Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.
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Capítulo 17
Capítulo 17 — Su Majestad en persona
El patio delantero del palacio del príncipe Adrián, tan amplio, está sembrado de gente arrodillada.
Desde el mayordomo hasta la última aya y doncella del ala interior, todos han caído de rodillas. Los únicos que faltan somos los dos dueños de esta casa.
La comitiva real se detiene a las puertas. El rey Fernando, con el rostro pálido y algo enfermizo, baja apoyándose pesadamente en el brazo de su chambelán. Detrás de él, una marea de sirvientes y la guardia real que lo escolta.
El despliegue es enorme. Impone solo con mirarlo.
—¿Dónde está el intendente de este palacio? —pregunta el chambelán.
—Aquí… aquí estoy. —Un hombre de mediana edad, con librea larga, avanza encorvado y hace una profunda reverencia. Es el mayordomo—. Majestad. Majestad, mi reina. Para servirles.
El rey, envuelto en su manto real, todavía apoyado en el brazo del chambelán, pregunta con voz fría:
—¿Cómo ha estado el príncipe estos dos días?
—Ma… Majestad, hace unos días estaba bien, solo que anteayer, con la boda…
Al rey se le entrecierran los ojos, y todo su cuerpo se cubre de golpe de un frío severo.
—¿Qué pasó con la boda?
—La princesa tomó las decisiones por su cuenta y prohibió que nadie se acercara al Ala de Poniente. Las doncellas que trajo de dote son… son insolentes, altaneras. A quien se atreva a acercarse, lo echan a golpes. —El mayordomo tiembla—. Yo… yo de verdad no sé cómo se encuentra ahora Su Alteza.
—Ama Ludovica. —La reina Beatriz levanta la mirada apenas, hacia el ama arrodillada más atrás—. Te encargué que cuidaras del príncipe. Tú sí debes saber en qué estado se halla.
—Majestad, mi reina. —Ludovica hace una reverencia profunda, aterrada—. La princesa trajo muchas ayas y doncellas de dote. Han montado una cocina propia a las puertas del Ala de Poniente; toda la comida del príncipe y de la princesa sale de esa cocina. Yo, igual que el mayordomo, no puedo acercarme. De verdad no sé cómo está Su Alteza. ¡Perdón, Majestad! ¡Perdón, mi reina!
La reina, al oír esto, tuerce los labios con un frío desdén.
—Por lo visto, la princesa tiene mucho carácter.
—Vamos. Llévame a verlo. —El rey ya no aguanta más y aprieta el paso hacia el Ala de Poniente.
Dentro, Adrián oye el revuelo y frunce el ceño, fastidiado.
—Han llegado el rey y la reina. —Estoy sentada ante el tocador, dejando que Amaya me recoja el pelo en un moño alto. Me ha prendido en él unas horquillas finas y ricas; voy arreglada para deslumbrar.
Apenas me pongo de pie, fuera estallan unos pasos apresurados.
—¡Su Majestad el rey y la reina! ¡Que el príncipe y la princesa salgan a recibir a la corte real!
Solo cuando la voz se apaga me levanto, sin prisa.
Me acerco a Adrián, le echo el manto por encima de los hombros y hago ademán de sostenerlo del brazo.
—Lo que te enseñé anoche, ¿lo recuerdas? —le digo en voz baja—. Delante del rey hay que pelear por lo que te corresponde. Solo así, paso a paso, cambiarás tu situación.
Adrián no dice nada.
La puerta se abre con un chirrido. Amaya y Nube se arrodillan en silencio a un lado, callan como si fueran invisibles.
El rey y la reina entran rodeados de su séquito. Fernando, que pasa de los cincuenta, está enjuto, tan flaco que parece que un soplo de viento se lo llevaría; el entrecejo oscuro, la piel de un blanco verdoso que no es natural.
La reina, en cambio, viene rebosante de color, opulenta, con el manto arrastrando por el suelo, y en la mirada esa insolencia altiva de quien lleva años mandando. Solo que, cuanto más cerca, mejor se le ve el fondo de los ojos: sombrío, tan cargado que parece a punto de desatar una matanza.
—Padre. Mi reina. —Adrián cruza el umbral y hace una reverencia, ni fría ni cálida—. Mi cuerpo enfermo no me permite salir a recibiros de lejos. Ruego a mi padre y a la reina que me perdonen.
Yo lo sostengo del brazo y me inclino con él.
—Padre. Mi reina.
—¿Adrián? —El rey se sobresalta, entre el asombro y la alegría, y lo mira sin dar crédito—. ¿Puedes ponerte en pie?
A la reina se le contraen las pupilas. Ver a Adrián de pie, entero, sin un rasguño, le congela la mirada hasta volverla hielo.
Desvía los ojos despacio y me observa a mí, que sigo con la vista baja. En el fondo de su mirada hay algo helado y asesino.
—Anteanoche, en mi boda —responde Adrián, sin levantar los ojos—, estaba aturdido, con las entrañas ardiendo, incapaz de moverme. De pronto sentí una frescura recorrerme el cuerpo. Desperté ya de noche y supe que tenía esposa. Estos dos días la princesa me ha cuidado con esmero, y mi ánimo mejora de día en día. Todo esto se lo debo a usted, padre, que me concedió este matrimonio. Le doy las gracias, y también a la princesa por atenderme como lo hace.
—¿Ah, sí? —El rey se vuelve hacia mí, con la mirada indagadora—. ¿Tan prodigiosa es la princesa?
—Solo hago lo que debe hacer una esposa —contesto.
La reina, con el rostro ensombrecido, clava en mí sus ojos afilados y sombríos.
—Me han dicho que la noche en que la princesa entró en este palacio hizo alarde de fuerza. No solo lo revolvió todo, sino que quemó a Rufina, el aya que envié yo.
—Que la reina serene su ira. —Bajo la vista, con tono humilde—. Fue esa Rufina la que, delante de todos, se dedicó a manchar el buen nombre de mi reina. Por eso me permití darle un pequeño escarmiento.
—¿Manchar el nombre de la reina? —El rey no entiende—. ¿Cómo es eso?
—Rufina decía que la reina, a propósito, quería poner en apuros a la recién llegada, y por eso hizo instalar en el zaguán un brasero de dos pies de ancho por diez de largo, con una plancha de hierro al rojo, y me exigió que pasara descalza por encima. Pero una mujer es de constitución delicada; ¿cómo iba a pisar el hierro candente sin quemarse? La reina, madre de todo el reino, es de corazón benévolo; jamás cometería una crueldad semejante. Por eso pensé que Rufina mentía, que buscaba a propósito manchar el nombre de mi reina.
A la reina se le enfría la mirada. Las manos, caídas a los costados, se le cierran hasta clavarse las uñas.
¿Cruel?
Esta pequeña víbora tiene un descaro sin límites. Se atreve a llamarla cruel a la cara.
—Así que la princesa, nada más entrar, se enzarzó con Rufina y la obligó por la fuerza a subir a la plancha del brasero —dice la reina, con la voz como veneno.
—Rufina insistía en que había que ahuyentar la mala suerte de esa forma. Yo le dije que el brasero era demasiado grande para cruzarlo, pero ella no me hizo caso: se empeñó en probarlo ella misma, y así fue como se quemó. —Bajo la cabeza y suspiro con teatro—. Yo no crucé ningún brasero, y aun así le he traído buena suerte a mi esposo. Ya se ve que eso de cruzar el fuego para espantar el mal es pura superstición. No hay que fiarse.
El rey, al oír todo esto, ya lo entiende perfectamente.
El aya que envió la reina quiso humillar a la princesa el día de la boda, y al final le salió el tiro por la culata: cayó en su propia trampa.
Estudia con atención el semblante de Adrián. Sus ojos turbios se detienen en el rostro del hijo, tan parecido al de su madre. Algo oscuro le cruza la mirada, y asiente despacio.
—Adrián tiene hoy muy buena cara. Se le ve mucho más despierto que antes.
—Es curioso —dice Adrián, con la vista baja y un temblor de emoción que no logra ocultar—. Aquella noche ni siquiera sabía que me casaba. Siempre estuve tan débil que hasta hablar me costaba un esfuerzo enorme. Y esa noche, de pronto, recuperé las fuerzas. —Hace una reverencia profunda—. Al incorporarme vi que alguien estaba sentado junto a mi lecho, y así supe que era mi esposa. Le agradezco, padre, este matrimonio. La princesa debe de ser la estrella bendita de mi destino: con solo llegar, la mitad de mi mal se ha curado.
Al rey se le enternece el rostro.
Desde que murió la favorita, Adrián se había ido volviendo cada día más frío con él. Incluso cuando su cuerpo mejoraba un poco, muchas veces lo miraba como si no existiera, o le montaba una escena de furia.
Nunca imaginó que un solo matrimonio pudiera alegrarlo tanto, mejorar así su cuerpo y cambiar de este modo su trato hacia él.
En su alegría, hasta la mirada que dirige hacia mí se ha vuelto mucho más afable.
—Por lo visto, la princesa y tú tienen buena estrella juntos. Este enlace lo concedí bien. —El rey está de un humor excelente; en su cara demacrada, antes blanca y verdosa, asoma incluso algo de color—. Más tarde tendré que dar las gracias como es debido al marqués de Montenegro.
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
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