El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.
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Capítulo 19
Cap 19: Preparativos
El tercer mes empezó con un amanecer naranja sobre Santa Aurelia y un mensaje anónimo en mi teléfono.
Número desconocido. Sin foto de perfil. Sin nombre. Solo un texto:
«Tu padre tiene secretos que pueden destruir a tu familia. Yo puedo ayudarte a descubrirlos. A cambio, necesito que me consigas información sobre un proyecto del Instituto de Montero. Responde a este número».
Leí el mensaje tres veces. Después lo capturé, lo guardé en la carpeta encriptada que Rodrigo me enseñó a crear y no respondí.
Quien fuera esta persona sabía tres cosas: que mi padre tenía una doble vida, que yo estaba al tanto y que yo trabajaba en el instituto. Tres datos que reducían la lista de sospechosos a un grupo muy pequeño. Pero la petición era clara, querían acceso a los proyectos de Montero. Y eso era una línea que yo no iba a cruzar.
No por lealtad institucional. No por miedo. Porque Damián Montero me dio algo que ningún hombre me había dado antes: confianza profesional sin condiciones. No iba a traicionar eso por un anónimo que prometía verdades a cambio de traiciones.
Borré el mensaje de la bandeja de entrada. Pero no de la carpeta encriptada.
Esa semana, el proyecto entró en su fase más intensa.
Los lotes cuatro y cinco de estabilidad acelerada confirmaron los resultados del tres, el compuesto era sólido, estable, con un perfil de seguridad que Montero describió como «aceptable», lo cual, en su vocabulario, era equivalente a «extraordinario».
—Necesitamos replicar los datos con un sexto lote antes de presentar al comité —dijo el martes en la reunión de equipo—. No quiero que nos rechacen por falta de consistencia estadística.
—El sexto lote está en la cámara de estabilidad desde ayer —dije.
Montero me miró. Otra vez esa expresión, la mezcla de fastidio por que me adelantara y de algo más que ya no se esforzaba tanto en esconder.
—¿Desde cuándo decides tú el cronograma de ensayos?
—Desde que tú decidiste que mis resultados eran suficientes para presentar al comité. Si confías en mis datos, confía en mi cronograma.
Julia, sentada al fondo, tomaba notas con una sonrisa que intentaba ser profesional y que era completamente cómplice.
Montero no contestó. Se limitó a seguir con la reunión. Pero cuando todos salieron, me dijo sin mirarme:
—El sexto lote fue una buena decisión.
Tres palabras que valían más que un aumento de sueldo.
El jueves trabajamos hasta la medianoche.
No fue intencional, los datos del sexto lote empezaron a llegar antes de lo previsto y necesitaban procesamiento inmediato. Julia se fue a las nueve. El resto del equipo a las diez. A las once quedábamos Montero y yo, cada uno frente a su pantalla, analizando cromatogramas en un silencio que ya no era incómodo, sino natural. Como respirar.
A las once y media, Montero se levantó sin decir nada y salió del laboratorio. Volvió diez minutos después con dos bolsas de papel de la tienda de conveniencia de la esquina.
—Come —dijo, poniendo una bolsa frente a mí.
Dentro había un sándwich de pollo, una botella de agua y una barra de chocolate. Comida de tienda de conveniencia a medianoche, nada sofisticado, nada elegante. Pero era la primera vez que Damián Montero salía a comprarme comida.
—Gracias.
—Si te desmayas sobre el cromatógrafo, la reparación sale del presupuesto del proyecto.
Comimos en silencio. Él se sentó en el taburete junto al mío, no frente a mí, sino a mi lado, mirando la misma pantalla. Nuestros codos casi se tocaban. El laboratorio a medianoche tenía una intimidad diferente, las luces bajas, el zumbido de los equipos, la sensación de ser las únicas dos personas despiertas en todo el edificio.
—Valdés.
—¿Sí?
—El compuesto funciona por tu ajuste de pH. Lo sabes, ¿verdad? Sin tu corrección en la semana tres, este proyecto seguiría estancado.
No era un cumplido. Era una declaración de hechos, dicha con la misma voz con la que leería un artículo científico. Pero viniendo de él, del hombre que no daba cumplidos, que no reconocía contribuciones individuales, que una vez le dijo a un premio Nobel que su discurso de aceptación «tenía tres errores de cálculo», era lo más cercano a una declaración de amor que Damián Montero podía hacer en un contexto profesional.
—Gracias, Montero.
—No me agradezcas. Agradécele al pH 6,8.
Sonreí. Él no sonrió, pero la comisura de sus labios tembló, ese gesto suyo que ya era tan familiar como las fórmulas que escribíamos juntos.
El viernes por la noche, cené con Rodrigo y Nicolás en la casa de Rod.
Nico llegó con una botella de vino y una energía que llenaba cualquier habitación. Mi segundo hermano era lo opuesto a Rodrigo, donde Rod era silencio, Nico era ruido. Donde Rod analizaba, Nico actuaba. Juntos eran un equilibrio perfecto, como un ácido y una base que se neutralizan sin destruirse.
—¿Y? ¿Cómo va la vida de la científica más famosa de Santa Aurelia? —preguntó Nico, sirviendo el vino.
—No soy famosa.
—Claro que sí. Ayer un socio mío me preguntó si mi hermana estaba saliendo con Damián Montero. Le dije que no, que Montero no tiene sentimientos, y el tipo me respondió: «Entonces explícame por qué contrató seguridad privada para el estacionamiento de su instituto la misma semana que atacaron a tu hermana».
Rodrigo levantó la vista de su copa.
—Nico, no empieces.
—No estoy empezando nada. Solo digo que el robot científico de tu hermana tiene pinta de que se le descompuso el programa y empezó a sentir cosas.
—No es un robot —dije, antes de poder detenerme.
Nicolás me miró. Sonrió. La sonrisa de un hermano que acaba de confirmar exactamente lo que sospechaba.
—Ajá.
Cambié de tema. Les hablé de la investigación sobre papá, los datos de Bravo, el video del cumpleaños, la confirmación de Rubí Linares. Les hablé de Celina Déniz y de los veinte años de mentira. Les hablé de mamá atrapando platos antes de que caigan, de sonrisas de barniz y de batallas silenciosas.
Nicolás dejó de bromear. Su cara pasó de la risa a la furia en tres segundos, mi hermano sentía todo a la máxima intensidad, sin filtro, sin graduación.
—Ese viejo hijo de...
—Nico —dijo Rodrigo con voz firme—. No vamos a hacer nada impulsivo. Alegra y yo tenemos un plan. Cuando sea el momento, actuamos. Pero no antes.
—¿Y mamá? ¿Sabe?
—Creemos que siempre supo —dije.
Nicolás se quedó callado. Un minuto entero, récord personal para alguien que una vez habló durante cuarenta minutos seguidos sobre el sabor de diferentes tipos de aceitunas.
—Cuando sea el momento —dijo finalmente—, quiero estar ahí.
—Vas a estar.
Esa noche, Bravo me envió su último informe de la semana. Una línea llamó mi atención:
«Celina Déniz ha realizado cuatro llamadas en la última semana a números asociados con accionistas de Grupo Valdés. Adjunto registros».
Abrí los registros. Cuatro llamadas a cuatro personas diferentes, todas miembros del consejo de administración de la empresa de mi padre. Llamadas cortas, de cinco a diez minutos. El tipo de llamada que se hace cuando se está coordinando algo.
¿Qué estaba haciendo Celina Déniz hablando con los accionistas de Grupo Valdés?
Y al final de los registros, un dato más: uno de los números que Celina había marcado coincidía con el número desde el cual me enviaron el mensaje anónimo pidiéndome información sobre el proyecto de Montero.
Cerré la laptop despacio.
Celina Déniz. La amante de mi padre. La mujer que llevaba veinte años en las sombras. La mujer que ahora estaba llamando a accionistas y enviando mensajes anónimos pidiendo acceso a los secretos del instituto.
Veinte años era mucho tiempo para vivir en la sombra, dijo Rodrigo. Nadie aguanta eso sin una razón.
Ahora sabía la razón: Celina no estaba esperando. Estaba preparándose.
Continuará...