En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 9: La Tormenta y la Promesa
La noche se había roto en dos mitades. La primera, todavía tibia, todavía con el eco de los pasos de Luis perdiéndose en el empedrado, había sido la última noche de una mentira. La segunda, la que ya se anunciaba con los primeros relámpagos desgarrando el horizonte sobre el Caribe, sería la primera noche de una verdad que ninguna de las dos mujeres de la casa De la Riva había pedido conocer.
Clara permaneció de pie junto a la ventana, con la frente apoyada contra el cristal frío, hasta que la silueta de Luis fue devorada por las sombras del callejón. Entonces, sin volverse, sin dejar de mirar hacia afuera, como si la oscuridad pudiera devolverle al hombre que acababa de irse, habló.
—Madre —dijo, y la palabra le supo a hueso, a algo que se astilla dentro de la boca—, ¿cuántas noches como esa tuviste con él? ¿Cuántas veces cerraste los ojos y decidiste no ver?
La Condesa, que se había quedado de pie en el centro del salón con las manos caídas a los costados como dos pájaros muertos, levantó apenas la mirada. No lloraba ya. El llanto se le había secado en los ojos como se secan las lágrimas en los ojos de quien ha llorado tanto que ya no le queda agua. Caminó hasta la butaca más cercana, se sentó con la rigidez de una estatua a la que le han enseñado a doblarse, y se miró las manos. Las manos, pensó Clara sin querer, que también habían sostenido a su padre antes de sostener a Luis. La Condesa, pensó sin querer también, había sido el puerto donde los Villalobos amarraban sus barcos cada vez que se cansaban de su propia tormenta.
—Fue una sola vez —respondió la Condesa, y la voz le salió tan delgada que parecía papel de Biblia—. Una sola noche, Clara. Pero esa noche bastó para condenarnos a las dos. Y para salvarte a ti.
Clara se volvió entonces, y la miró. La luz de los relámpagos le cruzó el rostro por la mitad, dejando una mitad bañada en plata y la otra mitad hundida en sombra. Vio a su madre, y por primera vez no vio a la Condesa, no vio a la mujer del apellido, no vio a la estratega de los matrimonios, no vio a la arquitecta de las caretas. Vio a una mujer. Una mujer cualquiera, de carne y miedo, que había amado mal y había parido una hija de ese amor mal, y que durante veintitantos años había preferido el silencio a la vergüenza.
—Entonces Luis es... —Clara no pudo terminar la frase. Las palabras se le enredaron en la garganta como algas en la quilla de un barco.
—Es tu hermano, sí. —La Condesa lo dijo mirando al suelo, como si le confesara un robo, no un amor—. Medio hermano. Con la misma sangre que corre por las venas de ese demonio de seda que acaba de irse. Adrián y él son hijos del mismo padre. Pero Adrián no lo sabe. Nadie lo sabe, excepto yo, y ahora tú. Y ahora él.
El trueno siguiente fue tan cercano que hizo temblar los cristales de la ventana. Clara sintió cómo la vibración le bajaba por los brazos, le recorría la columna, le llegaba hasta las rodillas. Se sentó en el suelo, despacio, como si las piernas se le hubieran vuelto de trapo. La Condesa quiso levantarse para ir a socorrerla, pero Clara levantó una mano para detenererla. Necesitaba estar sola con esa noticia. Necesitaba masticarla en silencio, como se masca un veneno para ver si uno sobrevive a él o no.
—¿Y mi padre? —preguntó al fin, con una voz que ya no le pertenecía—. ¿Quién fue para ti? ¿Un refugio? ¿Una disculpa? ¿Una manera de tapar el hueco que había dejado el Villalobos?
La Condesa cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, había en ellos una tristeza mineral, una tristeza de roca, de sal, de cosa que ha estado tanto tiempo bajo el agua que ya no sabe si es piedra o es esponja.
—Tu padre fue un hombre bueno, Clara. El único hombre bueno que ha pisado esta casa. Y se murió sin saber jamás que su hija no era suya. Se murió amándome como se ama a un altar, y yo lo dejé morirse con esa mentira en los labios, porque me pareció más piadoso que la verdad. Ahora ya no sé qué fue más piadoso, si la mentira o la verdad. Solo sé que las dos me han quitado todo.
Un relámpago partió el cielo en dos, y por un instante el Caribe entero se vio iluminado como si fuera de día. Clara vio entonces, en la línea del horizonte, una cosa que le heló la sangre: un barco que se acercaba al muelle, un barco pequeño, de velas oscuras, que parecía un ave nocturna caída del cielo. En la cubierta, una figura de pie. Una figura que reconocía.
—Madre —dijo Clara, y la palabra le salió como un disparo—, mira.
La Condesa se levantó con una rapidez que desmentía sus años, se acercó a la ventana, y cuando vio el barco, palideció. Reconoció también la figura. Y entonces, sin poderse contener, dejó escapar un sonido que no era un grito ni un sollozo, sino las dos cosas a la vez, el sonido que hace un pecho cuando se le rompe la última tabla que lo sostenía.
—Ha ido a buscar a su padre —murmuró la Condesa, y la frase le cayó de los labios como una sentencia—. No a su fantasma. A su padre. Ha ido a remover la tumba para que el muerto hable.
Pero Clara no la escuchaba. Clara miraba el barco, y en el barco a Luis, y en Luis a un hombre que ya no era el mismo que había cruzado la puerta del salón hacía apenas una hora. Era un hombre con un nombre, con un apellido, con una herencia. Era un Villalobos. Y los Villalobos, en aquel puerto olvidado del Caribe, no pedían permiso para entrar a ningún sitio. Entraban.
La tormenta rompió sobre el puerto con la furia de una mujer despechada. Las primeras gotas golpearon los tejados con un ruido de miles de manos pequeñas aplaudiendo. Clara se apartó de la ventana y caminó hasta el centro del salón, donde la Condesa seguía de pie, inmóvil, con la mirada perdida en algún lugar del tiempo. Las dos mujeres se miraron. Y en esa mirada había, por primera vez, una verdad sin careta, una verdad de sangre y de lodo y de amor mal parido, y en esa verdad se reconocieron como lo que siempre habían sido: dos náufragas en el mismo barco.
—¿Qué vamos a hacer, madre? —preguntó Clara, y era la primera vez en su vida que le hacía esa pregunta a la Condesa. La primera vez que la llamaba no para quejarse, sino para pedirle ayuda.
La Condesa la miró, le tomó las manos, y por primera vez en muchos años, fue ella quien se las apretó con una fuerza que no venía del orgullo, sino de algo más antiguo, más turbio, más parecido a la ternura.
—Vamos a esperarlo, hija. Como él nos pidió. Vamos a esperar a que vuelva, y cuando vuelva, le vamos a decir la verdad. Toda la verdad. La del Villalobos, la tuya, la mía, la de su padre, la de este puerto maldito. Y después, lo que tenga que pasar, que pase. Pero que pase con los ojos abiertos. Ya no más mentiras. Ya no más apellido sosteniendo lo que el amor no puede.
Clara asintió. La tormenta rugía afuera, pero dentro del salón de los De la Riva, por primera vez en mucho tiempo, había una calma que no era fingida, una calma de naufragio que ya ha tocado fondo y sabe que lo único que le queda es flotar. Las dos mujeres se sentaron juntas en el sofá, hombro con hombro, y esperaron. Esperaron con la misma determinación con que se espera un parto, con la misma fe con que se espera una sentencia, con la misma ternura con que se espera a un hombre que ha salido a buscar la verdad al único sitio donde los hombres como él saben encontrarla: el mar.
A lo lejos, sobre la línea donde el agua se confundía con la noche, un relámpago partió el cielo y dejó ver, por un instante, la silueta del barco de Luis alejándose hacia alta mar, hacia la tormenta, hacia la herencia, hacia la sangre. Y Clara, con los ojos llenos de lágrimas que no se dejó caer, murmuró la única palabra que su madre le había enseñado a pronunciar en los momentos en que ya no quedaba nada más que decir.
—Dios mío —susurró—. Que vuelva.
Y la tormenta, como si hubiera escuchado, redobló su furia sobre el puerto.