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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 2

​El sector sur de Asque era una herida abierta que nunca terminaba de cicatrizar. Allí, donde el asfalto cedía ante el barro y los edificios parecían sostenerse unos a otros por pura inercia, la humedad se filtraba en los huesos y la esperanza era un lujo que nadie podía costear. Evelyn caminaba con la cabeza baja, pero no por sumisión, sino por cálculo. Conocía cada grieta del pavimento, cada callejón que servía de escape y cada sombra que podía ocultar a un informante del régimen.

​Su refugio era una antigua botica abandonada, un edificio de ladrillos ennegrecidos cuyo letrero de madera colgaba de una sola cadena, gimiendo con el viento.

Al entrar, el olor a moho era rápidamente sofocado por la fragancia terrosa de las hierbas secas, el alcohol isopropílico y el aroma dulzón de la manzanilla. Era un oasis de orden en medio del caos exterior.

​Evelyn dejó escapar un suspiro que parecía haber estado reteniendo desde la plaza. Sus manos, aún temblorosas, soltaron el morral sobre la mesa de madera astillada.

​—¿Estás bien? Te ves como si hubieras visto al mismo segador —dijo una voz desde el fondo del salón.

​Era Selina, su amiga y confidente, una mujer de manos endurecidas por el trabajo y ojos que habían visto demasiadas despedidas. Estaba limpiando vendas usadas en un balde de agua tibia, sus movimientos eran mecánicos, eficientes.

​Evelyn se dejó caer en una silla, frotándose las sienes. La imagen de William, erguido sobre aquel estrado como un dios de obsidiana, seguía quemando sus pupilas.

​—Lo vi, Selina —susurró Evelyn, su voz apenas un eco entre los frascos de vidrio—. Estuve a metros de él. El Comandante supervisó la ejecución de hoy.

​Selina se tensó, dejando que el trapo cayera al agua con un chapoteo sordo. Se acercó a Evelyn, escrutando su rostro con preocupación.

​—Te dije que no fueras a la plaza central. Los guardias están nerviosos, el Comandante está más errático que nunca. ¿Te vio alguien? ¿Entregaste el láudano?

​Evelyn asintió, pero sus pensamientos estaban en otro lugar. Se miró las manos; pequeñas, manchadas de polen y polvo, y recordó la mano enguanteada de William sobre el pomo de su sable. Un gesto de poder puro, destinado a destruir.

​—Me vio —confesó Evelyn, y el aire en la habitación pareció volverse más pesado—. Nos miramos a los ojos. Fue... aterrador. Es un monstruo, Selina. No hay rastro de piedad en él, solo esa disciplina gélida que parece congelar todo lo que toca. Su mirada es como un abismo de metal.

​Evelyn hizo una pausa, apretando los labios. Sus dedos jugaron distraídamente con un hilo suelto de su túnica.

​—Pero hubo algo más —continuó, bajando aún más la voz, como si temiera que las paredes la escucharan—. Cuando lo miré, no solo sentí miedo. Sentí una tristeza que me partió el pecho. No sé cómo explicarlo, pero debajo de toda esa parafernalia militar y ese orgullo herido, vi a alguien que está solo. Un vacío que me resultó... extrañamente familiar. Sentí ganas de llorar por él, Selina. ¿Cómo puedo sentir lástima por un verdugo?

​Selina la tomó de los hombros, obligándola a mirarla.

​—Evelyn, escúchame bien. Esa compasión tuya es lo que te mantiene viva en este infierno, pero también es lo que te va a matar. Ese hombre ha bañado las calles de Asque en sangre. No busques humanidad donde solo hay cicatrices y órdenes. Él es la ley de hierro, y tú eres solo una molestia en su camino. Olvida esa tristeza.

​Evelyn no respondió. No podía explicar que esa "tristeza" no era un pensamiento lógico, sino un instinto visceral, una conexión que vibraba en la misma frecuencia que sus recuerdos más antiguos y borrosos.

​Antes de que pudiera debatir, un estruendo rompió la paz del refugio.

​¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

​El sonido de culatas de fusil golpeando puertas metálicas resonó desde la calle contigua. Los gritos de mando y el crujir de la madera astillada llenaron el aire. La patrulla militar de limpieza estaba más cerca de lo habitual.

​—¡Están aquí! —exclamó Selina en un susurro frenético—. Han empezado las redadas del sector sur.

​Evelyn reaccionó de inmediato. El miedo se transformó en una adrenalina fría y analítica. Cruzó la habitación hacia un rincón oscuro detrás del mostrador de la botica. Allí, envuelto en mantas andrajosas, yacía Leo, un niño de no más de diez años con una herida de bayoneta infectada en el muslo. Sus ojos estaban inyectados en sangre por la fiebre, pero al escuchar los golpes en la calle, el pequeño intentó levantarse, sofocando un grito de dolor.

​—Shh, pequeño. No hagas ni un ruido —Evelyn le puso una mano firme sobre la boca, sus gestos eran suaves pero urgentes—. Vas a estar bien, te lo prometo.

​Con una fuerza que su cuerpo menudo no parecía poseer, Evelyn tiró de una alfombra raída, revelando una trampilla de madera oculta bajo el polvo. Era un sótano estrecho, húmedo y sofocante, diseñado originalmente para almacenar carbón, pero que ella había convertido en una cámara de salvación.

​—Selina, ayúdame —ordenó.

​Entre las dos bajaron al niño al agujero. Leo gemía débilmente, sus dedos aferrándose a la manga de Evelyn. Ella le dio un apretón rápido antes de cerrar la trampilla. Volvió a colocar la alfombra y, con movimientos rápidos y precisos, esparció un poco de polvo de tiza y aserrín sobre los bordes para disimular las juntas de la madera.

​Apenas se puso en pie, la puerta principal de la botica voló en pedazos.

​Dos soldados con cascos de visera oscura y uniformes grises irrumpieron, apuntando con sus rifles. El olor a ozono y cuero negro inundó el espacio. Tras ellos, el sargento de la patrulla entró con paso pesado, golpeando su fusta contra la palma de su mano enguantada. Sus ojos recorrieron el lugar con desprecio, deteniéndose en los frascos y las hierbas.

​—Inspección sanitaria y de seguridad pública —ladró el sargento. Su mirada se posó en Evelyn, que permanecía de pie en el centro de la sala, con las manos entrelazadas al frente, ocultando su temblor—. Hemos recibido informes de que aquí se esconden agitadores y se trafica con suministros médicos del Estado.

​—Somos solo una clínica comunitaria, señor —dijo Evelyn. Su voz era clara, desprovista de la sumisión que el soldado esperaba, lo que lo irritó de inmediato—. Ayudamos a los ancianos con reumatismo y a los niños con gripe. No hay nada aquí que deba preocupar al Comandante.

​El sargento soltó una carcajada seca y cruel.

​—Al Comandante le preocupa todo lo que no esté bajo su bota directa, niña.

​Con un gesto brusco, el sargento derribó una estantería llena de frascos de vidrio. El sonido del cristal rompiéndose fue como una explosión. Evelyn no parpadeó, aunque cada frasco perdido era una vida que quizás no podría salvar. Selina retrocedió contra la pared, con el rostro pálido.

​Uno de los soldados comenzó a golpear el suelo con la culata de su fusil. El sonido rítmico se acercaba peligrosamente a la zona de la alfombra. Evelyn sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Si Leo tosía, si se movía por el dolor, todo estaría acabado.

​—¿Qué hay bajo esa alfombra? —preguntó el sargento, entrecerrando los ojos mientras caminaba hacia el mostrador.

​Evelyn se interpuso en su camino, bloqueando el acceso al rincón. Su corazón latía tan fuerte que temía que el sargento pudiera verlo a través de su ropa.

​—Solo humedad y ratas, señor. El edificio se está cayendo a pedazos —respondió ella, forzando una sonrisa amarga—. A menos que quiera ensuciar sus brillantes botas con el moho del sector sur, le sugiero que revise la trastienda. Allí es donde guardamos el inventario de alcohol.

​La mención del alcohol distrajo al sargento. En Asque, los suministros médicos eran moneda de cambio y placer para los soldados de bajo rango. El hombre hizo una seña a sus subordinados para que se dirigieran a la trastienda.

​Durante cinco minutos que parecieron siglos, Evelyn escuchó el sonido de cajas siendo destrozadas y el tintineo de botellas. Ella permaneció inmóvil, rezando en silencio por el niño oculto bajo sus pies. Miró hacia la ventana rota; a lo lejos, la torre del cuartel general de William se alzaba como un colmillo negro contra el cielo gris.

​Inconscientemente, su mano subió a su cuello, buscando un consuelo que no estaba allí. Recordó la mirada de William en la plaza. ¿Sabría él lo que sus hombres estaban haciendo en ese momento? ¿O era él quien había dado la orden específica de presionar el sector sur tras ese encuentro visual?

​Finalmente, los soldados regresaron, cargando un par de cajas con suministros. El sargento se acercó a Evelyn, quedando a escasos centímetros de su rostro. Podía oler el tabaco rancio en su aliento.

​—Tienes suerte de que el Comandante esté de buen humor hoy después de la ejecución —dijo el sargento, pasando la punta de su fusta por la mejilla de Evelyn—. Pero volveremos. Y la próxima vez, no me conformaré con unas botellas de alcohol.

​Con un último empujón a una mesa, los soldados salieron del lugar, dejando tras de sí un rastro de destrucción.

​Evelyn esperó hasta que el sonido de sus botas se desvaneció y el motor del camión militar se perdió en la distancia. Solo entonces se derrumbó de rodillas sobre la alfombra. Sus dedos se clavaron en la tela mientras el aire regresaba a sus pulmones en jadeos entrecortados.

​—¿Se han ido? —la voz de Selina era un hilo tembloroso mientras salía de su escondite en la cocina.

​—Sí... —Evelyn comenzó a apartar la alfombra con desesperación—. Ayúdame, Leo necesita aire.

​Abrieron la trampilla y sacaron al niño. Estaba empapado en sudor frío, con los ojos vidriosos, pero vivo. Había mordido un trozo de manta para no gritar cuando los soldados golpeaban el suelo.

​Evelyn lo abrazó con una ternura dolorosa. Mientras limpiaba la frente del niño, sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a soltar. La injusticia de Asque no era solo la muerte en la plaza; era este miedo constante, este asedio a la inocencia.

​—Ese hombre... William —susurró Evelyn, mirando de nuevo hacia la torre del cuartel—. Ha convertido nuestra casa en una cárcel.

​—Y tú sigues sintiendo tristeza por él —le recordó Selina, con una mezcla de reproche y asombro.

​Evelyn guardó silencio. No era una tristeza que justificara sus actos, era la tristeza de ver a un arquitecto de la muerte que alguna vez debió conocer la vida. En su mente, una imagen fragmentada volvió a surgir: dos manos pequeñas entrelazadas bajo la sombra de un árbol que ya no existía.

​—Siento tristeza por lo que perdió para llegar a ser lo que es —dijo finalmente Evelyn, levantándose para comenzar a recoger los vidrios rotos—. Pero no te equivoques, Selina. Si tengo que enfrentarme a él para salvar a este niño, lo haré. Aunque sea lo último que haga.

​Esa noche, mientras Asque se sumergía en una oscuridad impuesta por el toque de queda, Evelyn no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el azul gélido de William. No sabía que, en ese mismo momento, en la cima de la torre negra, el Comandante estaba sentado frente a su escritorio, sosteniendo una ficha militar con la descripción física de una mujer del sector sur, ignorando los informes de guerra mientras su mente se perdía en el recuerdo de una mirada que no había podido doblegar.

​La caza había comenzado, pero en el corazón de la botica en ruinas, la resistencia acababa de encontrar una razón más para no rendirse. Evelyn sabía que sus caminos volverían a cruzarse, y esta vez, el refugio de las sombras no sería suficiente.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
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celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
💯💯👍👍
Celina Espinoza
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Fernanda
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Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
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Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
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Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
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