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LA JAULA DE ESMERALDA

LA JAULA DE ESMERALDA

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro
Popularitas:923
Nilai: 5
nombre de autor: NATALIA ORTEGA

El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?


.Confirmo que soy la autora, la autora de esta obra y poseo todos los derechos de autor,

.Estoy de acuerdo con los terminos de MangaToon.

NovelToon tiene autorización de NATALIA ORTEGA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

17. LA DECISION DE LA JAULA.

Emiliano vio los boletos.

Vio los 5 millones. Vio mi cara.

Y su mundo se cayó a pedazos en silencio.

Por un segundo, no fue el CEO. No fue el monstruo. Fue el niño del ático otra vez, viendo a su mamá subirse a un auto y no mirar atrás.

“Te vas”, no fue pregunta. Fue sentencia. Su voz, plana. Muerta.

Cerró la puerta del comedor tras de sí. Con llave. Ahora sí. Ahora la jaula era real.

“Emiliano, déjame explicar…”, di un paso al frente.

“¿Explicar qué?”, se rio. Sin humor. Una risa que cortaba. “¿Que mi padre te ofreció dinero y lo tomaste? ¿Que eres igual que ella? Dime, Esmeralda, ¿los 5 millones son por no tenerme lástima… o porque valgo menos que 10?”

El golpe me dejó sin aire. Porque él no sabía de la segunda oferta. Creía que yo había elegido los 5 millones. Creía que había elegido irme.

Y algo dentro de mí se rompió. La lastima. La culpa. La niña buena que quería salvarlo.

No.

Si él iba a ver un monstruo, le iba a dar un monstruo.

Caminé hacia la mesa. Agarré el folder. Y frente a sus ojos grises, helados, incrédulos… rompí los boletos de avión en dos. Luego en cuatro. Luego en ocho.

Los pedazos cayeron a la alfombra como nieve sucia.

“No me voy”, dije. Mi voz no tembló. “Así que guarda tu discurso de abandono para otra.”

Él parpadeó. Descolocado. Por primera vez en su vida, no tenía el control del guion.

“¿Qué?”, dio un paso atrás. Como si yo fuera la peligrosa.

“Tu padre me dio 24 horas”, me acerqué a él. Invadiendo su espacio. Obligándolo a oler mi rabia. “5 millones por irme ahora. 10 millones por quedarme, darte un hijo y largarme después.”

La cara de Emiliano se desfiguró. Primero, sorpresa. Luego, comprensión. Y luego… una furia asesina, negra, dirigida a su padre. No a mí.

“Él… te propuso…” Su mandíbula se marcó. Las venas de su cuello, tensas. “Se atrevió a ponerle precio a mi hijo.”

“Así es”, confirmé. Disfrutando de su dolor por un segundo. Porque yo también estaba rota. “¿Y sabes qué es lo peor, Emiliano de la Rosa?”

Lo empujé. Con las dos manos en el pecho. Él no se movió. Pero sus ojos ardieron.

“Lo peor es que por un segundo… lo consideré.”

El silencio. La verdad, cruda, sobre la mesa.

“Consideré agarrar los 10 millones. Consideré darte el heredero que tanto quieres. Consideré parir a tu hijo y dejarlo aquí, contigo, en esta casa fría, para que crezca igual que tú.” Mi voz se quebró, pero no bajé la mirada. “Consideré ser tu madre.”

Él respiró como si le hubiera clavado un cuchillo.

“Y luego te vi”, susurré. “Al niño de 8 años en el ático. Con sus cartas sin abrir. Y entendí que si yo hacía eso… si te daba un hijo para abandonarlo… me mataría. No al CEO. No al monstruo. Al niño.”

Las lágrimas me bajaron. No de tristeza. De furia.

“Así que no. No agarro los 5 millones. Y no agarro los 10.”

Agarré el estado de cuenta. Lo rompí también.

“Me quedo”, le dije. “Pero bajo mis reglas.”

Él estaba inmóvil. Procesando. Un animal acorralado que no sabía si atacar o huir.

“Primera regla”, levanté un dedo. “Quemas el contrato del heredero. Hoy. Delante de mí. No quiero hijos contigo. No ahora. No así. No como transacción.”

Tragó saliva.

“Segunda regla”, otro dedo. “Tu padre no vuelve a poner un pie en esta casa. Si lo hace, yo me voy. Y esta vez, no rompo boletos. Los uso.”

Su pecho subía y bajaba.

“Y tercera regla”, mi voz bajó a un susurro. Me puse de puntitas, hasta que mis labios rozaron su oído. “Dejas de tratarme como a tu madre. Yo no me voy a ir, Emiliano. Pero si vuelves a encerrarme, si vuelves a comprarme, si vuelves a verme como una deuda… entonces sí te voy a abandonar. Y te prometo que dolerá más que lo que ella te hizo.”

Me separé. Lo dejé temblando. De furia. De miedo. De algo que él no sabía nombrar.

“¿Aceptas?”, pregunté. “¿O prefieres que le llame a tu padre y le diga que acepto los 10 millones?”

El farol. La apuesta más grande de mi vida.

Emiliano me miró. Por un eterno minuto. Vi la guerra en sus ojos. El niño vs. el monstruo. El amor vs. el control.

Entonces, caminó hacia la chimenea. Sacó un encendedor de plata de su bolsillo.

Y sin decir una palabra, sacó el contrato del heredero de un cajón que yo no sabía que existía.

Lo acercó a la flama.

El papel prendió rápido. Las cláusulas, las firmas, el precio de un hijo… se hicieron cenizas en segundos.

Cuando terminó, tiró el encendedor a la chimenea. Se giró hacia mí.

Sus ojos ya no eran hielo. Eran brasas.

“Trato hecho”, su voz fue ronca. Rota. Real. “Pero tú también tienes reglas nuevas, Esmeralda.”

Dio tres pasos. Eliminó el espacio entre nosotros. Me agarró la cara con las dos manos. No fuerte. Desesperado.

“Primera regla: si te vas, te busco. Y cuando te encuentre, no habrá más contratos. No habrá más jaulas. Habrá guerra.”

Su frente se pegó a la mía.

“Segunda regla: si lloras por mi culpa, me mato.”

Y tercera. No la dijo. La hizo.

Me besó.

No como la noche de la lluvia. No con desesperación. No con posesión.

Me besó como un hombre que se ahoga y encuentra aire. Como un niño que por fin cree que su mamá sí va a volver.

Y yo, por primera vez, le devolví el beso.

No por lástima. No por contrato.

Por elección.

La jaula seguía ahí. Pero ahora, los dos teníamos la llave.

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