, su poder, las dos fuerzas que llevaba dentro, se negaron a desaparecer. Se rebelaron contra su decisión con una furia antigua y terrible que no podía controlar ni siquiera en ese momento.

Una onda expansiva de luz ROJA y VIOLETA salió disparada de su pecho en todas direcciones, como un sol que hubiera explotado dentro del callejón.

Las dos farolas que había en los extremos de la calle reventaron al mismo tiempo con dos estruendos secos, cristales volando por todas partes, dejando todo a oscuras durante una fracción de segundo… hasta que la propia luz que salía de Ali iluminó todo el sitio con sus dos colores enfermizos y brillantes. Los adoquines del suelo saltaron hacia arriba como si un gigante los hubiera pateado desde abajo, rompiéndose en mil pedazos. Las ventanas de los almacenes de al lado se hicieron añicos sin que nadie las tocara. El agua del canal cercano se levantó en una ola de un metro de altura por un instante, como si algo invisible la hubiera golpeado desde dentro, antes de caer de golpe con un chapoteo enorme. El aire mismo rugió, lleno de electricidad estática que le erizó todo el pelo de la piel.

Ali seguía sentado en el suelo, la navaja todavía apoyada en su muñeca, los ojos cerrados, sin entender qué pasaba, sin poder detenerlo. Sentía cómo todo su poder se salía de él a la fuerza, cómo se negaba a morir con él, cómo rugía por vivir aunque él no quisiera. La marca del cuello ardía tanto que creyó que se le derretiría la piel. Los dos colores giraban alrededor de su cuerpo como una tormenta pequeña, rojo creando, violeta destruyendo, mezclándose en el aire en formas que no tenían nombre, que no debían existir.

Oyó pasos a la entrada del callejón.

Rápidos. Firmes. Sin miedo.

Abrió los ojos de golpe.

La tormenta de luz no se detuvo, pero disminuyó un poco, lo justo para que viera quién acababa de entrar.

Era un hombre.

Llevaba un abrigo de policía azul marino, pesado, viejo, con el escudo de la ciudad cosido en el brazo izquierdo. Tenía unos treinta y dos años quizás, el pelo negro corto y peinado hacia atrás, una cicatriz larga y pálida que le cruzaba toda la mandíbula derecha desde la oreja hasta la barbilla, como si alguien le hubiera pasado un cuchillo por ahí hace mucho tiempo. Iba solo. No había sacado la pistola. No había pedido refuerzos por la radio. Solo estaba ahí, de pie en la entrada del callejón, bajo la lluvia, mirando la tormenta de rojo y violeta que giraba alrededor de Ali… y **no tenía miedo en los ojos**.

Ninguno.

Ni asombro. Ni terror. Ni siquiera sorpresa. Solo una especie de cansancio profundo, como si hubiera visto ya demasiadas cosas en su vida como para que una más le sorprendiera.

El hombre dio un paso al frente. Luego otro. Caminó despacio por entre los adoquines rotos y los cristales, sin prisa, sin apartar la vista de Ali en ningún momento. La luz de los dos colores le iluminaba la cara, haciendo que la cicatriz brillara más. Se detuvo a solo tres metros de él.

Ali se quedó helado.

Nadie se había acercado nunca a él cuando su poder salía así. Todos huían. Todos gritaban. Todos le llamaban monstruo. Este hombre… este policía… avanzaba como si estuviera cruzando una calle cualquiera bajo la lluvia.

—Baja la navaja —dijo.

Su voz era grave, baja, ronca de tanto fumar, sin un ápice de tensión. No gritó. No ordenó. Solo habló, claro y directo, como si le estuviera pidiendo que le pasara la sal en una mesa.

Ali apretó más fuerte el mango de la navaja. La hoja seguía apoyada en su piel. La sangre seguía saliendo poco a poco de su muñeca. La tormenta de poder a su alrededor se agitó más fuerte al notar su tensión, un remolino de rojo y violeta que casi levantó al hombre del suelo.

Él ni siquiera se inmutó. Solo movió una mano muy despacio, con la palma hacia arriba, mostrando que no llevaba nada, que no quería hacerle daño.

—No te voy a hacer nada —dijo, con la misma voz tranquila—. No te voy a llevar a ningún sitio. No te voy a preguntar qué es esa luz. Solo… baja la navaja. Por favor.

Ali parpadeó.

Por favor.

Nadie le había dicho nunca esa palabra sin que hubiera una mentira detrás. Sin que quisieran algo a cambio. Marcos nunca. Sus profesores nunca. Los compañeros del instituto nunca. Ni siquiera su madre, desde que todo había empezado.

El hombre dio un paso más. Ahora estaba a solo un metro. Ali podía oler su colonia fuerte y el tabaco que llevaba en el aliento, podía ver las pequeñas arrugas que tenía alrededor de los ojos de tanto ver cosas horribles, podía ver que no le mentía. No había miedo en su mirada. No había odio. Solo… comprensión. Una clase de comprensión cansada, vieja, que venía de haber estado también alguna vez en un callejón oscuro sin ganas de seguir adelante.

—Sé que duele —dijo el policía, muy bajito ahora, casi un susurro, como si no quisiera asustarle—. Sé que parece que no va a haber nada mejor nunca. Lo sé. He estado ahí. Pero esto… —movió la cabeza, señalando la luz que seguía saliendo de él—… esto no se acaba contigo. Tú te vas… y esto se queda suelto. Y hará mucho daño a mucha gente que no tiene la culpa. Confía en mí.

Ali miró la navaja.

Luego miró la muñeca sangrando.

Luego miró a los ojos del hombre.

Y por primera vez en toda su vida… creyó lo que alguien le decía.

No sabía por qué. No tenía ninguna razón. Era un policía. Un extraño. Un hombre normal sin poderes que debería haberle apuntado con la pistola y llamado a los de Némesis en cuanto le hubiera visto. Pero le creyó.

Soltó la navaja.

Cayó al suelo mojado con un chasquido metálico sordo, perdida entre los cristales rotos y los charcos negros.

En el mismo instante en que sus dedos se abrieron y la soltó, la tormenta de rojo y violeta desapareció de golpe. Apagada. Como si alguien hubiera apagado una luz. Se hizo la oscuridad total en el callejón, rota solo por el resplandor amarillo y lejano de las farolas de la avenida principal.

Las últimas fuerzas que le quedaban abandonaron a Ali de golpe. Su cuerpo se dobló hacia adelante, se quedó sin aire, los ojos se le pusieron en blanco. Iba a golpearse la cara contra los adoquines rotos cuando el hombre se movió.

Rápido. Ágil. A pesar de su tamaño y su abrigo pesado.

Le cogió por debajo de los brazos antes de que cayera, lo levantó con cuidado, como si fuera de cristal, como si temiera romperle más de lo que ya estaba roto. Ali apoyó la cabeza en su hombro sin fuerzas, sin entender qué pasaba, sin querer entenderlo. Olía a lluvia, a tabaco, a algo que solo podía describir como seguridad. Una sensación que nunca había conocido.

—Vamos —dijo el hombre cerca de su oído, mientras le ayudaba a caminar hacia la salida del callejón, pasando por encima de los escombros que su propio poder había creado—. Te llevo a mi casa. Tienes café caliente. Y una ducha. Y nadie te va a hacer preguntas esta noche. Te lo prometo.

—¿Quién eres? —logró susurrar Ali, justo antes de perder el conocimiento por completo, mientras el hombre le metía con mucho cuidado en el asiento del copiloto de un coche de policía viejo y olía a cuero viejo.

El hombre se sentó al volante. Arrancó el motor. Miró por el retrovisor hacia el callejón oscuro y vacío que dejaban atrás. Luego miró a Ali por un instante, con esa mirada cansada y sincera que no le había abandonado ni un segundo.

—Damián —dijo—. Damián Cruz. Jefe de distrito. Y tú… no tienes que decirme quién eres todavía. Descansa.

Ali no respondió.

Ya no podía.

Cerró los ojos.

El coche se alejó del Canal Saint‑Martin, metiéndose entre las calles grises y lluviosas de París que empezaban a encender sus luces de noche.

En el reloj del salpicadero, las agujas marcaban exactamente las **18:02**.

Dos minutos tarde.

Los hombres de Némesis habían llegado a la casa de Belleville dos minutos antes.

Y no habían encontrado a nadie.

Solo una casa vacía, rota, con el baño hecho pedazos y una madre llorando encerrada en su habitación que no sabía decirles dónde había ido su hijo.

Por primera vez en diecisiete años…

Ali Varela se había salvado.

Y no había sido por su poder.

Había sido por un extraño con una cicatriz en la cara que no le había tenido miedo.

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