Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 16: La investigación
Alejandro llevaba tres noches sin dormir.
No era insomnio. Era algo peor: la cabeza no le paraba. Daba vueltas en la cama mirando el techo, y cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Lucía. La limpiadora. La proveedora. La chica de la fiesta.
Eran las dos de la mañana. Estaba en el despacho del piso 45. El café estaba frío en la taza. Había pagado a un investigador dos días atrás. El informe llegó esa noche por correo.
Lo abrió.
Lucía Fernández. Veintisiete años. Hija de Alberto Fernández, de la finca El Rosal. Exprometida de Carlos Rojas. Se fue de casa tres meses atrás, justo después de que Carlos le pidiera matrimonio a Elena, su media hermana. Trabajaba de noche limpiando en su propio edificio. Tenía una niña de cinco años, Sofía. Y estaba embarazada de nuevo, de unos seis meses, según los rumores del pueblo.
Pasó a la última página.
Una foto de la lista de invitados a la Feria de Productos Orgánicos, de tres meses atrás. Fila veintitrés. Letra pequeña.
Lucía Fernández. Finca El Rosal. Huevos camperos.
Alejandro soltó el papel.
Se acordaba. Se acordaba de esa noche. Había discutido con su padre por la división orgánica. Había bebido demasiado. Salió al jardín a respirar. Y ella estaba ahí, con un vestido azul que le quedaba grande, hablando de gallinas como si fuera lo más serio del mundo. Él la escuchó. Le hizo olvidar el enfado. Hablaron una hora. Se besaron. Luego ella se fue sin decirle su nombre.
Ahora esa mujer limpiaba su oficina. Le vendía huevos. Le había mandado la nota anónima advirtiéndole de Mendoza. Y estaba embarazada.
El bebé podía ser suyo.
Cogió la chaqueta y salió. Eran las dos y cuarto. Condujo hasta el pueblo con el informe en el asiento de al lado. No pensó en si era buena idea ir a esa hora. No pensó en nada.
Lucía se despertó con el ruido del coche.
Miró el móvil. Las tres de la mañana. Sofía dormía en su habitación. Las gallinas nuevas, los pollitos que alguien había mandado sin firma, dormían en el gallinero. A Lucía le dolía la espalda. El sabotaje la había dejado agotada.
Se asomó a la ventana.
Un coche negro en el camino. Un hombre acercándose a la puerta.
Reconoció la forma de caminar.
Abrió antes de que llamara, para no despertar a la niña. Salió al porche y cerró la puerta detrás de ella.
—¿Qué haces aquí? —dijo en voz baja—. Son las tres.
Él la miró. La luna le daba en la cara. Tenía los ojos negros.
—Estuviste en la feria —dijo—. Hace tres meses. Tú eras la chica del jardín.
A Lucía se le paró el corazón.
Lo había sentido venir. Desde que él la miró dos veces en el pasillo. Desde el contrato de proveedora. Desde el veterinario sin firma. Pero no estaba preparada. Nunca lo estaría.
—No sé de qué hablas —dijo. Cruzó los brazos. La voz le salió bien, pensó, no le tembló—. Yo no fui a ninguna feria.
—No me mientas. Pagué a un investigador. Tu nombre está en la lista. Lucía Fernández, Finca El Rosal, huevos camperos. Esa noche me hablaste de tus gallinas. Me dijiste que ponían mejor que cualquier máquina. Me acuerdo.
Lucía apretó los dientes. Maldijo el vestido azul. Maldijo el whisky que él había bebido. Maldijo haberse quedado en el jardín esa noche.
—Fui a la feria a vender huevos, sí —dijo—. Pero no fui yo la chica del jardín. Había mucha gente.
—No te creo. Anoche, cuando firmaste el contrato, te miré las manos. Tienes una cicatriz en la muñeca izquierda. Un alambre de gallinero, me dijiste. Me la enseñaste esa noche.
Lucía se llevó la mano a la muñeca sin querer. Se le olvidó. Se le olvidó contárselo. Se le olvidó que él se acordaría.
—Eso no prueba nada —dijo. La voz le falló al final.
Él no dijo nada. Bajó la mirada a su barriga. La camiseta de dormir le quedaba justa. Seis meses.
—¿De quién es? —preguntó.
Lucía dio un paso atrás.
—No es asunto tuyo.
—Yo creo que sí. Creo que el bebé es mío.
Se hizo un silencio. Dentro de casa, Sofía se movió. Un gallo cantó, equivocado, a las tres de la mañana.
—Vete —dijo Lucía. Se le quebró la voz—. Lárgate. No vuelvas.
—Lucía…
—¡Vete! —gritó ella. Se le escapó una lágrima. Se secó la cara con el dorso de la mano—. Despierta a mi hija y te mato.
Alejandro se quedó quieto. La miró. Lucía vio en sus ojos que no tenía dudas. No iba a preguntar más. Iba a averiguarlo.
—Me voy —dijo por fin—. Pero voy a saber la verdad. Te guste o no.
Se dio la vuelta. Subió al coche. Se alejó por la carretera hasta que las luces se perdieron.
Lucía se dejó caer por la pared del porche hasta el suelo. Se puso las manos en el vientre. El bebé se movió.
Lo sabía. Él lo sabía. O lo sospechaba, y un hombre como Alejandro no paraba hasta tener la prueba. Una prueba de ADN. Un análisis. Estaba a un descuido de distancia.
Se tapó la cara y lloró sin ruido.
Había renacido para vengarse. Lo tenía todo planeado. Pero no había planeado esto. No había planeado que él apareciera en el porche a las tres de la mañana.
El móvil sonó dentro de casa. Un mensaje. Lo leyó cinco minutos después, cuando se secó las lágrimas.
Número desconocido. Decía:
"Sé lo que le hiciste a Elena. Cuídate."
Lucía se quedó helada.
No era Alejandro. Era otro. Alguien más la buscaba.
Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.
En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.
Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨