Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap14
La puerta terminó de abrirse.
Haniel retrocedió instintivamente.
Zayd estaba al otro lado.
La poca luz que entraba desde el pasillo apenas permitía distinguir su rostro, pero su expresión era perfectamente tranquila.
—Te dije que no vinieras.
Haniel recuperó la compostura.
—Y yo te dije que no me gusta que me digan qué hacer.
Zayd entró en la habitación y cerró la puerta detrás de él.
La mujer permaneció en silencio.
—¿Quién es ella? —preguntó Haniel.
—No es importante.
—Para mí sí.
Zayd la observó unos segundos.
—Sigues haciendo demasiadas preguntas.
—Y tú sigues sin responder ninguna.
Una sonrisa breve apareció en su rostro.
—Por eso me interesas.
Haniel no se dejó intimidar.
—No confundas interés con confianza.
—Nunca lo hago.
La mujer intervino finalmente.
—Zayd, ella tiene derecho a saber.
Él la miró.
—No aquí.
—Ya es demasiado tarde.
Zayd permaneció callado.
Haniel sintió que algo estaba a punto de ocurrir.
—¿Qué no quieren que sepa?
Zayd caminó hasta la mesa y tomó una de las fotografías.
La misma imagen de las tres adolescentes frente al instituto.
—Esta fotografía no fue tomada para vigilarlas.
Haniel frunció el ceño.
—Eso ya me lo dijeron.
—Te mintieron.
La mujer levantó la mirada.
—Zayd...
—La fotografía fue tomada porque alguien estaba buscando a una persona.
Haniel sintió un escalofrío.
—¿A quién?
Zayd dejó la fotografía sobre la mesa.
—A ti.
El silencio fue absoluto.
Haniel sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Zayd se acercó.
—Eso es lo que todavía no sabes.
Haniel sostuvo su mirada.
—Entonces dímelo.
—No puedo.
Ella soltó una risa amarga.
—Siempre la misma respuesta.
—Porque todavía no estás preparada.
—Deja de decidir qué puedo soportar.
Zayd inclinó ligeramente la cabeza.
—No estoy decidiendo por ti. Estoy intentando mantenerte viva.
Haniel sintió rabia.
—¿Y por qué debería confiar en ti?
—No deberías.
La respuesta la desconcertó.
—¿Qué?
—No confíes en mí, Haniel.
Zayd tomó su chaqueta.
—Pero tampoco confíes en quienes te dicen que yo soy el enemigo.
Haniel lo observó marcharse.
Antes de abrir la puerta, él se detuvo.
—Y una cosa más.
Ella no respondió.
—Olivia y Zamira están en peligro por algo que tú hiciste.
Haniel sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Qué hice?
Zayd abrió la puerta.
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
Y salió.
---
Haniel permaneció inmóvil.
La mujer se acercó lentamente.
—¿Qué quiso decir?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Haniel la miró.
—No.
La mujer bajó la mirada.
—Entonces quizá sea mejor que nunca lo descubras.
Haniel tomó la fotografía.
—¿Quién estaba buscándome?
La mujer no respondió.
—¿Quién?
—Alguien que creía que tú tenías algo que le pertenecía.
—¿Qué cosa?
La mujer respiró profundamente.
—Una información.
Haniel apretó la fotografía.
—¿Qué información?
—No lo sé.
—¿Y por qué me buscaban a mí?
La mujer la miró directamente.
—Porque tu familia estaba relacionada con esa información.
Haniel sintió un nudo en el estómago.
—Mi familia no tiene nada que ver con esto.
—Eso crees.
Aquellas palabras quedaron flotando entre las dos.
Entonces la mujer sacó un pequeño sobre de uno de los archivadores.
Se lo entregó.
—Llévatelo.
Haniel lo tomó.
—¿Qué hay dentro?
—Algo que tu madre guardó durante años.
Haniel se quedó helada.
—¿Mi madre sabía de todo esto?
—Sabía más de lo que imaginas.
---
Al salir del edificio, Haniel encontró su automóvil exactamente donde lo había dejado.
Pero había algo sobre el parabrisas.
Un sobre negro.
No estaba allí antes.
Haniel se acercó lentamente.
Lo tomó.
Dentro había una sola fotografía.
No era de ella.
No era de Olivia.
No era de Zamira.
Era de un hombre.
Un hombre joven.
Haniel lo observó durante varios segundos.
No lo reconocía.
En la parte posterior había una fecha.
Siete años atrás.
Y debajo, una frase escrita a mano:
«Pregúntale a tu madre quién es.»
Haniel sintió que el mundo acababa de inclinarse bajo sus pies.
Guardó la fotografía.
Subió al automóvil.
Antes de arrancar, llamó a su madre.
—Mamá.
—¿Haniel? ¿Dónde estás?
Haniel cerró los ojos.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Qué sucede?
Miró nuevamente la fotografía.
—¿Quién es este hombre?
Hubo silencio al otro lado de la línea.
Un silencio demasiado largo.
—¿Haniel?
—Mamá, respóndeme.
La respiración de Doña Irina cambió.
Y entonces dijo algo que Haniel jamás había esperado escuchar:
—¿Dónde encontraste esa fotografía?
Haniel abrió los ojos.
—Así que lo conoces.
Su madre no respondió.
—Mamá...
Finalmente, Doña Irina habló.
Su voz era apenas un susurro.
—Haniel, escucha bien.
—¿Qué?
—No vuelvas a buscar a ese hombre.
—¿Por qué?
—Porque si él sabe que tú tienes esa fotografía...
La voz de su madre se quebró.
—...vendrá por ti.
La llamada terminó.
Haniel permaneció inmóvil dentro del automóvil.
Miró la fotografía una última vez.
Por primera vez, comprendió que las amenazas no estaban relacionadas únicamente con Zamira, con Zayd o con las empresas.
Había algo mucho más antiguo.
Algo que su madre había escondido.
Algo que comenzó cuando Haniel todavía era una adolescente.
Y alguien acababa de abrir una puerta que quizá nunca debió abrirse.
El problema ya no era descubrir quién estaba moviendo las piezas.
Era descubrir quién había colocado el tablero desde el principio.