"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 9
Los días siguientes transcurrieron con la monotonía pesada y segura que Sofía tanto anhelaba. Tal como Greta había predicho, el Rey Lycan volvió a sumergirse en sus asuntos de estado, mapas de guerra y reuniones con el consejo real, olvidándose en apariencia de la existencia de la torpe sirvienta del ala este.
Para Sofía, convertirse en una sombra invisible fue un proceso agotador pero necesario. Se aprendió de memoria las rutinas del palacio: a qué hora pasaban las guardias, qué pasillos debían limpiarse antes del amanecer y cómo moverse sin hacer que una sola losa del suelo vibrara. Su vida se redujo al rítmico raspar del cepillo contra la piedra, al vapor de las cocinas y al silencio absoluto que se imponía a sí misma cada mañana al amarrarse el delantal blanco.
Sin embargo, ser invisible en un palacio de licántropos significaba convertirse en el testigo mudo de realidades que nadie se esforzaba en ocultar ante una "humana defectuosa".
Una mañana, mientras Sofía refregaba los zócalos de piedra del pasillo adyacente a la gran sala de audiencias, la pesada puerta de roble se abrió y un grupo de diplomáticos de manadas vecinas salió escoltado por Lord Kaelen. Sofía bajó la cabeza de inmediato, encogiéndose contra la pared con el trapo húmedo en la mano.
—El Rey César no va a ceder ni un kilómetro de los bosques del sur, eso está claro —comentó uno de los hombres, un lobo maduro de porte aristocrático, mientras pasaba a escasos metros de Sofía—. Su tiranía mantiene las fronteras tan cerradas que ni una mosca puede cruzar sin su permiso.
—Es un monstruo, pero un monstruo necesario —respondió su acompañante en voz baja, asegurándose de que Kaelen se hubiera adelantado unos pasos—. Mientras él mantenga a la corte bajo su puño de hierro, las manadas menores estamos a salvo de una guerra civil. Aunque apiádate de la pobre alma que intente romper sus leyes. Dicen que los calabozos subterráneos de este palacio están diseñados para romper el espíritu de cualquier lobo, por muy Alfa que sea.
Sofía sintió un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal. Apretó el trapo con fuerza, tragándose la saliva. Cada mención de las leyes de César o de las fronteras del sur le recordaba que estaba viviendo sobre un barril de pólvora. Sus padres seguían buscándola, de eso no tenía duda, y la única razón por la que no habían invadido el territorio Lycan era el terror puro que le tenían al hombre que dormía en los pisos superiores de ese mismo castillo.
Al terminar su jornada, el cansancio físico era un alivio para su mente sobreestimulada. Regresó a las cocinas justo cuando el sol comenzaba a ocultarse detras de las montañas nevadas, tiñendo el subsuelo de largas sombras anaranjadas.
Greta la recibió con una sonrisa cansada y le entregó un pequeño cuenco de sopa caliente.
—Lo estás haciendo bien, niña —le susurró la anciana, asegurándose de que las otras cocineras estuvieran ocupadas junto a los grandes hornos de leña—. Ya ha pasado casi una semana y nadie ha hecho preguntas. El ama de llaves está contenta con tu trabajo en los pasillos altos. Sigue así, mantén el perfil bajo y este lugar se convertirá en tu verdadera fortaleza.
Sofía asintió, regalándole a Greta una mirada de profunda gratitud. Por primera vez en muchos años, a pesar del miedo constante a ser descubierta, Sofía no se sentía maltratada. Nadie en ese palacio la insultaba por no tener loba, simplemente porque ni siquiera sabían quién era. Su falta de espíritu licántropo, que en la manada Ivanov había sido una maldición y el motivo de su desprecio, aquí era su mejor camuflaje: la hacía oler exactamente como una humana común y corriente de las Tierras Bajas.
Esa noche, sin embargo, la aparente calma del palacio volvió a agitarse.
Mientras ayudaba a Greta a acomodar los frascos de conservas en la despensa, el sonido de campanas de alerta resonó desde la torre del homenaje, un repique seco y distante que indicaba la llegada de una comitiva importante a las puertas del castillo.
Greta se congeló con un tarro de duraznos en las manos, aguzando el oído.
—¿Qué pasa? —articuló Sofía con los labios, sin emitir sonido, contagiada por la repentina tensión de la anciana.
—Mensajeros reales o patrullas de la frontera —murmuró Greta, con el ceño fruncido—. Cuando las campanas suenan a esta hora, es porque traen noticias directas para el consejo del rey. Quédate aquí, Elena. No salgas del subsuelo por nada del mundo hasta que yo regrese y te diga qué está ocurriendo arriba.
La anciana dejó el frasco apresuradamente y salió de la despensa, dejando a Sofía sola en la penumbra, rodeada por el olor a madera vieja y especias, con el corazón latiéndole con una fuerza renovada por la incertidumbre.