Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 3. LA CLAUSULA DE LA DISCORDIA
La puerta de la sala de juntas se abrió con un chasquido metálico que rompió el pesado silencio en el que el extraño y yo nos habíamos enterrado. Por el umbral entró un hombre de mediana edad, de cabello canoso y expresión adusta, que vestía un traje gris marengo impecable. Llevaba bajo el brazo una carpeta de cuero marrón que parecía pesar una tonelada; dentro de ella se encontraba el destino de cuatro vidas.
—Buenas tardes. Lamento profundamente la demora, señorita Rocío, señor Mario —dijo el letrado, tomando asiento en la cabecera de la mesa de cristal—. Soy el abogado penalista y de familia de la familia. Mi nombre es Ernesto Alarcón. Sé que es un momento sumamente delicado, pero sus hermanos me dejaron instrucciones muy precisas de que la lectura de este documento debía realizarse sin dilación.
Giré la cabeza con brusquedaz hacia el hombre sentado al otro extremo de la mesa. ¿Mario? Así que ese era su nombre. Pero lo que realmente me congeló la sangre fue la última frase del abogado: "sus hermanos". Miré a Mario y luego al abogado, intentando procesar las palabras en mi mente nublada.
—Disculpe, licenciado —interrumpió Mario, con una voz profunda, barítona y cargada de una frialdad que me erizó la piel—. Creo que hay un error. No sé quién es esta señorita ni qué hace aquí. Yo soy el hermano menor de Víctor, el único familiar de sangre que le queda a mis sobrinos Lucas y Mía. Esta lectura debería ser estrictamente privada.
El abogado Alarcón suspiró, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz con una calma exasperante. Abrió la carpeta de cuero y extrajo varios folios sellados ante notario.
—No hay ningún error, señor Mario. Ella es Rocío, la hermana menor de su cuñada fallecida. La tía biológica de Lucas y Mía.
El silencio que siguió a esa revelación fue atronador. Mario se tensó tanto que pareció una estatua de mármol a punto de quebrarse. Sus ojos oscuros, que antes mostraban cansancio, se afilaron como dos puñales y se clavaron en mí con una mezcla de sorpresa, incredulidad y un resentimiento tan puro que me obligó a apartar la mirada. Él sabía quién era yo. O, al menos, sabía de mi existencia. Sabía que yo era la hermana que había abandonado a la suya, la que no había estado en los peores momentos, la que se había convertido en un fantasma por culpa del orgullo. Sentí una oleada de vergüenza y culpa quemándome las mejillas.
—¿Rocío? —murmuró Mario, pronunciando mi nombre como si fuera un insulto—. ¿La hermana que nunca apareció? ¿La que ni siquiera conoce las caras de Lucas y Mía? ¿Qué hace ella aquí ahora? ¿Viene a reclamar una parte de la herencia de los que ignoró durante quince años?
Las palabras me golpearon en el estómago como un puñetazo físico. El dolor y la indignación se mezclaron en mi garganta, y por un segundo olvidé el luto para defenderme de ese ataque directo.
—¡Usted no sabe nada de mi vida ni de mis razones! —exclamé, con la voz temblorosa por la rabia contenida—. No estoy aquí por dinero. Fui citada por este despacho y he venido a despedirme de la única familia que me quedaba, aunque sea demasiado tarde. No le permito que me juzgue.
—¡Silencio, por favor! —intervino el abogado Alarcón, golpeando suavemente la mesa con la palma de la mano—. No es el momento ni el lugar para reproches del pasado. Estamos aquí para cumplir la última voluntad de Víctor y su esposa, una voluntad que redactaron de mutuo acuerdo hace apenas tres meses, tras la dolorosa pérdida de su tercer bebé y ante el temor de que algo pudiera pasarles debido al estado anímico de la madre. Les ruego que escuchen.
Mario se recostó en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho, pero sin apartar sus ojos acusadores de mi rostro. Yo apreté las manos sobre mis rodillas, clavándome las uñas en las palmas para obligarme a mantener el tipo.
El abogado comenzó a leer el documento legal. Su voz monótona desglosaba las propiedades, las cuentas bancarias y los seguros de vida. Mis tiendas virtuales me daban una estabilidad económica más que de sobra, por lo que nada de los bienes materiales me importaba. Sin embargo, cuando el letrado llegó a la sección de la tutela de los menores, el ambiente en la sala cambió por completo. El aire pareció evaporarse.
—"En pleno uso de nuestras facultades mentales, estipulamos que, en caso de fallecimiento de ambos progenitores, la custodia total, legal y compartida de nuestros amados hijos, Lucas y Mía, recaerá de forma conjunta sobre nuestros hermanos, Rocío y Mario" —leyó el abogado, haciendo una pausa dramática para mirarnos.
—¿Compartida? —saltamos Mario y yo al unísono, las voces unidas por el mismo espanto.
—Así es —asintió Alarcón—. Pero eso no es todo. Hay una cláusula vinculante e ineludible que sus hermanos dejaron sellada. Escuchen con atención: "Para asegurar la estabilidad emocional, el arraigo y el bienestar de los niños, los tutores legales designados deberán residir de forma obligatoria, conjunta y permanente en la casa familiar donde Lucas, de cinco años, y Mía, de tres, han crecido. Esta convivencia compartida se mantendrá vigente hasta que ambos menores hayan finalizado sus estudios universitarios y puedan independizarse por sus propios medios".
Me quedé sin palabras, con la boca ligeramente abierta, sintiendo que las paredes de la sala de juntas se cerraban sobre mí. ¿Vivir juntos? ¿Con un completo extraño que claramente me despreciaba? ¿En la casa donde mi hermana había pasado sus últimos días sumida en una depresión de la que yo no supe nada? Era una locura. Una absoluta e impracticable locura.
—Espere un segundo, Alarcón —dijo Mario, poniéndose de pie de un salto, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa de cristal e inclinándose hacia el abogado—. Eso es ridículo. Yo soy un hombre de negocios. Dirijo una cadena de cruceros internacionales, paso la mitad del mes viajando por el mundo y la otra mitad gestionando crisis en alta mar. Mi vida no es compatible con un encierro doméstico con... con esta mujer. Además, mis sobrinos me conocen a mí, me aman a mí. Ella es una desconocida. Exijo la custodia exclusiva. Yo puedo mantenerlos y contratar al mejor personal para cuidarlos.
—Me temo que no funciona así, señor Mario —respondió el abogado con voz calmada, imperturbable ante el estallido del CEO—. La cláusula es clara. Es un paquete cerrado. O aceptan los dos bajo las condiciones establecidas, o la tutela se declara nula.
—¿Y qué pasa si uno de los dos renuncia, o si no nos ponemos de acuerdo? —pregunté yo, con el corazón latiéndome desbocado en mis sienes.
El abogado cerró la carpeta de cuero con un golpe seco que resonó como una sentencia.
—Si alguno de ustedes renuncia a la tutela, o si no se cumple la condición de residir juntos en la casa familiar con los niños, el Estado asumirá la custodia de Lucas y Mía de forma inmediata. Debido a la falta de otros familiares directos aptos, los niños serán ingresados en un centro de acogida temporal del gobierno —un orfanato— hasta que se determine su destino en el sistema de adopción. Sus hermanos querían obligarles a unirse por el bien de los niños, sabiendo que la única forma de que Lucas y Mía no perdieran su hogar y sus raíces era que ustedes dos dejaran atrás sus diferencias y remaran en la misma dirección.
La palabra orfanato flotó en el aire como una bofetada helada.
Miré a Mario. Toda la altanería y la furia de su rostro se habían evaporado, sustituidas por una palidez mortal. Su mandíbula seguía apretada, pero en sus ojos oscuros vi el mismo pánico que me atenazaba a mí. Pensar en Lucas, de cinco años, y en la pequeña Mía, de tres, que acababan de perder a sus padres en circunstancias tan traumáticas, siendo arrancados de su colegio, de sus juguetes, de sus camas, para ser llevados a una institución pública... era algo que ninguno de los dos podíamos permitir. Sería destruir lo poco que quedaba de sus infancias.
Nos quedamos en silencio, mirándonos fijamente a través de la mesa de cristal. Dos extraños unidos por la tragedia, obligados por un testamento implacable a tomar la decisión más importante de nuestras vidas. La tensión, el resentimiento del pasado y el miedo al futuro colisionaron en esa mirada. El destino nos había acorralado en la planta dieciséis, y no había escapatoria posible.