Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.
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Capítulo 13
Cap 13 — "Tiene estilo, quiero aprender"
La familia entera viajó a la Base de Entrenamiento Cerro del Dragón. Emiliano manejaba. Isabel iba de copiloto. Y en el asiento de atrás, Valentina miraba por la ventana con una mezcla de curiosidad y nervios.
Era la primera vez que los tres hacían algo juntos. Sin un evento social, sin una obligación, sin un abogado de por medio. Iban a buscar a Sol. Juntos. Como familia.
—¿Cuánto falta? —preguntó Valentina.
—Media hora —dijo Emiliano.
—¿Y si no nos dejan sacarlo?
—Nos lo vamos a llevar —dijo Isabel—. Con permiso o sin él.
Emiliano la miró de reojo. Conocía ese tono. Era el tono que usaba cuando ya había tomado una decisión y no había fuerza en el mundo que la cambiara.
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La Base de Entrenamiento Cerro del Dragón estaba en la ladera de un cerro, rodeada de árboles. Desde afuera parecía un campamento deportivo normal: canchas, dormitorios, una oficina administrativa.
Pero Isabel notó cosas que los demás no notaron.
Notó que las ventanas de los dormitorios no se abrían. Notó que la cerca tenía alambre de púas en la parte superior. Notó que el guardia de la entrada tenía una lista de visitantes y que su nombre no estaba en ella.
—Venimos a ver a Matías Salazar Montero —dijo Emiliano en la recepción.
El encargado revisó su lista. Pasó el dedo de arriba a abajo. Lo pasó otra vez.
—¿Tienen cita previa?
—No necesito cita. Soy su padre.
—Señor, el reglamento interno establece que las visitas deben programarse con una semana de anticipación, previa autorización del director. Sin cita, no puedo permitirles el acceso a las instalaciones.
—Soy Emiliano Salazar —dijo Emiliano con la voz que usaba para despedir gente—. Presidente del Grupo Salazar. Abra la puerta. Ahora.
El encargado lo reconoció. Le tembló la mano al levantar el teléfono para llamar al director.
Cinco minutos después, el director Lizárraga apareció. Era un hombre bajo, musculoso, con corte militar y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Señor Salazar, qué sorpresa. Pasen a mi oficina.
—No venimos a su oficina —dijo Isabel—. Venimos a ver a nuestro hijo.
—¿Y usted es...?
—La madre.
Lizárraga la miró. Luego miró a Emiliano. Luego otra vez a Isabel.
—El joven Matías firmó un contrato de entrenamiento que...
—El joven Matías tiene diecisiete años —dijo Isabel—. Un menor de edad no puede firmar un contrato vinculante sin autorización expresa de sus padres o tutores legales. Ese contrato es nulo. Y usted lo sabe. Así que háganos el favor de traer a nuestro hijo.
Lizárraga la miró buscando una grieta en su argumento. No la encontró.
—Además —continuó Isabel—, este establecimiento no aparece registrado como campamento deportivo certificado en el directorio estatal. Lo busqué anoche. Tres veces. No existe. ¿Quiere que hablemos de eso también o prefiere traer a mi hijo?
Lizárraga abrió la boca para protestar. Emiliano dio un paso adelante. La protesta murió antes de nacer.
—Enseguida —dijo Lizárraga, y se fue caminando rápido.
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Sol entró a la oficina diez minutos después.
Era alto. Casi tan alto como Santiago, pero más delgado. Tenía el pelo rizado y oscuro, ojeras profundas, y llevaba un uniforme deportivo sucio que le quedaba grande. Caminaba raro. Arrastraba la pierna derecha un poco y llevaba el peso del cuerpo cargado hacia la izquierda.
Isabel lo vio entrar y supo inmediatamente lo que estaba pasando. Lo supo en tres segundos.
—Emiliano, revísale la pierna derecha —dijo sin levantar la voz.
Sol se detuvo.
—¿Qué? ¿Quién es esta señora y por qué le da órdenes a mi papá?
—Revísale la pierna —repitió Isabel.
Sol miró a su padre esperando que la mandara a callar. Emiliano se acercó a él.
—Déjame ver.
—¡Papá! ¡Estoy bien! No necesito que...
Emiliano le levantó la pierna del pantalón. Debajo de la rodilla tenía un moretón enorme, amarillo y morado, que se extendía hasta medio muslo. Emiliano le levantó la camiseta. En la espalda tenía dos marcas rojas, como si lo hubieran golpeado con algo.
—¡Eso no es nada! —dijo Sol, bajándose la camiseta—. Me caí jugando basquetbol.
—No te caíste —dijo Isabel—. Te pegaron. Entraste caminando con el peso en la pierna izquierda. Cada vez que sopla viento y la camiseta se te pega a la espalda, te tensas. Y desde que entraste no has dejado de mirar la canasta de fruta que está en la mesa del director. ¿Cuándo fue la última vez que comiste bien?
Sol se quedó con la boca abierta. Nadie le había leído el cuerpo así en su vida. Ni los instructores, ni los doctores del campamento, ni su propio padre. Esta mujer lo había visto caminar diez metros y ya sabía todo.
—¿Cómo...? —empezó Sol, pero no terminó la frase.
—Porque te estuve observando desde que entraste por esa puerta —dijo Isabel—. Tres segundos bastaron.
Valentina, que estaba parada en la puerta con los brazos cruzados, miró a Isabel. Luego miró a Sol. Luego otra vez a Isabel.
¿Cómo supo todo eso con solo verlo caminar? Yo lo vi entrar y no noté nada.
Valentina se enderezó un poco. Sin darse cuenta, imitó la postura de Isabel. Espalda recta. Barbilla levantada. Brazos relajados.
—¿Quién demonios es ella? —preguntó Sol, señalándola.
—Después te explico —dijo Emiliano—. Nos vamos.
—¡No me voy! ¡Todavía no le devolví el golpe al que me pegó!
—Sol —dijo Isabel con voz firme—. Nos vamos. Ahora. Puedes resolver tus cuentas después, pero primero vas a comer, te van a revisar esas heridas, y vas a dormir en una cama de verdad.
Sol la miró fijo. Nadie le había hablado así. Su padre daba órdenes frías. Los instructores gritaban. Pero esta mujer le hablaba con autoridad y con algo más. Algo que Sol no reconoció de inmediato.
Preocupación. Está preocupada por mí.
Sol apretó los labios. Miró la canasta de fruta. Miró a Isabel. Miró la canasta de fruta otra vez.
—Bien —dijo entre dientes—. Pero quiero hamburguesas en el camino. Tres. Grandes. Con queso. Y papas.
—Las que quieras —dijo Isabel.
—¿Las que quiera? —Sol levantó una ceja—. ¿De verdad?
—De verdad.
—Cuatro entonces. Y un refresco grande.
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Lizárraga intentó detenerlos en la puerta.
—Señor Salazar, el contrato estipula que la rescisión anticipada tiene una penalización de...
—Mándeme la factura —dijo Emiliano.
—Además, necesito que firme un formulario de...
—La factura —repitió Emiliano, sin detenerse.
Lizárraga se puso en medio del camino. Error.
—Señor Salazar, no puedo dejar que...
Isabel se detuvo. Se dio la vuelta. Lo miró.
—Director Lizárraga. —Isabel se acercó un paso. Solo uno. Pero fue suficiente—. Tengo en mi teléfono fotos de las heridas de mi hijo. Tengo un registro de las quejas que otros padres han presentado contra esta instalación en los últimos dos años. Tengo el número del procurador de protección a menores de este estado. Tengo el número de tres periodistas que estarían muy interesados en saber que un campamento deportivo maltrata a menores de edad. Y tengo al mejor abogado de Ciudad Brisa en marcación rápida esperando mi llamada.
Hizo una pausa. Lizárraga no se movió.
—Puede dejarnos pasar y resolver esto en privado. O puedo hacer esas llamadas ahora mismo, una por una, y resolver esto en público. Con cámaras. Con periódicos. Con expedientes. ¿Qué prefiere?
Lizárraga se hizo a un lado sin decir una palabra.
Isabel pasó caminando sin mirarlo. Emiliano la siguió. Sol la siguió. Y Valentina la siguió también, pero antes de salir se detuvo un segundo y miró al director.
—Tiene estilo —le dijo, señalando a Isabel con la cabeza—. Yo quiero aprender a hacer eso.
Lizárraga no supo qué responder. Se quedó parado en la puerta de su propia base viendo cómo una familia entera se llevaba a uno de sus alumnos sin que él pudiera hacer nada al respecto.
Esa noche, Lizárraga recibió una llamada de la procuraduría de menores. Isabel había hecho las tres llamadas de todos modos.
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En el carro, Sol se comió cuatro hamburguesas en veinte minutos. Valentina le pasaba servilletas. Emiliano manejaba mirando a Sol por el espejo retrovisor cada treinta segundos.
—¿Cómo sabías lo de la pierna? —le preguntó Sol a Isabel con la boca llena.
—Tu cuerpo me lo dijo. Cuando caminas cargando peso en un lado, es porque el otro lado duele. Cuando te tensas con el viento, es porque hay algo en tu espalda que no quieres que toque la tela. Y cuando un chico de diecisiete años mira una canasta de fruta como si fuera un tesoro, es porque lleva días sin comer bien.
Sol la miró masticando.
—¿Eres detective o algo así?
—Soy tu madre —dijo Isabel.
Sol dejó de masticar. Miró a Emiliano por el espejo.
—¿Es en serio?
—Es en serio —dijo Emiliano.
Sol miró a Valentina.
—¿Tú le crees?
Valentina tardó un momento en responder.
—Todavía no sé —dijo—. Pero acaba de sacarte de ese agujero en quince minutos sin levantar la voz. Papá habría tardado tres horas y dos abogados.
Emiliano frunció el ceño pero no dijo nada.
Sol miró a Isabel otra vez. Terminó de masticar. Tragó.
—Si eres mi mamá, te pongo una condición para volver a la casa.
—¿Cuál?
—Quiero que la familia vaya al evento de la universidad de Santiago. Todos. Juntos. Sin excusas.
Isabel miró a Emiliano. Emiliano asintió.
—Hecho —dijo Isabel.
Sol agarró la quinta hamburguesa. La miró como si fuera un trofeo. Le quitó la tapa del pan, le puso más kétchup, y se la volvió a poner.
—Bueno. Entonces por ahora me caes bien. Pero vamos a ver cuánto dura. —Se metió un pedazo de hamburguesa a la boca y habló masticando—. Eso sí, si resulta que no eres mi mamá, me debes cinco hamburguesas por ilusionarme.
—Si resulta que no soy tu mamá, te debo mucho más que cinco hamburguesas.
—Eso también.
Valentina soltó una risa. Sol sonrió con la boca llena. Y en el espejo retrovisor, Emiliano sonreía también, aunque trataba de disimularlo.
Valentina sacó su teléfono y tomó una foto del asiento trasero: Sol con la hamburguesa en la mano y mostaza en la barbilla, mirando por la ventana con los ojos medio cerrados de sueño. No la publicó. No le puso filtro. Solo la guardó. Era la primera foto que tomaba de su familia en mucho tiempo.
Isabel miró por la ventana.
Tres hijos. Uno me respeta. Una me escucha. Y uno me puso una condición para dejarme entrar.
Vamos bien.
Le mandó un mensaje a Santiago.
"Rescatamos a Sol. Está bien. Come como si no hubiera comido en una semana. Tu padre maneja. Tu hermana tomó una foto. Vamos para la casa."
La respuesta de Santiago llegó en diez segundos. Un solo mensaje.
"Bien."
Pero Isabel sabía que ese "bien" significaba mucho más de lo que decía.