En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 1 — El Final de una Reina Sumisa, el Comienzo de una Villana
CAPÍTULO 1 — El Final de una Reina Sumisa, el Comienzo de una Villana.
La noche había caído sobre el castillo como un manto de terciopelo oscuro.
Desde mi habitación podía escuchar el murmullo lejano del viento golpeando los altos ventanales. Las velas mágicas que iluminaban los corredores proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra, y, a pesar de lo tarde que era, yo seguía despierta.
A mis seis meses de embarazo, dormir se había convertido en una tarea difícil.
Llevaba gemelos en mi vientre.
Dos pequeñas vidas que, hasta aquella noche, eran lo único que todavía me hacía sentir verdaderamente feliz.
Me encontraba sentada sobre el borde de la cama cuando escuché unos golpes suaves en la puerta.
—¿Majestad?
Era una de las sirvientas.
—Adelante.
La muchacha entró e hizo una reverencia.
—Su Majestad el Rey Leorian Draven solicita que se presente en su despacho personal.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Ahora?
—Sí, Majestad.
Mi cuerpo se sentía pesado y llevaba horas con malestar. El médico me había recomendado descansar, pero aquello no importaba.
Si mi esposo me llamaba, debía acudir.
Así se suponía que debía comportarse una esposa.
Así se suponía que debía comportarse una reina.
—Rosa.
Mi sirvienta personal se acercó inmediatamente.
—¿Sí, Majestad?
—Ayúdame a vestirme. Iré al despacho.
Rosa dudó.
—Pero, Majestad... el médico dijo que no debía esforzarse.
Sonreí débilmente.
—Lo sé.
Me llevé una mano al vientre.
—Pero es mi esposo quien me ha llamado. No puedo hacerlo esperar.
......................
Con ayuda de Rosa, abandoné mis aposentos.
Avanzamos lentamente por los pasillos silenciosos del castillo.
Las velas mágicas flotaban a ambos lados de las paredes, desprendiendo una tenue luz azulada que hacía que todo pareciera irreal.
Una mano descansaba sobre mi vientre mientras caminaba.
—¿Se sienten bien los pequeños? —preguntó Rosa.
—Sí... creo que sí.
Sonreí.
—Son bastante inquietos esta noche.
Por un instante imaginé el futuro.
Mis hijos corriendo por los jardines.
Mi esposo sosteniéndolos entre sus brazos.
Una familia.
Quizá, después de todo, Leorian volvería a quererme.
Nuestra relación no siempre había sido mala.
Al principio, Leorian había sido amable conmigo.
Incluso llegué a pensar que, con el tiempo, podría enamorarse de mí.
Pero todo cambió cuando mi medio-hermano asumió el control del Ducado de Valtheris.
Los negocios comenzaron a fracasar.
Las deudas se acumularon.
Y nuestra familia cayó en desgracia.
Desde entonces, Leorian comenzó a tratarme como si fuera una carga.
Sus palabras se volvieron frías.
Sus visitas, cada vez menos frecuentes.
Y la ternura que alguna vez había existido entre nosotros desapareció poco a poco.
Aun así, yo seguía amándolo.
......................
Al acercarme al despacho, escuché algo.
Me detuve.
Un sonido extraño.
Gemidos.
Después, unas voces apagadas.
Entrecerré los ojos.
—¿Majestad? —preguntó Rosa.
No respondí.
Avancé unos pasos más.
La puerta estaba entreabierta.
Y entonces escuché claramente la voz de una mujer.
Mi corazón se detuvo.
Me acerqué lentamente.
A través de la abertura pude ver el interior.
Y lo vi.
Leorian.
Mi esposo.
El hombre por quien había soportado humillaciones, desprecios y soledad.
Estaba teniendo relaciones sexu*les con Lia.
La concubina que había sido una simple sirvienta—plebeya— del palacio.
En mi despacho.
En mi sofá.
Mi rostro perdió todo color.
Durante unos segundos fui incapaz de respirar.
No.
Tal vez mis ojos me estaban engañando.
Tal vez aquello era una pesadilla.
Pero no.
Era real.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—Majestad... —susurró Rosa detrás de mí.
Apreté los puños.
La rabia, la tristeza y la humillación se mezclaron dentro de mi pecho.
Sin embargo, no hice una escena.
No grité.
No lloré.
Solo empujé la puerta.
Los dos se volvieron hacia mí.
Leorian me miró con evidente molestia.
Como la culpable de interrumpir aquel momento.
—¡¿Qué haces aquí?!
No pude responder inmediatamente.
Él tomó una taza vacía que estaba sobre la mesa y la lanzó contra mí.
La taza golpeó mi frente.
El dolor llegó un instante después.
Sentí algo caliente deslizarse por mi piel.
Sangre.
Lia terminó de arreglarse el vestido tranquilamente y, al mirarme, sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Cruel.
—Siempre tienes que aparecer a interrumpir el mejor momento —murmuró Leorian.
Bajé la mirada.
No llores.
No delante de ellos.
Eres la reina.
Una verdadera mujer debe soportarlo todo.
Eso era lo que me habían enseñado desde niña.
Callar.
Obedecer.
Perdonar.
Aguantar.
Leorian pasó junto a mí.
Lia lo siguió.
Yo permanecí inmóvil.
Pero antes de que abandonaran el despacho, reuní valor.
—Esposo...
Leorian se detuvo.
—¿Para qué me llamaste?
El silencio que siguió fue extraño.
Demasiado pesado.
Leorian giró lentamente la cabeza.
Su mirada ya no tenía ni una pizca de afecto.
—Tráiganlos.
No entendí.
Hasta que las puertas se abrieron.
Cinco hombres entraron.
Mi cuerpo se quedó helado.
Eran hombres enormes.
Desconocidos.
Esclavos.
Y comprendí que algo estaba terriblemente mal.
—¿Qué significa esto?
Leorian me miró.
Una sonrisa fría apareció en sus labios.
—Disfrútalo, Isolde Valtheris.
Mi sangre se congeló.
No.
No podía ser.
Retrocedí.
—No...
Comprendí lo que pretendía hacer.
—¡No!
Intenté correr hacia la puerta.
Pero Rosa me empujó.
Caí pesadamente al suelo.
Mi cabeza golpeó contra el suelo.
La miré sin comprender.
—Rosa...
Ella me observaba.
Y estaba sonriendo.
Una sonrisa que jamás había visto en su rostro.
Entonces comprendí.
Ella también me había traicionado.
La mujer que había estado a mi lado desde que me convertí en reina.
La persona en quien más confiaba.
También era parte de aquello.
—¿Por qué...? —susurré.
Nadie respondió.
Entonces sentí un dolor intenso en el vientre.
Mi respiración se cortó.
Miré hacia abajo.
Había sangre.
Toda la rabia desapareció.
Solo quedó miedo.
—Mis bebés...
Me llevé ambas manos al vientre.
—¡Esposo!
Mi voz se quebró.
—¡Por favor! ¡Llama al médico! ¡Nuestros hijos están en peligro!
Lia se llevó una mano al vientre.
—Leorian... la sangre de ella me da asco.
Su expresión se contrajo en fingida preocupación.
—¿Y si al verla le provoca un daño a nuestro bebé?
Leorian cambió de expresión inmediatamente.
—Llamaré al médico.
Lo miré incrédula.
—¿Para ella?
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
—¿Vas a llamar al médico por ella... pero no por mí?
Mi voz temblaba.
—¿Tan insignificante soy para ti?
Leorian me miró con absoluto desprecio.
Luego pasó un brazo alrededor de Lia y la levantó cuidadosamente.
—Llamen al médico para Lia.
Después me miró por última vez.
—En cuanto a ella...
Señaló hacia mí.
—Ustedes esclavos, hagan lo que quieran.
—¡LEORIAN!
Corrí hacia él.
—¡Esposo, por favor!
Pero la puerta se cerró frente a mí.
Y, al otro lado, escuché la risa de Rosa.
Después, todo quedó sumido en oscuridad.
Aquella noche sufrí una violencia que jamás debería haber conocido.
No importa cuánto rogué.
No importó que estuviera embarazada.
No importó que llevara la corona de reina.
Nadie acudió en mi ayuda.
Y algo dentro de mí murió mucho antes de que mi corazón dejara de latir.
......................
— AL DÍA SIGUIENTE —
Cuando abrí los ojos, estaba rodeada de esos asquerosos.
Apenas podía moverme.
Mi cuerpo entero estaba débil.
La habitación estaba en silencio.
Los acontecimientos de la noche anterior regresaron a mi mente uno tras otro.
Cerré los ojos.
Deseé no haber despertado.
Deseé que la muerte hubiese llegado antes.
Pero seguía viva.
¿Por qué?
No tuve tiempo de encontrar una respuesta.
Las puertas se abrieron.
Leorian entró acompañado de Lia y varios nobles.
Todos se quedaron mirándome.
Sus expresiones cambiaron.
Pero no fue compasión lo que vi en sus rostros.
Fue desprecio.
Lia se llevó una mano a la boca.
—¡Majestad! ¡¿Qué ha hecho?!
Las voces comenzaron a levantarse.
—¡Qué vergüenza!
—¡Una reina que se rebaja de esa manera!
—¡Infiel!
—¡Ramera!
Las palabras me atravesaban como cuchillos.
Yo apenas podía levantar la cabeza.
Intenté hablar.
—No fue...
Mi voz apenas salió.
—Yo no...
Nadie quiso escucharme.
Habían preparado una historia.
Y yo sería la villana.
La mujer infiel.
La reina que había deshonrado a la familia real.
Lia fingía llorar.
Leorian permanecía a su lado.
Y yo comprendí algo terrible.
Todo aquello había sido planeado.
......................
Horas después, me llevaron a la plaza.
La multitud rugía.
—¡Ramera!
—¡Que vergüenza!
—¡Que muera!
Los plebeyos arrojaban estiercol y alimentos podridos mientras yo avanzaba con dificultad.
En lo alto del balcón estaban Leorian y Lia.
Ella descansaba una mano sobre su vientre.
Él la observaba con una ternura que jamás había vuelto a mostrarme.
Entonces nuestras miradas se encontraron.
Lia sonrió.
Y supe que habían ganado.
Me llevaron hasta la guillotina.
El verdugo me sujetó del largo, ondulado cabello morado y me obligó a arrodillarme.
Miré el cielo.
Era hermoso.
Extrañamente hermoso.
Mis bebés...
Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas.
Perdónenme.
No pude protegerlos.
Cerré los ojos.
—Leorian... te maldigo.
Fue lo último que susurré.
La cuchilla cayó.
Por un instante, todo pareció detenerse.
Después, mi cabeza se desprendió de mi cuerpo y cayó pesadamente sobre la plataforma de madera.
Mis largos y ondulados cabellos morados se extendieron alrededor de mi rostro, mientras mi cuerpo se desplomaba sin fuerzas.
Mis ojos azules, que hasta aquel último instante habían estado llenos de lágrimas y desesperación, quedaron abiertos hacia el cielo.
Poco a poco, aquel azul intenso perdió su brillo, apagándose hasta quedar completamente vacío.
Y todo se volvió negro.
......................
Pero entonces...
ABRÍ LOS OJOS DE GOLPE.
—¡AH!
Me incorporé en la cama.
Respiraba con desesperación.
Mis manos temblaban.
Miré alrededor.
Mi habitación se parecía a la del ducado.
Todo estaba exactamente como lo recordaba.
Pero...
No podía ser.
Me levanté tambaleándome y corrí hacia el espejo.
Mis pasos eran pequeños.
Demasiado pequeños.
Levanté la mirada.
Una niña me observaba desde el reflejo.
Cabello largo y ondulado de color morado.
Ojos azules.
Un rostro infantil.
Mi rostro.
gracias 😍😍❤️❤️❤️