Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El día de la boda
Hace dos años
Selene se miraba al espejo del vestidor nupcial y, por un instante, el reflejo le devolvió la imagen de un ángel. El vestido blanco, una pieza de encaje francés y seda, se ceñía a su cuerpo con una elegancia que quitaba el aliento. Su sonrisa era un destello de luz que no podía ocultar, y sus ojos azules brillaban más que nunca, cargados de la ilusión de quien cree que está a punto de sellar un pacto de amor eterno con el hombre de sus sueños.
Sin embargo, la burbuja de cristal en la que vivía Selene estaba a punto de estallar en mil pedazos.
La puerta del vestidor se abrió de golpe. Selene esperó ver a una de sus damas o a la modista, pero en su lugar, una mujer unos años mayor que ella entró en la habitación. Su presencia imponía fuerza y determinación; vestía de una manera impecable, pero su rostro era una máscara de odio. Sus ojos estaban cargados de una furia tan intensa que Selene sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Así que tú eres la tal Selene —dijo la desconocida, barriendo a la novia con una mirada de puro desprecio, como si el vestido blanco fuera un insulto personal.
—Así es... ¿y usted quién es? —preguntó la joven, intrigada y tratando de mantener la compostura a pesar de la intrusión.
—Eres realmente descarada. Ahora te haces la que no me conoce —escupió la mujer, dando un paso hacia ella—. Pero yo sí sé perfectamente quién eres tú. Y desde ya te digo que no permitiré que me alejes del amor de mi vida.
Selene se quedó de piedra. El aire en la habitación pareció volverse pesado, irrespirable. No tenía idea de lo que estaba pasando hasta que la desconocida, con una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos, reveló su identidad.
—Soy Alessandra Villarreal. La mujer que Maximiliano ama de verdad.
El nombre golpeó a Selene como un impacto físico. Ella había escuchado rumores; sabía que Maximiliano, antes de conocerla, tenía planes de boda con una mujer llamada Alessandra. También sabía que la familia Valente había intervenido para romper ese compromiso, pues el apellido Villarreal no tenía el prestigio ni el linaje que el círculo social de Maximiliano exigía.
—Siento mucho lo que sucedió entre ustedes —logró decir Selene, tragando saliva y apretando los puños sobre la seda de su falda—. Pero yo no tengo nada que ver con su pasado. Así que le pido, por favor, que salga de mi habitación.
Selene intentó ahogar la rabia que amenazaba con consumirla. No podía entender cómo esa mujer tenía el descaro de enfrentarla el día de su boda. Pero lo que vino después fue una estocada directa al corazón.
—¿Pasado? No seas ingenua, niña —se burló Alessandra, acercándose hasta que Selene pudo oler su perfume costoso—. Maximiliano no te quiere. Él solo te compró para mantener a su familia tranquila y para limpiar el nombre de tu padre. Todo este tiempo, él y yo hemos seguido nuestra relación. Sin ir más lejos... anoche la pasamos juntos en mi apartamento. Mientras tú soñabas con flores blancas, él estaba en mi cama.
—¡Mientes! —gritó Selene, con la voz quebrada—. No voy a creer en las palabras de una mujer dolida y despechada que no acepta que su tiempo ya terminó. Maximiliano me ama.
Alessandra, cegada por la rabia, levantó la mano para golpear a Selene, pero el movimiento fue interrumpido por la entrada brusca de Roberto Arismendi. El hombre, impaciente por la demora y temiendo que su hija se arrepintiera de la transacción que salvaría su empresa, entró con el rostro congestionado.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó Roberto, mirando con furia a la intrusa.
—Vaya, acaba de llegar el proxeneta de esta mujerzuela —rió Alessandra, sin amedrentarse—. Dígale, Roberto, dígale la verdad a su "joyita". ¿Cuánto pagó Maximiliano por ella? ¿Cuál fue el precio exacto de la venta?
Alessandra no pensaba detenerse hasta que la boda se cancelara y el escándalo destruyera los planes de los Valente.
—¡Largo de aquí! —rugió Roberto, viendo cómo su imperio de naipes peligraba—. ¡Seguridad!
Roberto tomó a la mujer por el brazo con violencia, arrastrándola fuera de la habitación y entregándola a los guardias que esperaban en el pasillo.
—Sáquenla de aquí ahora mismo. Y que nadie se entere de este incidente, ¿entendido?
Cuando la puerta se cerró de nuevo, el silencio que quedó en la habitación era sepulcral. Roberto volvió a entrar y encontró a su hija hecha un mar de lágrimas, con el maquillaje arruinado y el alma rota.
—Olvídate de esto —ordenó Roberto, sin una pizca de consideración paternal—. Sécate esas lágrimas, retoca tu cara y prepárate. Es hora de salir al encuentro de tu prometido.
Selene lo miró con incredulidad. No podía creer que su propio padre actuara como si nada hubiera pasado tras escuchar semejantes acusaciones.
—Esa mujer dijo cosas horribles, papá... Quiero saber si son ciertas. Quiero la verdad.
—La verdad no importa ahora —escupió Roberto—. Solo dedícate a ser feliz con el hombre que escogiste. Tienes una vida de lujos por delante, ¿qué más quieres?
—No —dijo Selene, poniéndose en pie con una dignidad que sorprendió a su padre—. Quiero saber cuánto pediste por mí. ¿Cuánto te pagó Maximiliano Valente para que yo estuviera hoy en este vestido?
Roberto se quedó en silencio un segundo, sopesando su respuesta. Al final, la codicia ganó a cualquier rastro de ética.
—Lo suficiente para mantener mi empresa a flote y salvar nuestro apellido. Confórmate con saber que eres su mayor inversión, Selene. Deberías estar orgullosa.
Selene sintió que el mundo giraba. Se sentía estúpida, una mercancía barata en manos de los dos hombres que debían protegerla. Su padre, el hombre que solo le había regalado desprecio y frialdad desde que tenía uso de razón, la había subastado al mejor postor.
—Entonces quiero la mitad —dijo Selene, con una frialdad que nació del dolor—. Quiero la mitad de lo que Maximiliano pagó por mí. Es lo justo, ya que soy la única que se está sacrificando en este juego retorcido.
Roberto soltó una carcajada seca y cruel que hizo estremecer a Selene, obligándola a retroceder.
—No seas ingenua, hija. No te daré ni un solo centavo de mi dinero. ¿O es que acaso pensabas que mantenerte todos estos años, darte educación y ropa, iba a ser gratis? Considera esto como el pago de tus facturas atrasadas.
—Entonces no me casaré —sentenció Selene, aunque por dentro estaba aterrada. Su padre siempre le había inspirado un temor profundo—. No seré parte de este circo. Prefiero ser pobre que ser una esclava de Maximiliano.
Roberto oscureció su mirada, sus ojos se volvieron dos rendijas de maldad pura. Se acercó a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio personal de forma amenazante.
—Escúchame bien, niña —susurró con una voz que helaba la sangre—. Si no sales de aquí y te casas con ese hombre hoy mismo, verás cómo tu amada tía desaparece de la faz de la tierra. No me retes, Selene. No sea que termines sola, sin un centavo y con un cadáver sobre tu conciencia.
Selene ahogó un grito. Su tía era la única persona que la había amado de verdad. Miró a su padre y, por primera vez, no vio a un progenitor, sino a un monstruo.
Sin más opciones, con el corazón muerto y el velo pesando como una losa de plomo, Selene se retocó el maquillaje frente al espejo. Sus ojos ya no brillaban. Eran dos pozos de cristal frío.
Aquel día, Selene Arismendi caminó hacia el altar no para casarse con el amor de su vida, sino para firmar su sentencia de muerte en vida. Y Maximiliano Valente, al verla llegar, pensó que su inversión se veía hermosa, sin saber que acababa de comprar a una mujer que dedicaría cada minuto de su existencia a planear el día en que él tendría que pagar el precio de su desprecio.