Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 14
Azrael terminó de girarse por completo. El agua goteaba desde su pecho ancho y marcado, bajando en hilos transparentes por su abdomen definido. No hizo el menor intento de cubrirse; en su lugar, la miró fijamente con sus profundos ojos azules, disfrutando del evidente shock de la sirvienta.
Alana se quedó inmóvil por un segundo que pareció una eternidad, sintiendo cómo el rostro le ardía. Sin embargo, en lugar de gritar o salir corriendo como cualquier otra mujer del castillo, apretó los dientes, dio un paso atrás y dio media vuelta violentamente, dándole la espalda.
—¡Por Dios! Podrías haber avisado o ponerte una toalla —exclamó Alana, cruzándose de brazos y mirando fijamente la pared de piedra del salón exterior—. La Sra. Martha me envió diciendo que necesitabas "asistencia", pero veo que estás perfectamente entero.
Se escuchó el sonido de los pasos descalzos de Azrael saliendo de la piscina de piedra y el roce seco de una tela gruesa.
—Estás en mis aposentos privados, humana —dijo la voz grave de Azrael, resonando a sus espaldas con una tranquilidad exasperante—. Si entras a la cámara de baño de un Alfa, lo mínimo que debes esperar es ver a la fiera en su estado natural.
Alana rodó los ojos hacia el techo, respirando hondo para recuperar la compostura antes de girarse muy despacio. Azrael ya se había enrollado una toalla de lino oscuro alrededor de la cintura, pero seguía con el torso al descubierto, desprendiendo ese intenso aroma a agua limpia, pino y vapor.
—Si no me vas a ordenar nada útil, me vuelvo a las cocinas —dijo ella, sosteniéndole la mirada con la mayor firmeza que pudo reunir.
Azrael dio dos pasos hacia ella, deteniéndose a solo unos centímetros. Su estatura gigantesca y el calor que emanaba de su piel recién lavada volvieron a llenar el espacio entre los dos.
—Toma la túnica de gala que está sobre la cama y el broche de plata con el emblema de la manada —ordenó él con un tono imperioso, señalando con la cabeza hacia el dormitorio—. Me vestirás para el banquete. Y asegúrate de ajustar bien las hebillas del jubón de cuero; esta noche ningún Alfa visitante debe ver una sola grieta en mi presencia.
Alana caminó hacia la cama, tomando las prendas de terciopelo y cuero oscuro con manos firmes. Sabía que la noche penas comenzaba y que el verdadero peligro aguardaba abajo, en el Gran Salón, donde la realeza de las manadas rivales y la misteriosa Princesa Sara estaban a punto de hacer su entrada.
Alana tomó la túnica de terciopelo borgoña y el jubón de cuero negro con tachuelas de plata de la gran cama de roble. Caminó de regreso hacia donde estaba Azrael, tratando de ignorar la proximidad y la abrumadora presencia del Alfa mientras se acercaba para asistirlo.
—Levanta los brazos —pidió ella en tono profesional, queriendo terminar la tarea cuanto antes.
Azrael la observó en silencio, divertido por su compostura forzada, pero acató la instrucción. Alana pasó la túnica sobre sus hombros y comenzó a abrochar cada uno de los botones de plata desde el torso hasta el cuello. Sus dedos, por instinto, rozaron la piel tibia del pecho del Rey, enviando una descarga de tensión que hizo que ambos se congelaran por una fracción de segundo. Azrael contuvo el aliento, con la mirada azul fija en el rostro de Alana.
—Tienes las manos frías, humana —murmuró él, con la voz rasposa rompiendo el aire sofocante de la habitación.
—Es el miedo a que decidas cortarme la cabeza si aprieto demasiado un botón —respondió Alana sin apartar la vista de los cierres de su cuello.
Azrael dejó escapar un bufido que pareció una risa ahogada.
—No sería la primera vez que un sirviente intenta ahogarme con un jubón.
Alana tomó el cinturón de cuero pesado con el broche de plata que lucía la efigie de un lobo aullando a las dos lunas. Rodeó la cintura de Azrael para ajustar la hebilla por la espalda. Para lograrlo, tuvo que dar un paso más, quedando a escasos centímetros de su pecho. El perfume de pino, cuero y la propia esencia salvaje del Alfa la envolvió por completo, haciendo que su pulso se acelerara sin que pudiera evitarlo.
Cuando alzó los ojos para comprobar si la túnica asentaba bien en sus hombros, se encontró con que los ojos de Azrael brillaban con una tonalidad dorada y hambrienta.
—Listo —dijo ella apresuradamente, dando dos pasos hacia atrás para romper el contacto—. Ya estás vestido para tu banquete.
Azrael se acomodó las mangas de terciopelo y se miró en el gran espejo de bronce. La imponente figura del Rey de la Manada de la Luna Sangrienta estaba completa: letal, majestuosa e inaccesible.
—Toma la jarra de plata y sígueme —ordenó el Alfa, dirigiéndose hacia la puerta dobles—. Y recuerda lo que te dije abajo: mantén la cabeza gacha, no hables a menos que te lo ordene y, sobre todo, no confíes en las sonrisas de la realeza del Este.
Las pesadas puertas se abrieron y dos filas de guerreros armados los esperaban en el pasillo para escoltarlos. Alana tomó la jarra metálica, respiró hondo para infundirse valor y caminó un par de pasos detrás del Rey, rumbo al Gran Salón, donde la música, el estruendo de los cálices y la llegada de la Princesa Sara anunciaban el inicio de una noche peligrosa.