Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 15. La mano
Cynthia llevaba media hora picando cebolla cuando se dio cuenta de que lo estaba haciendo mal.
No mal de cocina. Mal de costumbre. Picaba rápido, en silencio, con un oído puesto en la puerta, lista para apagar todo y fingir que no había hecho nada apenas oyera unos pasos. Cocinar, en la otra casa, era un campo minado. Si la comida le quedaba salada, había golpe. Si llegaba fría, había golpe. Si gastaba un ingrediente que a él se le antojaba caro, había golpe.
Aquí nadie le revisaba la olla.
Bajó el cuchillo y respiró. Probó la salsa con el dedo, le faltaba sal, le echó más. Sin miedo. Por gusto. Llevaba años cocinando para que no le pegaran, y se le había olvidado que alguna vez lo hizo porque le gustaba.
—Huele bien.
Cynthia se sobresaltó y casi tira la olla. Ángel estaba en la puerta de la cocina con una bolsa en la mano.
—No te oí entrar.
—Toqué. Estabas en otro mundo. —Dejó la bolsa en la mesa—. Te traje esto.
Cynthia se asomó. Especias, un par de cuchillos buenos, un delantal, y al fondo un cuaderno con tapas duras y un lápiz.
—No te pedí nada de esto.
—Lo sé.
—¿Entonces?
Ángel se encogió de hombros y empezó a guardar lo demás del mercado, dándole la espalda, como restándole importancia.
—Te vi anotando recetas en una servilleta el otro día. Pensé que un cuaderno servía más.
Cynthia se quedó con el cuaderno en las manos. Era una bobada, un cuaderno de tres mil pesos. Pero Alberto en cinco años nunca le regaló nada que ella no tuviera que agradecer de rodillas, y este hombre le dejaba cosas en la mesa y se volteaba para no ver cómo le cambiaba la cara.
—Gracias —dijo, y le costó.
—No es nada.
Comieron los tres. Valentina se durmió temprano, todavía cansada de la playa.
Cynthia y Ángel se quedaron en la cocina, ella terminando de lavar, él secando los platos que ella le pasaba, porque dijo que quedarse sentado mirándola trabajar le parecía de mal gusto.
Le pasó un plato. Las manos se les rozaron en el borde mojado.
Cynthia no apartó la suya.
Fue medio segundo, el dorso de los dedos de él contra los de ella, agua tibia entre los dos. Su cuerpo, que llevaba años apartándose de cualquier mano de hombre antes de que la tocara, esta vez se quedó quieto. Ella misma se sorprendió de no haberse movido.
Ángel tampoco se movió. Tomó el plato con calma y siguió secando, como si no hubiera pasado nada, y eso fue lo que le permitió a ella respirar.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él.
—Depende.
—¿Lo extrañas?
Cynthia cerró la llave. Supo de inmediato a quién se refería.
—Eso es una pregunta de mierda.
—Lo es. Igual la pregunto.
Se secó las manos en el pantalón, despacio, buscando cómo escaparse y sin encontrar por dónde.
—A veces —dijo al fin, en voz baja, como confesando un delito—. ¿Contento? A veces lo extraño. No al que me rompía las costillas. Al otro. Al de los días buenos, cuando me llevaba flores y me pedía perdón y me juraba que iba a cambiar. —Apretó la mandíbula—. Sé que ese no existe. Sé que era el mismo. Y aun así, hay noches en que extraño que alguien me abrace, aunque ese alguien fuera él. ¿Qué clase de persona extraña a quien la destruyó?
Esperó el juicio. Esperó la cara de asco, o la lástima, que era peor.
Ángel dejó el paño sobre la mesa.
—Una persona normal —dijo—. No estás loca, si es lo que crees.
—Suena bastante a locura.
—Suena a lo que es. —Se apoyó en el mesón, sin acercarse de más—. El cuerpo aprende a querer lo que teme. Te pasas años pegada a alguien que reparte golpes y caricias con la misma mano, y aprendes a esperar las dos cosas del mismo sitio. El cariño y el miedo se te enredan hasta que no sabes dónde empieza uno y termina el otro. Eso no es estar loca. Es haber sobrevivido a algo que te reprogramó.
Cynthia lo miró. Nadie le había dicho eso. Su madre le decía que aguantara. Catalina le decía que diera gracias. Y este hombre le decía, en una cocina, a medianoche, que extrañar al monstruo no la hacía un monstruo a ella.
Se le aflojó algo en el pecho, y por un momento le dieron ganas de acercarse. De cruzar ese metro que él siempre dejaba entre los dos.
No lo hizo. Pero lo pensó, y pensarlo ya era nuevo.
—Deberías dormir —dijo Ángel, enderezándose—. Mañana le toca control a la niña, le quiero sacar una muestra de sangre.
Cynthia se detuvo con el plato a medio guardar.
—¿Una muestra de sangre? ¿Para qué?
—Rutina. Lleva semanas comiendo distinto, durmiendo distinto. Quiero ver que esté tomando bien las vitaminas. —Lo dijo liviano, recogiendo su chaqueta—. Nada de qué preocuparse.
Pero no la miró a los ojos cuando lo dijo.
Y Cynthia, que se había pasado cinco años aprendiendo a leer cuándo un hombre le mentía para no asustarla, sintió que el plato le pesaba de pronto el doble en la mano.