**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 2
—Estás temblando —dijo. Su voz era una caricia de lija y terciopelo, un barítono profundo, con un levísimo acento extranjero que no logré identificar, pero que me erizó los vellos de los brazos.
—No es de miedo —mentí, sosteniéndole la mirada con todo el orgullo que me quedaba.
Una chispa de diversión, casi imperceptible, cruzó sus ojos magnéticos. Dejó su vaso de whisky sobre la mesa de mármol negro con un golpe seco y se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre sus rodillas. La distancia entre nosotros se redujo tanto que alcancé a percibir su aroma: maderas caras, tabaco dulce y un perfume almizclado, intensamente masculino, que se me metió por la nariz y me embriagó más que el alcohol.
—Entonces es de anticipación —afirmó, no como una pregunta, sino como un hecho absoluto—. Siéntate.
Aquella sutil orden me hizo reaccionar. Toda mi vida había sido la hija perfecta, la que seguía los protocolos, la que aceptaba las directrices de su padre para mantener las apariencias. Pero esta noche no pertenecía al guion de mi familia. Esta noche era mi revolución.
—No sigo órdenes —respondí, cruzándome de brazos. El movimiento hizo que mi escote se acentuara, y vi cómo sus pupilas se dilataban al instante, fijándose en la piel expuesta de mi pecho.
—Me gusta la insolencia. Pero solo cuando vale la pena el esfuerzo de domarla —su sonrisa volvió a aparecer, peligrosa y letal—. ¿Vas a quedarte ahí de pie desafiándome, o vas a tomar lo que viniste a buscar? Te he visto cruzar el bar, nena. Sé exactamente lo que estás haciendo. Estás cazando.
El aire se me atoró en la garganta. Su franqueza me desarmó por completo. No había rodeos, no había el aburrido juego de seducción de cóctel al que estaba acostumbrada. Este hombre operaba bajo un código instintivo, salvaje.
Sin decir una palabra más, deslicé mi cuerpo sobre el sofá de cuero, sentándome justo a su lado, ignorando la distancia de cortesía. Mi muslo rozó el suyo a través de la fina tela de mi vestido negro. Fue como tocar un cable de alta tensión; un calor abrasador brotó del punto de contacto y se expandió directo hacia mi bajo vientre.
—No tienes miedo de jugar con fuego —murmuró, girando el rostro hacia mí. Estaba tan cerca que podía ver las vetas oscuras en sus iris y la perfección de la línea de su mandíbula.
—Esta noche no le tengo miedo a nada —aseguré, clavando mis ojos en sus labios carnosos y perfectamente esculpidos—. Mañana mi vida dejará de ser mía. Así que hoy... hoy quiero perder el control. Con alguien que no sepa mi nombre. Con alguien a quien no vuelva a ver jamás.
Él guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Su mirada se volvió pesada, analítica, como si estuviera descifrando un enigma de alto valor. Deslizó una de sus manos grandes por el respaldo del sofá, justo detrás de mi cuello, sin llegar a tocarme la piel, pero haciéndome sentir el calor de su palma.
—Un trato sin nombres, sin pasado y sin mañana —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente íntima—. Un pacto puramente carnal. ¿Estás segura de que puedes manejar eso? Porque si cruzas esa línea conmigo, no habrá espacio para arrepentimientos. Exijo todo de la mujer que entra en mi cama, aunque sea por una sola noche.
—Pruébame —desafié, impulsada por una mezcla de despecho, adrenalina y un deseo ciego que jamás había experimentado por ningún ser humano.
Zayd no esperó una segunda invitación. Su mano bajó del respaldo y se posó firmemente en la nuca de mi cuello, con los dedos enredándose en mis ondas oscuras. Ejerció una presión mínima, pero implacable, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Se acercó tanto que sus labios rozaron los míos al hablar.
—Huyamos de este ruido —susurró.
No recuerdo cómo pagó la cuenta, ni el trayecto en el ascensor. Solo recuerdo el roce constante de su mano en la pequeña de mi espalda, guiándome con una posesividad que debería haberme alarmado, pero que solo lograba acelerar mis pulsaciones. Cuando la puerta de la suite del último piso se abrió, me quedé sin aliento. Era un ático inmenso, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de las luces neón de Nueva York y una cama *King size* envuelta en sábanas de seda gris en el centro.
Antes de que pudiera dar un paso hacia el interior, Zayd cerró la puerta de un golpe a mis espaldas y me acorraló contra la madera.
El impacto no fue violento, pero sí rotundo. Su cuerpo masivo se presionó contra el mío, atrapándome por completo. Mis manos subieron instintivamente a su pecho, encontrando la firmeza de sus músculos bajo la camisa de lino. Sentí el latido errático y violento de su corazón, igual de acelerado que el mío.
—Última oportunidad para correr, nena —advirtió, con la respiración entrecortada, frotando su nariz contra la mía. Su masculinidad, ya despierta y rígida, se marcó contra mi muslo a través de la seda del vestido, haciéndome jadear.
—No voy a correr —gemí, buscando desesperadamente su boca.
El beso explotó entre nosotros como una tormenta largamente contenida. No fue un beso tierno; fue un reclamo salvaje, una colisión de dientes, lenguas y un deseo voraz. Zayd me saboreó con una intensidad que me hizo temblar las rodillas. Su lengua invadió mi boca, reclamando el territorio con una destreza que me desdibujó el piso. Mis dedos se enterraron en su cabello oscuro, tirando ligeramente, queriendo pegarlo más a mí, si es que eso era físicamente posible.
Gimió contra mis labios, un sonido gutural, profundamente masculino, que encendió la última fibra de mi inhibición. Sus manos bajaron a mis caderas, apretando la carne con fuerza, levantándome del suelo sin el menor esfuerzo. Enrosqué mis piernas alrededor de su cintura, aferrándome a él como si fuera mi único anclaje en medio del caos.
Zayd caminó hacia la inmensa cama sin romper el beso, tropezando con sus propios zapatos en el camino, y nos dejó caer sobre el colchón. El peso de su cuerpo sobre el mío era delicioso, la cantidad exacta de presión que mi cuerpo suplicaba.
Con una impaciencia que me resultó increíblemente halagadora para un hombre que desbordaba tanto autocontrol, Zayd tiró de los tirantes finos de mi vestido. La tela cedió con un leve rasguño y bajó hasta mi cintura, dejando mis pechos al descubierto ante su mirada ardiente. El aire frío de la habitación golpeó mi piel, haciendo que mis pezones se endurecieran al instante, pero el frío desapareció en cuanto él volvió a mirarme.
—Eres una maldita obra de arte —murmuró, y sus ojos ámbar brillaron con una devoción casi religiosa.
Bajó la cabeza y atrapó uno de mis pezones entre sus labios, lamiéndolo y succionándolo con una lentitud tortuosa que me hizo arquear la espalda, soltando un gemido agudo que resonó en el techo de la suite. Sus manos viajaron por mis costados, delineando mi cintura y bajando para arrancar los restos de mi ropa interior con un solo movimiento decidido.
Estaba completamente desnuda bajo él, vulnerable, expuesta, rompiendo la regla de oro que me había impuesto siempre de mantener las distancias emocionales y físicas. Pero con él, las reglas eran cenizas.
Me deshice de su camisa, abriendo los botones que faltaban con dedos torpes y desesperados, ansiosa por sentir su piel contra la mía. Cuando su pecho desnudo, cubierto de un vello ligero y perfectamente esculpido, se presionó contra mis pechos, la fricción me provocó un escalofrío de puro placer. Zayd se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos, sin apartar los ojos de los míos. Cuando volvió a cubrirme, la plenitud de su anatomía me hizo consciente del peligro real de lo que estaba haciendo. Era imponente, un Alfa en toda la extensión de la palabra.
Deslizó una de sus manos grandes entre mis muslos, abriéndolos con suavidad pero con una firmeza indiscutible. Sus dedos, cálidos y sutilmente callosos, buscaron mi centro, encontrándome ya empapada por el deseo acumulado. Cuando dio el primer toque, solté un grito ahogado contra su cuello, clavándole las uñas en los hombros hercúleos.
—Mírame —ordenó Zayd, con la voz rota por el esfuerzo de contenerse.
Abrí los ojos, con la vista ligeramente nublada por la lujuria. Él me observaba desde arriba, con las facciones tensas por la concentración, el sudor brillando levemente en su frente. Deslizó sus manos bajo mis glúteos, elevando mis caderas para alinearlas con las suyas.
—Quiero ver tus ojos cuando te haga mía —susurró, y antes de que pudiera procesar la intensidad de sus palabras, se empujó hacia adelante, hundiéndose en mí de un solo golpe firme y profundo.
La sensación de llenado fue tan inmensa, tan abrumadora, que el aire abandonó mis pulmones. Hubo una fracción de segundo de estiramiento agudo, una barrera sutil que cedió ante su avance, pero el dolor fue sofocado de inmediato por la marea de calor líquido que nos envolvió a ambos. Zayd se congeló a mitad del movimiento, con los ojos abiertos de par en par, fijos en los míos. Sentí cómo sus músculos se tensaban al extremo bajo mis manos.
—Nena... —su voz sonó casi como un juramento, cargada de un shock absoluto—. Tú... no me dijiste que...
—No hables —le supliqué, envolviendo mis piernas más firmemente alrededor de su espalda, moviendo mis caderas en un sutil balanceo que lo hizo gruñir—. Muévete. Por favor, muévete.
El descubrimiento de mi pureza pareció activar algo primordial y posesivo en su interior. Ya no hubo espacio para la delicadeza. Zayd comenzó a moverse con embestidas potentes, rítmicas y devastadoras. Cada golpe de sus caderas contra las mías me empujaba un poco más hacia arriba en el colchón, haciéndome perder el sentido de la orientación. La cama crujía, el eco de nuestros cuerpos chocando llenaba el espacio y mis gemidos se volvieron desvergonzados, salvajes, rebotando contra los cristales que daban a la ciudad.
El placer era demasiado agudo, una cuerda tensada al máximo. Su boca volvió a la mía para ahogar mis gritos mientras aumentaba la velocidad. Sus manos me sujetaban con tanta fuerza que sabía que dejarían marcas al día siguiente, pero no me importaba; quería esas marcas, quería recordar que había estado viva, que había sido dueña de mi propio fuego antes de entrar en la jaula de mi matrimonio.
—Eres mía —gruñó él contra mi oído, el ritmo volviéndose errático, posesivo, implacable—. Aunque no sepa tu nombre, esta noche te grabas en mi piel.
El clímax me alcanzó como una ola gigante que me rompió por dentro. Mis músculos vaginales se contrajeron espasmódicamente alrededor de él en oleadas de puro éxtasis. Cerré los ojos, entregándome por completo a la vibración que me sacudía el cuerpo. Al sentir mis contracciones, Zayd soltó un rugido salvaje, dio tres embestidas más, profundas y desgarradoras, y se corrió dentro de mí, llenándome con su calor en una entrega que se sintió tan violenta como poética.
Se dejó caer sobre mi pecho, jadeando pesadamente, con el corazón tronando contra mis costillas. Permanecimos entrelazados durante minutos, mientras la adrenalina descendía lentamente y el silencio de la madrugada neoyorquina volvía a envolver la suite.
El cansancio físico y emocional comenzó a pasarme factura. Mis párpados pesaban como el plomo. Sentí cómo Zayd se acomodaba a mi lado, pasándome un brazo pesado por la cintura para pegarme a su costado, cubriéndonos a ambos con la sábana de seda gris. Me sentía protegida, una ironía estúpida considerando que era un extraño.
Justo antes de que la negrura del sueño me arrastrara por completo, sentí sus labios rozar la línea de mi mandíbula y ascender hasta mi oreja. Su respiración cálida me erizó la piel por última vez.
—Duerme, mi hermosa ladrona —susurró con una voz cargada de una promesa oscura y posesiva—. Disfruta de tu tregua... porque te juro que, después de esto, jamás podrás olvidarme.