Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 22
Geovanny
A las ocho de la mañana estaba en la oficina, con flores en una mano y el corazón en la otra. Había pasado la noche en vela, planeando cada palabra, cada gesto. Iba a ver a Romina, a pedirle una oportunidad, a prometerle que haría todo lo posible por merecerla.
Pero su escritorio estaba vacío. Esperé una hora. Dos. Nada. A las diez, vi entrar a Laura. Caminé hacia ella con paso firme.
—¿Dónde está Romina?
Laura me miró con una mezcla de desprecio y satisfacción.
—No volverá
dijo, y soltó una sonrisa cruel.
— Se fue. Para siempre.
El mundo se detuvo.
—¿Qué, Cómo que se fue, A dónde?
—No es asunto tuyo
cortó ella, intentando esquivarme. La bloqueé el paso.
—Laura, por favor. Necesito saber.
—¿Necesitas?
se burló.
— ¿Y qué pasa con lo que ella necesita? Lleva años sufriendo por su cuerpo, por su peso, por sentirse poco. Y cuando aparece alguien que la hace sentir especial, resulta que era el hermano de su acosador, que le mintió, que se escabulló en la noche como un ladrón. ¿Qué crees que necesita ella?
Cada palabra era un puñal.
—Sé que la lastimé
admití.
— Y daría cualquier cosa por arreglarlo.
—Pues ya es tarde.
Y sin decir más, se dio la vuelta y se fue, dejándome con las flores marchitándose en las manos.
La desesperación me invadió. Llamé a Romina mil veces. Nada. Mensajes. Nada. ¿Me había bloqueado, Había huido tan lejos que no quería saber nada de mí?. No podía aceptarlo.
Llamé a Jacobo.
—Necesito que encuentres a alguien
dije, sin preámbulos.
— Un investigador, un rastreador, lo que sea. Necesito saber dónde está Romina.
—¿Pasó algo?
—Se fue. Laura dice que no volverá. Necesito encontrarla.
Jacobo no hizo preguntas. Una hora después, me pasó el contacto. Un tipo discreto, eficiente, que prometió tener información en cuestión de horas.
Fueron las horas más largas de mi vida.
Caminé de un lado a otro de mi oficina, sin poder concentrarme en nada. Mi padre me llamó, preocupado por mi ausencia en una reunión. Le mentí, le dije que estaba enfermo. No podía explicarle que mi vida se estaba desmoronando.
A las tres de la tarde, el teléfono sonó.
—Señor Valverde, la señorita Valera tomó un bus esta mañana a las siete. Destino, San Pedro, un pueblo a cinco horas de la capital. Tengo la dirección exacta de su casa.
Me dio los datos y colgué.
Sin pensarlo dos veces, reservé un vuelo. El más cercano salía en dos horas hacia una ciudad cercana a San Pedro. Desde allí, tendría que tomar un taxi hasta el pueblo.
No le dije a nadie. Ni a Jacobo, ni a mi padre, ni a Laura. Ellos no entenderían. Nadie entendería la urgencia que quemaba mis entrañas.
El avión aterrizó pasadas las seis. El cielo estaba gris, amenazante. Encontré un taxi que aceptó llevarme a San Pedro, pero cuando estábamos a mitad de camino, el conductor se detuvo.
—Hasta aquí llego, jefe. La carretera está mal y con esta lluvia que se avecina, no voy a arriesgarme.
—Le pago el doble.
—No es cuestión de plata. Es cuestión de no morir. Son como tres kilómetros. Caminando llega en una hora.
Me bajé del taxi justo cuando las primeras gotas comenzaron a caer.
Caminar bajo la lluvia torrencial fue una experiencia casi mística.
El agua calaba hasta los huesos en cuestión de minutos. Mi traje, mis zapatos caros, todo quedó arruinado. Pero no me importaba. Solo importaba llegar.
El pueblo era pequeño, calles de tierra, casas humildes. La dirección que me dieron me llevaba por un camino que parecía interminable. La lluvia arreciaba, golpeándome el rostro como pequeños latigazos. El frío comenzaba a calarme, haciendo que mis dientes castañetearan.
Pero seguí caminando.Por ella. Siempre por ella.
Después de lo que me pareció una eternidad, encontré la casa. Fachada amarilla, macetas en las ventanas, un gato refugiado bajo el alero. La luz cálida que escapaba por las ventanas contrastaba con la oscuridad de la tormenta.
Toqué la puerta con manos temblorosas. De frío, de nervios, de todo. La puerta se abrió.
Una mujer mayor, con delantal floreado y ojos bondadosos, me miró con extrañeza. Su mirada recorrió mi figura empapada, la maleta que colgaba de mi hombro, mi rostro amoratado por el frío.
—¿Quién es usted?
preguntó, desconfiada.
—¿Está Romina?
alcancé a decir, con la voz entrecortada por el temblor.
— Necesito ver a Romina.
La mujer me observó un instante más. Luego, algo en sus ojos cambió. Comprensión. O quizás solo piedad.
—Muchacho, estás morado
dijo, abriendo la puerta de par en par.
— Entra, por Dios. Entra antes de que te mueras de frío.
Crucé el umbral y el calor de la casa me envolvió. Olía a comida casera, a hogar. La mujer me indicó que me quedara ahí, que iba a buscar algo seco.
Y entonces, la vi.
Romina bajaba las escaleras riendo, seguida de dos chicos idénticos, sus hermanos gemelos, supuse. Su risa llenaba el espacio, iluminaba todo. Llevaba ropa cómoda, el cabello suelto, y en su rostro había una paz que no le había visto nunca.
Hasta que me vio.
Su risa se congeló. Sus ojos se abrieron como platos. Los gemelos se detuvieron, mirándome con curiosidad.
—¿Geovanny?
susurró, incrédula.
Quise hablar, pero un escalofrío me recorrió. Temblé de pies a cabeza. Mis dientes castañeteaban sin control.
Ella bajó los últimos escalones y se acercó a mí, sus ojos recorriendo mi figura empapada, mi rostro amoratado, mi maleta chorreando agua en su suelo.
—¿Qué haces aquí?
preguntó, con una mezcla de asombro y preocupación.
—Vine a buscarte
dije, y mi voz sonó patética, temblorosa, débil.
La madre de Romina apareció con una toalla en la mano. Nos miró a los dos, evaluando la situación con esa sabiduría que solo tienen las madres.
—Hija
dijo, con un suspiro.
— este hombre se va a enfermar. Llévalo a tu habitación y que se cambie. Le llevaré algo caliente.
Romina la miró, sorprendida.
—¿Mamá?
—Total
la madre encogió los hombros con un dejo de picardía.
— peligro de que pase algo no hay. Ya pasó todo entre ustedes, ¿no?
El rostro de Romina se encendió como una llama. Los gemelos soltaron una risita ahogada. Yo, en medio de mi temblor, sentí las mejillas arder también.
—Mamá, por Dios
murmuró Romina, horrorizada.
—Anda, anda
insistió su madre, tendiéndome la toalla.
— Luego hablamos.
Romina me miró, derrotada. Suspiró hondo.
—No debiste venir
dijo, pero sin convicción.
— Deberías irte.
—No quiero morir en tu pueblo
respondí, con una media sonrisa temblorosa.
Ella rodó los ojos, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara en sus labios.
—Ven
dijo, agarrándome del brazo.
— Pero no te acostumbres.
Subimos las escaleras. Los gemelos nos siguieron con la mirada, cuchicheando entre ellos. Su madre los calló con un gesto y los llevó hacia la cocina.
La habitación de Romina era pequeña, acogedora. Las paredes color crema, una cama individual con colcha de flores, un escritorio lleno de libros, fotos de su familia. Olía a ella. A su perfume, a su esencia.
—Quítate esa ropa
dijo, con un tono que quería ser firme pero que delataba su nerviosismo.
— Te vas a enfermar.
La miré. Ella desvió la mirada, sonrojada.
—¿Quieres que me quite la ropa?
pregunté, con una media sonrisa.
—No empieces
advirtió.
— Solo hazlo. Buscaré algo para que te pongas.
Comencé a desabrochar la camisa. Mis dedos, entumecidos por el frío, apenas podían coordinar. La tela empapada se pegaba a mi piel. Me la quité lentamente, dejando al descubierto mi torso.
Escuché su respiración entrecortada. No la miré, pero supe que me observaba.
El pantalón fue más complicado. Mojado, pesado, se resistía. Finalmente logré quitármelo, quedando solo en ropa interior. El frío hacía que mi piel se erizara, que mis músculos se tensaran.
Ella seguía de espaldas, buscando en un cajón.
—Toma
dijo, extendiéndome una sudadera y un pantalón de deporte.
— Son de mi hermano, pero te servirán.
Los tomé. Nuestras manos se rozaron. Ella retiró la suya como si el contacto quemara.
—Póntelos
ordenó, sin mirarme.
Obedecí. La ropa me quedaba un poco justa, pero seca. El calor comenzaba a volver a mi cuerpo.
—Ya puedes mirar
dije.
Ella se volvió lentamente. Sus ojos me recorrieron, evaluando, y por un instante vi algo en ellos. Algo que no era odio, ni rencor. Algo más suave. Más cálido.
—Siéntate
indicó, señalando la cama.
Obedecí de nuevo. Ella se sentó en la silla del escritorio, manteniendo distancia. El silencio se instaló entre nosotros, denso, cargado.
—¿Qué haces aquí, Geovanny?
preguntó al fin, con la voz más suave de lo que esperaba.
—Vine a buscarte
repetí.
— Laura dijo que no volverías. Me asusté.
—Laura exageró. Solo vine a pasar el fin de semana con mi familia.
—No lo sabía. Solo supe que te habías ido. Y no podía...
tragué saliva.
— no podía dejar que te fueras así. Sin pelear por ti.
Ella me miró largamente.
—¿Y qué esperas, Qué vuelva contigo así nomás, Que olvide que me mentiste, que me escondiste la verdad?
—No espero que olvides
dije.
— Espero que me des la oportunidad de ganarme tu perdón. De mostrarte quién soy realmente. De estar contigo y con nuestro hijo.
Su mano fue instintivamente a su vientre.
—Todavía no sé qué voy a hacer con eso
susurró.
—Hagas lo que hagas, estaré ahí. No voy a presionarte, no voy a exigirte nada. Solo quiero que sepas que no estás sola. Que yo estoy. Y que voy a estar siempre.
Las lágrimas asomaron a sus ojos.
—¿Por qué?
preguntó
— ¿Por qué haces todo esto? Podrías tener a cualquier mujer. Modelos, actrices, perfectas. ¿Por qué yo?
Me levanté de la cama y caminé hacia ella. Me arrodillé frente a la silla, tomando sus manos entre las mías.
—Porque tú no eres cualquier mujer. Eres la única. Desde que te vi cruzar ese patio, hace cuatro años, supe que había algo en ti. Algo que no podía explicar. Algo que me llamaba. Y cuando te tuve entre mis brazos aquella noche, cuando descubrí que era tu primera vez, supe que mi vida ya no tendría sentido sin ti.
Ella lloraba en silencio.
—No soy perfecta
dijo.
— Tengo kilos de más, caderas anchas, un cuerpo que no encaja en los estándares de nadie.
—Para mí sí encaja
respondí, con firmeza
—Tu cuerpo es perfecto porque es tuyo. Porque es el que me ha dado las noches más increíbles de mi vida. Porque es el que va a albergar a nuestro hijo. Porque es el que quiero seguir besando, tocando, amando, todos los días de mi vida.
Ella me miró, y en sus ojos vi la lucha interna. La duda, el miedo, pero también algo más. Una pequeña llama de esperanza.
—Necesito tiempo
dijo.
— Necesito procesar todo esto.
—Tómate el tiempo que necesites. Pero déjame estar cerca. Déjame conocerte de verdad. Déjame mostrarte que no soy el cobarde que se escapaba en la noche.
Un momento de silencio. Luego, un suspiro.
—No puedo prometerte nada
susurró.
—Yo tampoco. Solo puedo prometerte que voy a intentarlo. Todos los días. Hasta que me dejes.
Una pequeña sonrisa asomó en sus labios. La primera sonrisa genuina que me dedicaba desde que supo la verdad.
—Eres terco
dijo.
—Soy Valverde.
Ella soltó una risa suave, casi una exhalación.
En ese momento, un golpe en la puerta nos interrumpió.
—¿Romina?
La voz de su madre.
— Les traigo chocolate caliente. Y, hija, dile a tu amigo que la cena está en una hora. Y que aquí siempre hay un plato extra para quien lo necesite.
Romina rodó los ojos, pero sonrió.
—Gracias, mamá.
Su madre abrió la puerta, nos miró a los dos con una sonrisa cómplice, dejó las tazas en el escritorio y se fue sin decir más.
El chocolate humeaba, invitándonos.
—Bebe
dijo ella, tendiéndome una taza.
— No quiero que te mueras en mi pueblo. Sería un lío de papeleo.
Acepté la taza, y nuestras manos se rozaron de nuevo. Esta vez, ella no las retiró.
Bebimos en silencio, pero era un silencio diferente. Más cálido. Más esperanzador.
Afuera, la lluvia seguía cayendo. Pero dentro de esa habitación, dentro de ese pequeño pueblo, algo nuevo comenzaba a germinar.
Algo que, con paciencia y amor, podría convertirse en el hogar que ambos necesitábamos.
Continuara...