Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 6
El murmullo en la sala de juntas se extinguió por completo. Victoria observaba los documentos legales con el rostro desencajado y los labios temblorosos, mientras Guillermo sostenía la mirada de Bruno sin atreverse a articular una sola palabra de protesta. El peso del nombre Corporativo Kaelen y la presencia intimidante de los hombres armados en la puerta aplastaron cualquier intento de rebelión.
Camila, con la respiración entrecortada por la mezcla de indignación y asombro, dio tres pasos firmes hacia Bruno, ignorando el mareo súbito que amenazaba con desestabilizarla.
—Salgan todos de aquí —ordenó Camila con una voz cargada de una autoridad tan pura que incluso los médicos del consejo se apresuraron a recoger sus cosas y salir casi tropezando, seguidos por una Victoria furiosa que arrastró a Guillermo del brazo.
Cuando la pesada puerta se cerró, dejando solo a Camila, a Bruno y a sus abogados, la cirujana cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Qué clase de juego es este, Bruno? —exigió Camila, clavando su mirada en la mano derecha del Alfa—. Salvé la vida de Kael porque es mi deber como médica, no para que venga a comprar mi lugar de trabajo ni a entrometerse en mis asuntos familiares.
Bruno mantuvo la postura erguida, manteniendo un tono impregnado de un profundo respeto.
—No es un juego, doctora Valenzuela. Es una declaración —respondió Bruno con calma—. El señor Kael descubrió la manipulación de su expediente médico y el bloqueo sistemático que su familia ejercía sobre su trasplante. Para el Alfa, que la persona que le devolvió la vida sea víctima de semejante injusticia es inaceptable.
—¡Es mi vida y es mi batalla! —replicó Camila, dando un paso más, aunque un destello de dolor le cruzó el rostro y la obligó a llevarse una mano al centro del pecho. Su ritmo cardíaco comenzó a acelerarse sin control.
Bruno dio un paso rápido al frente, alarmado, sosteniendo un brazo de la joven sin presionar.
—Tranquila, doctora. El señor Kael sabía que reaccionaría así, por eso me pidió que le entregara esto personalmente.
Bruno sacó de su saco un sobre negro con un sello de cera que llevaba la insignia de la manada. Camila lo tomó con dedos temblorosos, rompió el sello y extrajo una tarjeta de papel grueso escrita con una caligrafía firme y elegante:
"Mi querida cirujana:
Tu orgullo es tan fascinante como tu valentía, pero no permitiré que mueras a manos de cobardes mientras tengas mi protección. La compra del hospital es solo el primer paso. Tu expediente de trasplante ya ha sido activado en nuestra red privada y un equipo médico especializado está buscando un donante compatible. No me debes nada por esto. Esta noche, mi hija Kira quiere conocer a la mujer que salvó a su padre. Te esperaré en la residencia con una cena de agradecimiento.
— Kael."
Camila releyó la nota dos veces, sintiendo cómo un calor intenso le recorría las venas al leer las últimas líneas, calmando de golpe la arritmia que amenazaba con colapsarla. La sola mención de la pequeña niña y el recuerdo de la energía del Alfa hicieron que su barrera de escepticismo comenzara a grietarse.
—El vehículo para trasladarla a la residencia la estará esperando a las ocho de la noche, doctora —concluyó Bruno, haciendo una breve inclinación de cabeza antes de dirigirse hacia la salida—. Le sugiero que descanse el resto del día. Nadie en este hospital volverá a molestarla.
Camila se quedó sola en la enorme sala de juntas, apretando la nota contra su pecho mientras el eco de sus propios latidos, sorpresivamente estables, llenaba el silencio de la habitación.