Hola aaa aquie le straigo otra historia nueva, espero que les guste y que le den mucho amor como a las demás..
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8... La promesa de plata
Los días comenzaron a transcurrir con una calma que, para Alisa, resultaba casi sospechosa.
O al menos... eso era lo que ella creía.
Porque para su padre, las cosas marchaban de maravilla.
Los negocios con el Archiduque Arion avanzaban más rápido de lo esperado, los contratos aumentaban y las ganancias crecían con cada reunión.
Lo curioso era que...
Aquellas "reuniones de negocios" siempre terminaban convirtiéndose en otra cosa.
—Alisa —la llamó Harold una mañana mientras desayunaban.
Ella levantó la vista con desconfianza.
—¿Sí...?
—Esta tarde irás con el Archiduque a inspeccionar unos viñedos.
La joven dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Otra vez?
—Es trabajo.
—Padre... la semana pasada fuimos a una librería "por trabajo".
—Así fue.
—Y dos días después a una exposición de carruajes "por trabajo".
—También.
—Y ayer a un concierto "por trabajo".
Harold asintió con total seriedad.
—Los negocios requieren mucha dedicación.
Alisa suspiró resignada.
—Padre...
—¿Sí?
—Está intentando emparejarme con él.
El barón fingió sorpresa.
—¿Yo?
—Sí.
—Qué imaginación tienes.
La joven entrecerró los ojos.
—No sabe mentir.
Harold soltó una carcajada.
—Tal vez un poquito.
—¡Padre!
La casa volvió a llenarse de risas.
Para Arion, aquellas reuniones se habían convertido en la parte favorita de sus días.
No importaba el motivo.
Una inspección.
Una comida.
Una caminata.
Cualquier excusa era suficiente si significaba pasar unas horas junto a Alisa.
Algo dentro de él cambiaba cuando ella sonreía.
Cuando hablaba sin detenerse sobre libros antiguos.
Cuando se distraía observando una mariposa.
Cuando reía.
Aquellas pequeñas cosas...
Comenzaban a volverse indispensables.
Y eso lo inquietaba.
Esa tarde llegaron a la residencia Beaumont.
Arion descendió del carruaje acompañado por Alisa.
Cuando cruzaban el jardín, varios sirvientes aparecieron cargando enormes ramos de rosas blancas.
Eran tantos que apenas podían sostenerlos.
Alisa se detuvo.
—¿Flores?
Uno de los mayordomos hizo una reverencia.
—Han llegado hace unos minutos, señorita.
Arion dirigió la mirada hacia las tarjetas.
Reconoció inmediatamente el sello imperial.
Su expresión permaneció serena.
Pero una extraña incomodidad recorrió su pecho.
—¿Quién las envió?
El mayordomo respondió con naturalidad.
—Su Alteza, el príncipe heredero.
El silencio cayó entre ambos.
Alisa suspiró.
—Otra vez...
Arion la observó unos segundos.
Después habló con tranquilidad.
—¿Mantiene alguna relación con el príncipe?
Ella giró inmediatamente hacia él.
—¿Qué?
—Las flores suelen enviarse con una intención.
Alisa negó varias veces.
—No.
Ninguna.
Jamás.
Él permaneció observándola.
Esperando.
Ella bajó lentamente la mirada.
—Él me invitó al Festival de la Luna...
—¿Aceptó?
—No.
Arion sintió cómo la tensión de su pecho disminuía.
Pero Alisa continuó hablando.
—Y... desde entonces comenzaron a llegar regalos.
Se mordió ligeramente el labio.
—Me siento un poco culpable.
Arion frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque quizás él piensa que todavía tiene alguna oportunidad...
Levantó lentamente la mirada.
—Y ahora paso casi todos los días con usted.
No quiero que ninguno de los dos crea algo que no existe.
Sus palabras fueron completamente sinceras.
Arion la observó en silencio.
Después dio un paso hacia ella.
Metió una mano dentro del bolsillo de su abrigo.
Y sacó una pequeña caja de terciopelo negro.
—Tengo algo para usted.
Alisa abrió los ojos.
—¿Para mí?
Dentro descansaba una delicada pulsera de plata.
Era fina y elegante.
En el centro brillaba un pequeño cristal oscuro rodeado por diminutas figuras de dragones entrelazados.
—Es hermosa...
Arion tomó la pulsera con cuidado.
—¿Me permite?
Ella extendió lentamente la muñeca.
Los dedos de Arion rozaron suavemente su piel mientras colocaba el broche.
Aquel simple contacto bastó para acelerar nuevamente el corazón de ambos.
Alisa contempló la joya.
—Es preciosa.
No puedo aceptarla...
—Sí puede.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué regalarme algo tan valioso?
Arion permaneció unos segundos en silencio.
Después respondió con total honestidad.
—Porque cuando la vi...
Pensé que le pertenecería a usted.
Alisa sintió que el rostro comenzaba a calentarse.
Desvió la mirada para ocultar su vergüenza.
—Gracias...
La sonrisa que apareció en los labios de Arion fue tan leve que solo ella logró verla.
Cuando el carruaje del Archiduque abandonó la residencia...
Alisa permaneció observándolo hasta que desapareció en el camino.
Después respiró profundamente.
—Señorita.
El mayordomo seguía esperando instrucciones junto a los enormes ramos de flores.
Ella volvió a mirar las rosas blancas.
Permaneció pensativa unos segundos.
Luego habló con decisión.
—Devuélvanlas al Palacio Imperial.
El mayordomo quedó sorprendido.
—¿Está segura?
—Sí.
Y, por favor...
A partir de hoy no acepten más flores, regalos ni cartas del príncipe heredero.
Si vuelve a enviar algo...
Regrésenlo inmediatamente.
—Como ordene, señorita.
Alisa acarició distraídamente la pulsera de plata.
—No quiero seguir alimentando un malentendido.
Ignoraba por completo...
Que alguien más estaba escuchando cada una de sus palabras.
En su carruaje...
Arion permanecía en absoluto silencio.
Sobre su muñeca izquierda descansaba una pulsera idéntica a la de Alisa.
Ambas joyas habían sido creadas con un antiguo cristal de resonancia usado por los dragones para mantenerse comunicados a grandes distancias.
De pronto...
Una voz suave llegó hasta sus oídos.
Era la voz de Alisa.
"...Devuélvanlas al Palacio Imperial..."
Arion abrió lentamente los ojos.
"...No acepten más flores..."
Cada palabra resonaba con claridad.
"...No quiero seguir alimentando un malentendido..."
El Archiduque permaneció inmóvil.
Su mano se cerró lentamente sobre la pulsera.
Por primera vez en muchos años...
Sintió una paz que desconocía.
Ella había rechazado todos los regalos del príncipe.
No porque alguien se lo hubiera pedido.
Sino porque ella misma lo había decidido.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
Sin embargo...
Aquella tranquilidad duró apenas unos segundos.
Porque una idea comenzó a abrirse paso en su mente.
Si otros hombres podían enviarle flores...
También podían intentar arrebatársela.
Y esa posibilidad...
Despertó un sentimiento nuevo en el corazón del dragón.
No era amor.
Ya no solamente.
Era una necesidad silenciosa de protegerla...
Y de no permitir que nadie más ocupara el lugar que, sin darse cuenta, ella ya había tomado en su vida.
Gracias autora /Heart//Rose//Heart/