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LA ISLA DEL PROYECTO CREPÚSCULO

LA ISLA DEL PROYECTO CREPÚSCULO

Status: En proceso
Genre:Aventura / Hijo/a genio / Fantasía LGBT
Popularitas:189
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.

Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.

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NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: CAZADORES DESDE LAS NUBES

Llevábamos ya once días completos atrapados. Once amaneceres grises, once noches negras donde el sueño nunca llegaba del todo, once veces que nos despertábamos con la misma esperanza frágil en el pecho y once veces que el sol se ocultaba llevándosela otra vez consigo. Habíamos aprendido a mirar entre los árboles, detrás de las rocas, a la altura de nuestros ojos o más abajo; habíamos aprendido a escuchar el silencio, a desconfiar de nuestra propia sombra, a no caminar nunca por zonas abiertas sin cubrirnos bien los flancos. Nos habíamos acostumbrado al peligro que venía de frente, de los lados o desde el suelo. Pero cometimos el error más estúpido y peligroso de todos: **nos olvidamos por completo de mirar hacia arriba**.

El sol de mediodía brillaba con fuerza inusual entre las nubes altas, calentando la selva húmeda hasta hacer el aire pesado y denso como agua tibia. Habíamos salido del almacén en dos grupos para buscar provisiones: Leo, Bruno y Javier recogían frutos comestibles y plantas medicinales que Mia señalaba en sus apuntes, mientras Álex, Marcos, Ramón y yo revisábamos el perímetro de las defensas que habíamos levantado con estacas afiladas, alambres retorcidos y troncos cruzados. Mia se había quedado dentro ordenando el botiquín y clasificando todo lo que habíamos conseguido hasta el momento.

Caminábamos despacio, en silencio, con los oídos bien abiertos a cualquier crujido, cualquier soplo, cualquier cambio mínimo en el ruido de la selva. Yo iba delante, y por dentro mi mente no descansaba ni un segundo: recorría mentalmente todo el mapa de la zona, calculaba ángulos de visibilidad, distancias de escape, puntos ciegos, probabilidades de emboscada por cada metro que avanzábamos. Hacía rato que algo no encajaba. Un detalle pequeño, casi imperceptible, que mi cerebro había registrado automáticamente pero que aún no lograba poner nombre: **desde hacía casi veinte minutos, no se oía ni un solo pájaro, ni siquiera muy lejos. Y el viento, que soplaba suave y constante, de repente había dejado de mover las hojas más altas de los árboles, solo las altas**.

Me detuve en seco y levanté la mano para parar a los demás. Los tres se quedaron quietos al instante, acostumbrados ya a que mis paradas intempestivas casi siempre significaban peligro cerca.

—¿Qué pasa? —susurró Álex, con el ceño fruncido y esa mezcla eterna de desconfianza y respeto que ya solo sabía poner conmigo—. ¿Otra vez tu “intuición”?

—No es intuición —respondí muy bajito, sin apartar la vista de la copa de los árboles, donde la luz del sol empezó a parpadear de forma extraña, como si algo grande y oscuro pasara y pasara una y otra vez tapándola—. Algo está mal ahí arriba. Muy mal.

Marcos levantó la mirada rápido y frunció el ceño, confundido.

—Arriba no hay nada, Dan. Solo nubes y ramas. Llevamos toda la semana mirando al suelo y entre la maleza, ahora resulta que el peligro está en el cielo…

No terminó de hablar.

Lo primero que oímos no fue un grito, ni un aleteo, ni un rugido. **NO OÍMOS NADA EN ABSOLUTO**. Solo sentimos un golpe de aire helado y muy fuerte que nos golpeó la cabeza y los hombros como si alguien nos hubiera tirado un saco de cemento desde diez metros de altura, y luego el grito desgarrador de Javier desde el claro donde estaban los otros tres.

Corrimos de inmediato, saltando troncos y maleza, el corazón a mil por hora. Al llegar al claro abierto vimos por primera vez a los **PTERANODONES DE SOMBRA**, y entendimos en ese instante por qué nadie sobrevivía mucho tiempo en las zonas descubiertas.

No eran los animales delgados y frágiles que aparecían dibujados en los libros. GenEvolution los había agrandado, reforzado y modificado hasta convertirlos en **CAZADORES AÉREOS PERFECTOS**. Tenían más de doce metros de envergadura de punta a punta del ala, más grandes que una avioneta pequeña. Sus alas no eran solo piel estirada: eran duras, correosas, con bordes afilados como cuchillas de acero capaces de cortar madera y carne con el simple roce al pasar. Sus picos eran largos, rectos y terminaban en una punta curvada y ganchuda, dura como el hierro, y en la base del cráneo tenían una cresta ósea alargada y afilada que usaban como cuerno o ariete. Lo peor, su terror único: **VUELAN TAN RÁPIDO Y TAN SILENCIOSAMENTE, QUE BAJAN DE LAS NUBES MÁS RÁPIDO DE LO QUE EL SONIDO TARDA EN LLEGAR A TUS OÍDOS. LOS VES ANTES DE OÍRLOS, Y CASI SIEMPRE, CUANDO LOS VES, YA ES DEMASIADO TARDE**.

Había tres de ellos dando vueltas en círculos cerrados muy arriba, invisibles entre el resplandor del sol, y uno más ya estaba abajo, a ras del suelo, revolcándose entre las ramas rotas. Javier estaba tirado en el pasto, con un corte profundo que le recorría todo el hombro y la espalda, la ropa hecha jirones y la sangre brotando rápido. Bruno estaba agachado sobre él cubriéndolo con su propio cuerpo temblando de pies a cabeza, y Leo estaba de pie frente a ambos con un grueso palo levantado, los ojos fijos en la bestia, blanco como la cera del miedo.

—¡BAJAD, CUBRÍOS INMEDIATAMENTE DEBAJO DE LOS ÁRBOLES MÁS GRUESOS Y FRONDOSOS, NO OS QUEDÉIS NI UN SEGUNDO EN EL SITIO ABIERTO! —grité con toda la fuerza de mis pulmones, mientras mi mente calculaba velocidad de descenso, ángulo de ataque, radio de giro, tiempo entre cada pasada—. ¡NO MIRÉIS DIRECTAMENTE HACIA ARRIBA, OS DESLUMBRAN CON EL SOL Y NO LOS VÉIS VENIR!

El animal alzó el cuello y soltó un chillido agudo, cortante, que dolía directo en los tímpanos, y batió las alas una sola vez con fuerza descomunal: levantó una nube de polvo, hojas y piedras pequeñas que nos cegó a todos por unos segundos, y salió disparado hacia arriba en línea recta como una flecha, perdiéndose de nuevo entre la luz cegadora. En cuanto desapareció, los otros tres bajaron de golpe, uno tras otro, en picada vertical, tan rápido que solo se veían tres manchas negras alargadas creciendo de tamaño a una velocidad imposible. Pasaron a escasos centímetros de nuestras cabezas, el aire cortando como navajas, y uno de ellos rozó con el borde del ala el tronco de un árbol de casi treinta centímetros de grosor y lo partió limpiamente por la mitad como si fuera un simple fósforo.

Nos arrastramos, corrimos y nos agolpamos todos juntos debajo de un grupo de árboles inmensos con las copas muy juntas y espesas, formando un techo natural casi impenetrable. Allí, apretados unos contra otros, jadeantes, sudando frío y con el corazón golpeando las costillas con fuerza dolorosa, vimos cómo seguían atacando una y otra vez, chocando contra las ramas gruesas con rabia y frustración, rompiendo ramas menores y hojas por docenas, pero sin poder llegar hasta nosotros.

—¡Javier está perdiendo mucha sangre! —gritó Mia, que había salido corriendo del almacén en cuanto oyó los gritos y llegó con el botiquín abierto en las manos, arriesgándose ella misma a ser atacada—. El corte le ha llegado casi hasta el hueso y ha dañado una vena grande. Si no lo cierro y desinfecto bien en pocos minutos, se le puede infectar o desangrar aquí mismo.

Trabajó rápido, segura y firme, con las manos que no temblaban ni un instante aunque a su alrededor el cielo seguía siendo un infierno de alas y gritos. Limpió, cosió a mano con hilo esterilizado que encontró en los laboratorios, desinfectó con alcohol y plantas, vendó fuerte y ordenó que no se moviera en absoluto. En esos minutos, mientras todos solo pensábamos en correr o en defendernos a golpes, ella fue la verdadera líder. Álex la miró con una expresión que nunca antes habíamos visto: por primera vez, su arrogancia desapareció por completo y solo quedó admiración y gratitud.

Mientras tanto, yo me había sentado en el suelo con la espalda apoyada en un tronco, con una mano en el pecho intentando calmar mi respiración, y los oídos atentos solo a los sonidos que llegaban desde muy arriba. Mi cerebro había empezado a desglosar cada chillido, cada aleteo, cada cambio de tono, y poco a poco fue armando el rompecabezas más aterrador de todos hasta el momento. No eran gritos al azar. No eran ataques por hambre o instinto suelto. **CADA SONIDO TENÍA UN SENTIDO, UNA DURACIÓN, UNA FRECUENCIA DIFERENTE**. Eran mensajes.

Me levanté muy lento y me acerqué a un trozo de pared de hormigón que sobresalía del suelo, y apoyé la frente y el oído directamente contra el frío material. Allí, amplificado por la piedra, lo escuché claro y nítido: vibraciones muy bajas, profundas, continuas, que el oído humano normal no capta si no está pegado a algo sólido. Iban y venían, de un lado a otro de toda la isla.

—No son solo cazadores —dije en voz alta, con la voz seca y helada por el descubrimiento, y todos se quedaron en silencio absoluto mirándome—. Es mucho peor. **SON LOS OJOS, LOS OÍDOS Y LA VOZ DE TODOS ELLOS**.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ramón, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Explícate bien, muchacho.

—Lo que vi y oí —empecé a explicar despacio, eligiendo muy bien las palabras para que pensaran que solo había sido muy atento y nada más—. Esos chillidos, las frecuencias bajas que emiten al volar… están informando de TODO. Dónde estamos, cuántos somos, qué armas llevamos, por dónde nos movemos, dónde hay agua, dónde hay refugios. Y lo peor: **SE LO ESTÁN DICIENDO A LOS DEMÁS. A LOS RAPTORES, AL T‑REX, AL SPINOSAURUS, A TODOS**. Se comunican entre especies distintas gracias a las modificaciones genéticas. Forman una red. Nos vigilan las veinticuatro horas del día desde las nubes, y no hay rincón de la isla donde no puedan vernos si salimos al descubierto. Nunca más tendremos el factor sorpresa a nuestro favor. **ELLOS SABEN DÓNDE ESTAMOS EN CADA INSTANTE**.

Un silencio pesado, frío y mortal cayó sobre los ocho. Ahora todo tenía sentido: por qué cada vez que nos movíamos parecían estar esperándonos, por qué conocían nuestras rutas, por qué atacaban justo en los momentos donde estábamos más débiles o distraídos. No era suerte. **NOS ESTABAN DENUNCIANDO CONSTANTEMENTE DESDE ARRIBA**.

Álex fue el primero en reaccionar, y como casi siempre, lo hizo con rabia, aunque esta vez ya no iba dirigida contra mí, sino contra la situación, contra la isla, contra quienes habían creado aquella pesadilla. Dio una patada fuerte contra una piedra y la mandó rodando lejos.

—¡Entonces es imposible! —gritó con la voz rota por la frustración acumulada de días y noches sin dormir—. ¡Si salimos nos ven, si nos quedamos quietos también nos ven y le dicen a los demás dónde estamos! ¡Estamos vigilados permanentemente, no tenemos ni un solo respiro, ni un solo lugar seguro de verdad! ¡Estamos muertos, lo entendéis de una maldita vez! ¡Estamos muertos y solo nos queda esperar el momento!

—¡CÁLLATE Y DEJA DE DECIR ESO UNA VEZ POR TODAS! —le contestó Leo de golpe, plantándose delante de él con los puños cerrados y los ojos encendidos—. ¡Dan nos acaba de decir exactamente QUÉ es lo que pasa, y eso ya es una ventaja enorme que antes no teníamos! Antes caminábamos ciegos, ahora ya sabemos que el cielo es su territorio y el suelo es el nuestro. ¡Siempre encuentra la forma de ver lo que nadie más ve, y tú lo único que haces es quejarte y gritar que todo está perdido!

—¡Ah, claro, otra vez Dan el mago, Dan el que todo lo sabe, Dan el perfecto! —estalló Álex, y la vieja rabia y los celos volvieron a salir a flote con fuerza, mezclados con el miedo que no se atrevía a admitir—. ¡Dices que solo observas, que solo escuchas, que solo conectas cosas… pero nadie es así de listo, nadie! ¡Siempre ocultas algo, siempre sabes demasiado y nunca explicas de dónde lo sacas! ¡Un día de estos vas a callarte algo realmente importante y nos va a costar la vida a todos, te lo prometo!

—¡ÁLEX, BASTA! —le gritaron a coro Mia, Bruno y Ramón al mismo tiempo. Javier, incluso herido y tirado en el suelo, movió la cabeza negativamente con reproche.

Yo no me enojé. No podía. Porque en el fondo, sabía que tenía razón en algo: yo sí ocultaba cosas. Ocultaba que mi mente procesaba toda esa información en una fracción de segundo, ocultaba que podía calcular trayectorias y frecuencias con una precisión que ningún ser humano normal podría jamás alcanzar, ocultaba que había días en que me asustaba yo mismo de todo lo que veía y entendía sin esfuerzo. Y ocultaba, sobre todas las cosas, que había momentos de mucho peligro donde sentía cómo algo dentro de mí quería salir, algo que podía mover objetos sin tocarlos, y que cada día estaba más difícil de mantener callado.

—Puedes desconfiar de mí todo lo que quieras, Álex —le dije con total calma, mirándolo directo a los ojos—. Tienes todo el derecho. Pero ahora mismo lo único que importa es esto: **ellos nos ven desde arriba, pero NO PUEDEN BAJAR DONDE HAY TECHO DENSO DE ÁRBOLES, TÚNELES O EDIFICIOS CERRADOS**. A partir de hoy, nunca más caminamos por claros abiertos ni por senderos descubiertos. Todo movimiento será solo por zonas cubiertas, pegados a la vegetación más alta y espesa. Y cada vez que veamos una sombra cruzar el sol o el viento cambie de golpe de forma extraña, nos agachamos y nos cubrimos sin dudar ni un instante. Esa es la regla nueva. La única forma de ganarles es quitarles lo que les hace invencibles: la visión total.

Esa noche, mientras el viento soplaba fuerte y oíamos de vez en cuando los chillidos lejanos muy arriba, dando vueltas y vueltas sobre el techo del almacén sin poder entrar, me quedé despierto mucho tiempo después de que todos dormían o hacían guardia. Seguía escuchando esas vibraciones profundas, mensajes que cruzaban la isla de punta a punta. Y entendí algo más que no dije a nadie: **ya no solo nos decían dónde estábamos. Ahora también se estaban organizando entre ellos. Algo mucho más grande y coordinado que cualquier ataque anterior se estaba preparando en la oscuridad**.

Miré hacia la pequeña ventana alta por donde se veía un pedazo de cielo estrellado y negro. Allí, invisibles en la noche, seguían patrullando. No eran simples animales voladores. Eran el sistema de vigilancia perfecto, creado en un laboratorio para que nada ni nadie pudiera esconderse jamás en aquel lugar.

Y lo peor de todo: sabía con total certeza, gracias a esos cálculos que mi mente hacía sola y sin parar, que **esa noche no serían los únicos acercándose al refugio**. Alguien o algo más, mucho más pesado y mucho más inteligente, caminaba muy lento y muy callado acercándose poco a poco, guiado exactamente por lo que ellos le gritaban desde las nubes.

**FIN DEL CAPÍTULO 8**

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😈 Hunter. 😈
Me encantó 🥰 quiero más.
saludos.
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