Una venganza despiadada cambiaron el destino de Ania para siempre. Convertida en víctima de una inseminación artificial, se descubrió embarazada de un completo desconocido, sin comprender cómo la crueldad humana había llegado tan lejos.
Rechazada y repudiada por su familia, no tuvo más opción que huir hacia las sombras.
Años después, el tiempo ha borrado a la joven indefensa: Ania regresa transformada en una mujer inquebrantable, sin saber que el destino le tiene preparado es un giro inesperado, en su camino se cruzará con el del verdadero padre de sus gemelos, un hombre de un poder inimaginable que jurará hacer arder a quienes se atrevieron a lastimarla.
Jairo Velarde jamás imaginó que la sangre de su sangre corría por las venas de dos pequeños inocentes. Sin embargo, al caer rendido ante el misterio y la belleza de Ania, descubrirá una verdad tan impactante que sacudirá los cimientos de su vida.
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CAPITULO 08: Ania en Peligro
“¡Atrápenlos, no los dejen salir!”, ordenó el patriarca. Su voz, un trueno de autoridad incontestable, retumbó en las molduras de la opulenta sala de estar.
De inmediato, seis guardaespaldas se alinearon como una muralla de trajes oscuros, bloqueando la única salida para el padre y la hija.
Juan no lo dudó; dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo como un escudo humano ante Ania.
Su mirada, inyectada en una furia fría, se clavó en los hombres mientras articulaba una sola palabra, arrastrada y gélida “Apártense...”
“¿Qué esperan, par de inútiles? ¡Agárrenlos!”, bramó Roberto con la frialdad “Lleven a Juan al sótano”
“¡No, papá!”, el grito de Ania desgarró el aire, quebrado por las lágrimas “¡Por favor, no le hagan daño!”
Tres de los gigantes la sujetaron sin miramientos, hundiéndole los dedos en los brazos, mientras los otros tres se abalanzaban sobre Juan.
Él luchó como un animal acorralado, lanzando golpes desesperados, pero la brutal disparidad de fuerzas lo arrastró hacia el pasillo.
Antes de desaparecer, logró girar el rostro, con los ojos desencajados “¡No se atrevan a tocar a mi hija! ¡Se los juro por mi vida, los mato...!”
El eco de su amenaza se ahogó cuando lo empujaron escaleras abajo. Sin la menor contemplación, lo arrojaron contra el suelo de cemento. Detrás de él, la pesada puerta metálica se cerró con un estrépito que pareció sellar su destino.
Juan cayó de bruces, pero en fracciones de segundo se puso en pie, transformado en una bestia herida.
Con los puños ensangrentados, comenzó a golpear el metal una, dos, tres veces, rompiéndose los nudillos en un bucle sordo de desesperación.
En la sala superior, el silencio que siguió a la violencia era denso, casi asfixiante.
Ania, de rodillas sobre la alfombra, temblaba incontrolablemente.
Conocía los alcances de la crueldad de su abuelo “Abuelo... por favor...” suplicó, con la voz ahogada en hipos, arrastrándose hacia él “Déjame ir con mi papá. Te juro que nos iremos lejos... No volverás a saber de nosotros”
Los guardaespaldas permanecían inmóviles alrededor, como gárgolas de piedra custodiando una prisión.
Rogelio, observándola desde su pedestal de soberbia, soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
Se agachó y le sujetó la barbilla con una fuerza que le enterró las uñas en la piel.
“Eso debiste pensarlo antes de abrir las piernas y deshonrar este apellido” escupió con asco “Ese engendro que llevas dentro es una mancha que no voy a tolerar”
Ania negó con la cabeza, intentando apartarse del contacto venenoso, las lágrimas quemándole las mejillas.
“Pero... eso se puede solucionar hoy mismo” continuó Rogelio, enderezándose y limpiándose las manos con un pañuelo como si hubiera tocado basura “Nos desharemos de esa inmundicia”
El viejo miró a sus hombres con ojos clínicos “Súbanla a la camioneta. Iremos de inmediato a la clínica de mi amigo”
El pánico absoluto paralizó el pecho de Ania. Ni siquiera comprendía cómo era posible que estuviera embarazada; su mente no lograba procesar la noticia, pero el instinto primario de protección se encendió en su vientre.
No podía permitir que tocaran a su bebé. Sacando fuerzas de la pura adrenalina, comenzó a arañar, patear y morder a los guardias que la levantaban, fue inútil.
En un último destello de fe ciega, buscó el rostro de la mujer que la había traído al mundo “¡Mamá, haz algo! ¡Por favor, ayúdame!”, alzó los brazos hacia ella, rota.
La respuesta de Ana fue un paso firme y una bofetada limpia que resonó en el salón “¡Cállate, maldita mocosa!”, gritó Ana, con las venas del cuello marcadas “Me das vergüenza. Cada gramo de esta humillación es por tu culpa”
La mejilla de Ania se encendió en un vivo tono escarlata.
Aun en el suelo, con la dignidad rota, murmuró “Mamá... si me odias a mí está bien... pero no dejes que le hagan daño a papá...”
Ana dibujó una sonrisa retorcida, una mueca enfermiza que buscaba despedazar lo último que le quedaba a la joven “¿Tu papá? Tu papá me violó, Ania. Es un monstruo, un animal”
“¡No te creo!”, replicó Ania con una firmeza “Papá ya me contó toda la verdad. Tu mentira no funciona conmigo”
La furia de Ana se desbordó al verse descubierta “¡Llévensela ya!”, bramó, dándose la vuelta “No quiero volver a ver su cara. Si se muere junto con el bastardo, mejor para todos”
Mientras la arrastraban por el pasillo principal, Rolando apareció en la entrada al ver que la joven seguía retorciéndose y gritando, hizo un gesto despectivo con la mano “Noquéenla. Hace demasiado ruido”
Un golpe seco en la nuca extinguió la resistencia de Ania.
Desde la penumbra del piso superior, Elena y Antonia observaban la escena apoyadas en el barandal. En sus rostros no había piedad; solo la fría y silenciosa satisfacción del triunfo.
Mientras tanto en el sótano, el tiempo parecía haberse congelado. Juan continuaba embistiendo la puerta del sótano, con los hombros amoratados y la respiración convertida en un silbido asmático debido al cansancio.
De pronto, el eco rítmico y afilado de unos tacones interrumpió el silencio del pasillo.
La cerradura giró con un quejido: era Ana.
Entró lentamente, cerrando tras de sí.
La luz mortecina del sótano recortaba su silueta mientras avanzaba con una sonrisa que rozaba la demencia.
“Mi querido esposo...” susurró, acercándose al hombre exhausto y pasando una uña larga por su mandíbula “No me gusta verte en estas condiciones. Pero ese amor ciego por esa mocosa va a ser tu absoluta perdición”
Sin dejar de mirarlo, se despojó del abrigo de piel, dejándolo caer al suelo, quedando únicamente en una lencería provocativa “Ahora solo quedamos tú y yo. Como debió ser siempre. Esa niña ya no volverá a interponerse entre nosotros”
Juan la contempló con una repulsión tan profunda que le revolvió el estómago. Dio un paso atrás, apartándose de su toque como si fuera ácido.
“Estás enferma... Nuestra hija está allá arriba, en peligro, y tú vienes aquí con esto” su voz vibró como el rugido de un león enjaulado “Mi hija es lo único que me importa en este mundo, Ana. Por ella soy capaz de matar. Grábatelo en la cabeza”
La mención de Ania borró la sonrisa de la mujer. Perdiendo el control, le cruzó la cara de un manotazo.
“Eres un estúpido...” comenzó a reír, un sonido histérico que rebotaba en las paredes desnudas “Pero ya no te queda nada. A estas horas, esa estúpida debe estar desangrándose... igual que tu primer amor”
El cerebro de Juan experimentó un cortocircuito, los cables de la cordura se rompieron. En un parpadeo, la tomó del cuello con ambas manos, estampándola contra la pared.
“¿Qué le hiciste a mi hija?”, gruñó, apretando los dedos.
Ana, con el rostro enrojeciéndose por la falta de oxígeno y los ojos salidos de las órbitas, estiró los labios en una última muestra de malicia “Mi padre... la llevó a la clínica... Le arrancarán al bastardo... y pagué... pagué para que la dejen morir en la camilla...”
El universo de Juan se detuvo, un frío glacial le recorrió la espina dorsal, seguido de una claridad violenta.
Su mirada descendió hacia la puerta del sótano: Ana la había dejado entornada, mal cerrada.
Sin perder un segundo, soltó el cuello de Ana y le propinó un golpe seco en la nuca. La mujer se desplomó, inconsciente.
Juan salió al pasillo exterior moviéndose como una sombra. Evitó la entrada principal y se dirigió hacia la salida del personal, pero justo al cruzar el umbral de la cocina, una figura se plantó frente a él.
Era Margarita, la vieja nana, tenía los ojos hinchados de tanto llorar “La niña... se la llevaron a la clínica La Luz para hacerle el aborto” susurró la anciana con la voz trémula, tomándolo del brazo “Sálvela, Don Juan. Por lo que más quiera, sálvela”
Juan le estrechó las manos con fuerza, sintiendo el calor de la única aliada en ese nido de víboras “Gracias, nana... Necesito un último favor. Consigue nuestros pasaportes y documentos. Los que tengo guardados en la habitación. ¿Puedes hacerlo?”
La anciana asintió con una determinación de hierro que desafiaba sus años “Claro que sí... Mañana a primera hora lo espero en el aeropuerto internacional. No falle”
“Allí estaré” prometió Juan.
Se deslizó entre los arbustos del jardín trasero, perdiéndose en la oscuridad de la noche mientras corría con el corazón a punto de estallarle en el pecho
Elena y Antonia por andar humillando a Ania Juan Gallego les tendrá su buena sorpresa 😮😮
Orlando y Jairo la traición la tienen metida en su casa Olga la marioneta de Vidal será la involucrada en todo lo que hagan.
Vidal vil, asqueroso y manipulador y Rachel una putizorra, desnaturalizada y putizorra tener relaciones con ese monstruo que asco.