"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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Bajo el mismo cielo
Los días en el norte dejaron de contarse por fechas.
Comenzaron a medirse por tormentas.
Por aldeas abastecidas.
Por caminos despejados.
Y por vidas salvadas.
Sin darse cuenta, los seis meses que Azel debía permanecer en el Ducado Bennett habían quedado atrás.
Sin embargo, el invierno seguía castigando las montañas con una fuerza desconocida incluso para sus habitantes.
El príncipe permaneció.
No porque alguien se lo ordenara.
Sino porque marcharse mientras el norte sufría habría significado traicionar todo aquello que había aprendido durante la Travesía del Heredero.
Con el paso de las semanas, los soldados dejaron de verlo como al príncipe del Imperio.
Era simplemente Azel.
Un hombre más dispuesto a cargar sacos de harina, abrir caminos entre la nieve o pasar noches enteras patrullando la frontera.
Y casi siempre...
Terminaba trabajando junto a Lady Olaya.
Ella seguía siendo la misma.
Reservada.
Amable.
Inquebrantable.
Jamás hacía referencia a su posición como heredero imperial.
Le daba instrucciones con la misma naturalidad con la que lo hacía con cualquier soldado.
—Esos barriles deben ir primero.
—No olvide revisar las riendas antes de partir.
—Coma algo antes de salir. No será de ayuda si se desmaya.
Aquellas palabras siempre arrancaban una sonrisa a Azel.
Nadie en el Palacio Imperial se habría atrevido a hablarle de aquella manera.
Y, curiosamente...
Le agradaba.
Por primera vez en su vida, alguien parecía ver al hombre antes que a la corona.
Una mañana, cuando el sol apenas comenzaba a asomarse entre las montañas, un grupo de exploradores regresó al castillo con noticias preocupantes.
Una pequeña aldea había quedado completamente aislada.
Entre sus habitantes había varios niños y ancianos.
Si la ayuda no llegaba antes del anochecer...
Muchos no sobrevivirían.
El Duque Cedric reunió rápidamente a sus hombres.
—Debemos movernos ahora.
La tormenta regresará antes del atardecer.
Azel dio un paso al frente.
—Voy con ustedes.
Olaya ya estaba ajustando la montura de su caballo.
—Entonces procure seguir el ritmo.
Una ligera sonrisa apareció en los labios del príncipe.
—Haré el intento.
Las primeras horas transcurrieron sin incidentes.
El convoy consiguió entregar alimentos, mantas y medicinas.
Los niños recibieron la ayuda con sonrisas tímidas.
Los ancianos agradecieron cada saco de harina como si fuera un tesoro.
Cuando emprendieron el regreso...
El cielo cambió.
Las nubes oscurecieron las montañas.
El viento comenzó a rugir entre los pinos.
Olaya levantó la vista.
Su expresión se volvió seria.
—No me gusta esto.
Uno de los soldados observó el horizonte.
—Aún estamos a tiempo.
No terminó la frase.
Una violenta ráfaga de nieve golpeó al grupo.
Los caballos relincharon nerviosos.
En cuestión de minutos, el sendero desapareció bajo un manto blanco.
No se distinguía el camino.
Ni las montañas.
Ni a los propios compañeros.
—¡No se separen! —gritó Cedric.
Pero la tormenta se tragó su voz.
Azel sintió cómo su caballo perdía el equilibrio.
Descendió rápidamente para evitar que el animal cayera por una pendiente cubierta de hielo.
Intentó localizar al resto.
Solo encontró una silueta entre la nieve.
Olaya.
Ella también había quedado separada del convoy.
—¡Por aquí! —gritó.
El viento casi devoró sus palabras.
Olaya señaló una pequeña construcción de piedra apenas visible entre la ventisca.
—¡Rápido!
Ambos corrieron cuanto pudieron.
Empujaron la vieja puerta de madera y entraron.
El viento la cerró de golpe tras ellos.
El silencio fue inmediato.
Solo el crujir de la madera y el rugido lejano de la tormenta rompían la calma.
La cabaña era pequeña.
Un refugio abandonado por antiguos cazadores.
Olaya dejó escapar un largo suspiro.
—Esperaremos aquí.
Ni siquiera mi magia puede detener una tormenta como esta.
Azel observó el exterior a través de la diminuta ventana.
Todo era blanco.
No existía cielo.
No existía camino.
Solo nieve.
Y por primera vez desde que había llegado al norte...
Se encontró completamente solo con ella.