Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 14
Capítulo 14: Abuela Clara despierta
Abuela Clara estaba en el ala de sanación lunar de la manada.
En Luna de Hierro, los cuerpos de los lobos se vigilaban con cuencos de agua tibia, sal negra en las esquinas, lámparas de piedra lunar y tres círculos de ceniza pintados bajo la cama para impedir que el veneno encontrara camino de regreso.
Milena se quedó en la puerta.
La anciana parecía más pequeña que en su memoria. Cabello blanco sobre la almohada. Piel fina. Dedos cerrados alrededor de una bolsita de laurel que alguien había puesto en su mano.
Pero olía a Clara.
Laurel seco. Hilo viejo. Pan caliente.
Debajo había enfermedad. Cansancio. Dolor. Muerte, aún no.
Dante se detuvo a su lado.
—No hay guardias entre usted y ella.
Milena miró el pasillo.
Ningún Ríos. Ninguna Patricia cobrando respiraciones. Ningún guerrero bloqueando la puerta.
—Gracias —dijo.
Dante aceptó la palabra con un gesto mínimo y se quedó atrás.
Milena entró.
Una sanadora joven removía agua en un cuenco de cobre. Tenía mangas arremangadas y marcas de uñas en los antebrazos, heridas de pacientes que despiertan sin saber dónde están.
—Soy Inés —dijo en voz baja—. Sanadora de guardia.
Milena miró el cuenco.
—Laurel, sal y corteza lunar.
Inés alzó las cejas.
—Reaccionó mejor a eso que al acónito suave.
—Clara Cruz no duerme bien con veneno.
La sanadora bajó la mirada.
—Ya lo aprendí.
Milena tomó la mano de su abuela.
La piel estaba caliente. Frágil. Viva.
—Abue.
Los párpados temblaron.
Dante permaneció junto a la pared, lejos de la cama. Jacobo cerró la puerta desde afuera.
—Soy yo —susurró Milena—. Estoy aquí.
Los dedos de Clara se movieron dentro de los suyos.
—Mile...
La voz salió rota.
A Milena se le partió algo en el pecho.
—Sí. No hable mucho.
—Te llevaron.
—Estoy viva.
Los ojos de la anciana se abrieron apenas. Tardaron en enfocar. Primero encontraron el rostro de Milena. Después las cicatrices.
Dolor.
Culpa.
Amor.
Todo pasó por esos ojos cansados sin necesidad de discurso.
—Mi niña.
Milena apretó su mano.
—No llore. Si llora, lloro yo. Vine a hacerme la fuerte y me está saliendo caro.
Clara intentó sonreír.
Entonces vio a Dante.
El cambio fue inmediato. El pulso de la anciana saltó bajo los dedos de Milena. La bolsita de laurel se abrió en su mano. El cuarto se llenó de miedo viejo, de ese miedo que no nace en una noche sino en una tumba.
—No —susurró Clara.
Dante dio un paso hacia atrás.
Milena se giró.
—Abue, qué pasa.
Clara miró el anillo oscuro en la mano de Dante. El sello Navarro.
—Navarro.
Dante bajó la mirada.
—Soy Dante Navarro.
La anciana negó con la cabeza.
—Esa sangre trae lobos muertos.
Inés se persignó con dos dedos sobre la luna partida de su collar.
Milena sintió que el miedo del cuarto crecía. No era miedo a Dante como hombre. Era miedo a una historia enterrada con demasiada prisa.
—Él me ayudó —dijo Milena.
Clara le apretó la mano con fuerza inesperada.
—No dejes que huelan tu sangre.
Dante levantó la cabeza.
—Quiénes.
La anciana intentó incorporarse. Milena la sostuvo por los hombros.
—No le des tu herida —murmuró Clara—. No le des tu cuello.
El cuarto se quedó quieto.
El cuello.
El lugar del marcado.
Milena sintió calor bajo la piel. Dante no se movió. Ni un paso. Ni una palabra. Su rostro se cerró con una disciplina que a Milena le dijo más que cualquier defensa.
—Abuela Clara —dijo él, despacio—. Si sabe quién puso plata en las cicatrices de Milena, necesito escucharlo.
Clara giró hacia él con una fuerza que no parecía caber en su cuerpo agotado.
—Los Alphas siempre necesitan.
Dante recibió el golpe sin gruñir.
Milena respiró hondo.
—Abue, Patricia intentó usarme. Valeria mintió. Duarte está metido. Yo necesito saber.
Clara la miró con terror.
—Duarte ya te olió.
—Qué soy.
Los dedos de Clara se cerraron hasta doler.
—Cruz por crianza.
Milena sintió que el piso se alejaba.
—Por crianza.
Antes de que Clara respondiera, algo raspó del otro lado de la puerta.
Milena olió perfume Ríos por debajo de la madera. Rosas viejas, tabaco barato, ansiedad. Patricia no había entrado, pero había mandado nariz.
Dante también lo olió.
—Jacobo —dijo.
Afuera hubo un golpe seco contra la pared. Luego silencio.
Milena no preguntó. Por una vez agradeció que la puerta tuviera dientes.
Clara habló rápido, cada palabra arrancada a la fiebre.
—No dejes que tomen tu sangre en luna llena. No dejes que Rodrigo te ordene. No dejes que el lobo de Dante te marque hasta que tú elijas.
Dante se tensó al oír el nombre.
—Rodrigo Duarte.
Clara miró a Milena, solo a Milena.
—Promete.
—Abue...
—Promete.
Milena tragó.
—Lo prometo.
Clara aflojó los dedos.
—Tu madre no murió por enfermedad.
El aire se cortó.
—Mi madre.
La anciana cerró los ojos con dolor.
—No aquí. No con su olor cerca.
Dante entendió antes que Milena.
Rodrigo.
La puerta se abrió.
Jacobo entró con la cara dura.
—Alpha. Rodrigo Duarte exige entrada al Consejo.
Abuela Clara soltó un sonido pequeño, animal.
Sus uñas se clavaron en la mano de Milena.
—Que no huela tu sangre.