Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Capítulo 22: La subasta
Aquella noche, en la Casa de la Lluvia, Maximiliano no habló del contrato.
Habló, con una torpeza impropia de él, de que quizá las cosas entre ellos podían ser "de otra manera". Estuvieron mucho rato en el estudio de la casa, con las luces bajas, él sirviéndose un whisky que no tomó, ella de pie junto a la ventana sin atreverse a sentarse. "No me gusta lo del contrato", llegó a decir él, en un momento, casi a regañadientes. "Nunca me gustó. Lo hice porque era la única forma que se me ocurrió de tenerte cerca." Pero no terminó la frase grande, la que ella temía y deseaba a partes iguales. Y Valentina, con Dulce dormida en el cuarto de junto y el corazón hecho un nudo, lo cortó antes de que dijera algo que ella no pudiera devolver: "Lo que somos está escrito en un papel, señor Argüello. No le busque otra cosa." Él apretó la mandíbula y la dejó ir. Pero la miró salir de un modo que a Valentina la persiguió varios días, porque era la mirada de un hombre al que acababan de cerrarle una puerta que por primera vez en años se había atrevido a tocar.
Por eso, cuando los Fuentes la invitaron a una subasta benéfica el siguiente fin de semana, aceptó: cualquier cosa con tal de no quedarse sola pensando en esa cara.
La casa de subastas era otro de esos mundos. Candiles, copas de champaña, gente que pujaba millones por objetos con un parpadeo. Valentina fue del brazo de su madrina, con un vestido prestado, sintiéndose una intrusa hasta que vio dos caras conocidas y entendió que la intrusa iba a ser el centro de la noche otra vez.
Cristóbal estaba ahí, con Ceci. Maximiliano estaba ahí, sin Joana. Y el destino, que tenía sentido del humor, puso sobre el atril, como lote estrella, un jarrón antiguo de porcelana, "siglo XVIII, pieza única", que arrancó murmullos en toda la sala.
—¡Ese, papá! —Ceci jaló la manga de Cristóbal, señalando el jarrón, y luego a Valentina—. ¡Cómpraselo a la maestra! Es bonito como ella. Para que se acuerde de nosotros.
Cristóbal se rió, conmovido por su hija, y levantó la mano.
—Dos millones.
La sala murmuró. Valentina abrió la boca para protestar —era una locura, ella no podía aceptar eso—, pero antes de que dijera nada, una voz tranquila se alzó desde el otro lado del salón.
—Cuatro.
Maximiliano. Ni siquiera había levantado la paleta; había hablado, nada más, con esa seguridad de quien no puja sino que decide. Todas las cabezas giraron.
Cristóbal lo miró, midió la situación, y por Ceci, que lo veía con ojos de "ándale, papá", subió:
—Cuatro y medio.
—Seis —dijo Maximiliano, aburrido, como quien espanta una mosca.
—Siete —Cristóbal, ya por orgullo.
—Diez. —Maximiliano por fin volteó a verlo, y sonrió sin sonreír—. ¿Seguimos? Tengo toda la noche. Y, con todo respeto, Cáceres, más banco.
El salón se había vuelto un espectáculo. La gente ya no miraba el jarrón; los miraba a ellos dos. Las señoras se abanicaban, los señores murmuraban cifras, alguien grababa con el celular. El subastador, encantado con la guerra que disparaba su comisión, alargaba cada puja con teatro. "Diez millones a la una… ¿alguien da más? El caballero de Monterrey, ¿se anima?" Cristóbal miró a su hija, que seguía emocionada sin medir lo que pasaba, y luego a Valentina, que negaba con la cabeza, suplicándole en silencio que parara. Y Cristóbal, que era muchas cosas pero no un tonto, leyó esa negación y entendió que insistir ya no era cortejarla, era humillarla. Bajó la paleta.
—Es suyo, Argüello —dijo, con una inclinación elegante—. La señorita ya dejó claro que no le gusta el escándalo. Yo sí la escucho.
Fue un golpe limpio, de los que duelen sin sangre, y Maximiliano lo encajó con la mandíbula tensa.
El martillo cayó. "Diez millones, adjudicado al señor Argüello." La sala estalló en aplausos y murmullos. Valentina estaba roja hasta las orejas, entre la furia y la vergüenza de ser el objeto que dos hombres se disputaban a paletazos.
Maximiliano hizo que llevaran el jarrón a la mesa de Valentina.
—Es tuyo —dijo, simplemente.
—No lo quiero —contestó ella entre dientes—. No soy un trofeo, señor Argüello. Y no me va a comprar a paletazos delante de medio México.
—No te estoy comprando. —Algo en su voz era distinto—. Te estoy ganando. No es lo mismo. Algún día vas a entender la diferencia.
Cristóbal, que no era hombre de rendirse pero sí de elegir sus batallas, hizo algo más elegante: cuando salió a subasta un collar de zafiros, pujó una sola vez, ganó sin guerra, y se lo llevó a Valentina con una reverencia.
—Azul —dijo, con una chispa traviesa, devolviéndole la flecha al otro—. Pero del azul que sí se puede tener: el de una amiga que toca el piano como los ángeles. Sin compromisos, maestra. Solo porque le queda.
Valentina, en medio de los dos, con un jarrón de diez millones y un collar de zafiros, no supo si reír o llorar. Optó por algo más digno: agradeció a los dos con la cortesía justa, donó ahí mismo el jarrón a la causa benéfica de la noche —"para que sirva de algo y no de adorno de mi vanidad"—, y se ganó, con eso, el aplauso más sincero de toda la velada y la mirada atónita de los dos millonarios, que descubrían al mismo tiempo que esa mujer no se dejaba comprar ni por diez millones ni por zafiros.
—Que conste —le dijo a los dos, antes de regresar a su mesa, con una sonrisa de hierro y terciopelo— que el jarrón se queda en la fundación, los zafiros se los devuelvo el lunes, señor Cáceres, y a mí nadie me adjudica como a un lote. La próxima vez que quieran regalarme algo, regálenme un buen libro o una tarde tranquila. Sale más barato y se acierta más. —Doña Marisol, desde la mesa, soltó una carcajada orgullosa y aplaudió a su ahijada. Don Aurelio movió la cabeza, encantado: esa muchacha valía más que todo el salón junto.
Maximiliano la alcanzó en el valet, cuando ya se iba.
—Sube al coche. Hay algo que tienes que ver. No discutas, es la última cosa que te pido hoy.
La llevó, en la noche, a una calle del rumbo de una escuela. Y ahí, sobre un local que Valentina reconoció al instante —el mismo local que ella había soñado rentar, el que el dueño le había negado por no tener aval—, había un letrero nuevo, recién montado, todavía con el plástico protector en las letras:
ESTUDIO DE PIANO VALENTINA.
Se quedó muda.
Maximiliano sacó una llave y abrió. Adentro olía a madera nueva y a barniz. Había dos pianos —uno vertical para los niños, uno de cola para ella—, sillas, una salita de espera con sillones, repisas llenas de partituras ordenadas por nivel, un pizarrón con un pentagrama pintado, hasta un rincón con cojines y libros para que los hermanitos esperaran sin aburrirse. Alguien había pensado cada detalle. Alguien que la conocía, que sabía que ella odiaría un lugar frío y pretencioso, que sabía que querría un sitio donde un niño de colonia popular se sintiera tan bienvenido como uno de Las Lomas.
Valentina caminó entre los pianos, tocando las teclas del de cola con la yema de los dedos, y le salió, sin pensarlo, una frase de una pieza que su madre le había enseñado de niña. La nota llenó el local vacío. Y se acordó de Renata, de las clases que daba en una salita prestada, del sueño que su madre nunca pudo costearse: una escuela propia. Lo que Renata no tuvo, lo tenía ahora ella. Y de pronto el regalo dejó de ser de Maximiliano y se volvió un puente con su madre muerta, y eso fue demasiado.
—¿Cómo supiste… —La voz se le quebró— …que yo quería justo este local?
—Porque te seguí. —Maximiliano se encogió de hombros, incómodo de que lo descubrieran—. Hace meses. Te vi pararte frente a este cristal tres veces. Te vi medir la entrada con los ojos. Te vi irte cuando el dueño te negó el aval. —Apartó la mirada—. No supe ayudarte de frente. Solo sé hacer las cosas así, comprándolas. Es lo único que aprendí a hacer bien.
—Lo renté. Lo arreglé. Lo puse a tu nombre. —Maximiliano hablaba rápido, casi nervioso, como si temiera que ella lo rechazara también—. No es un regalo de magnate. Es… las escrituras del local están a tu nombre, Valentina. Solo tuyo. Si mañana me mandas al diablo, el Estudio sigue siendo tuyo. Nadie te lo puede quitar. Ni yo. —Tragó saliva—. Sé que no quieres trofeos. Esto no es un trofeo. Es para que nunca más dependas de nadie. Ni de mí.
Y eso —no el jarrón, no los zafiros, no las cien rosas azules— fue lo que por fin le quebró a Valentina la armadura. Porque un hombre que te regala algo para que no lo necesites a él es un hombre que, sin saber decirlo, te quiere de verdad.
Se le llenaron los ojos. Maximiliano, al verla así, dio un paso y la atrajo hacia su pecho, despacio, sin la brusquedad de siempre, casi con miedo.
—No te vayas al pueblo —murmuró contra su pelo—. Sé que lo estás pensando. Que quieres irte lejos de todo este ruido, de mí, de los Argüello. No lo hagas. —La apretó—. Quédate conmigo, Valentina. Quédate. No como contrato. Quédate porque quieras.
Y Valentina, con la llave del Estudio apretada en la mano y la armadura por fin agrietada, no supo, por primera vez en cinco años, qué contestar.
di la verdad de una y ya....