Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 20: El Resplandor de la Corona y el Reino Eterno
El sol naciente de primavera teñía de un dorado deslumbrante las colinas de la Toscana. Las hectáreas de viñedos y olivos ancestrales de la nueva residencia principal de la familia Valenti-Rossi despertaban envueltas en una brisa fresca que traía consigo el aroma de la lavanda, la tierra fértil y el triunfo absoluto.
La villa imperial de La Cúspide, erigida en lo alto de la meseta con vistas panorámicas hacia Florencia, no era una fortaleza diseñada para esconderse de las sombras; era un palacio de cristal, mármol blanco y jardines colgantes construido para celebrar la luz. Había pasado un año desde la caída de la Sede de los Doce en Ginebra, un año en el que el nombre de Elena Rossi y Dante Valenti se consagró en las portadas de las revistas de negocios y cultura más prestigiosas del mundo como la pareja más influyente, sólida e inexpugnable del siglo.
En la suite principal, cuyos ventanales de suelo a techo se abrían hacia los valles italianos, Elena terminaba de prepararse frente al gran espejo de cuerpo entero.
Lucía un vestido de alta costura confeccionado en seda fluida de tono blanco marfil con sutiles bordados en hilo de plata. El diseño, de una elegancia aristocrática y un atractivo magnético, abrazaba con maestría la rotundidad majestuosa de su anatomía: la cintura perfectamente definida, la pronunciada firmeza de sus senos y el vaivén imponente de sus caderas que proyectaban la plenitud de una mujer en el apogeo de su belleza y poder. Un sencillo collar de esmeraldas, la última joya recuperada de la colección privada de su abuela, adornaba su cuello.
El reflejo del espejo mostró la figura colosal que avanzaba desde el vestidor.
Dante caminó hacia ella con la cadencia pausada y dominante de un rey que contempla su mayor tesoro. Llevaba un traje a medida en tono azul noche sobre una camisa blanca de seda sin corbata, dejando al descubierto la solidez de su garganta y la línea esculpida de sus clavículas. Su figura de Adonis, caracterizada por la amplitud de su tórax y la fuerza indomable de su presencia, llenaba el espacio con un aura de virilidad abrumadora. Las pequeñas canas en sus sienes solo acentuaban el atractivo peligroso y maduro de su rostro.
Se detuvo justo detrás de ella. Sus manos masivas y cálidas se posaron con una posesividad llena de veneración sobre la curva prominente de las caderas de Elena, atrayendo suavemente su cuerpo hasta pegarlo contra el suyo. Inclinó la cabeza, dejando un beso lento y febril en la curva de su hombro al descubierto.
—Ese vestido debería estar prohibido para cualquier evento público, mi reina —murmuró Dante en un barítono bajo, rasposo y cavernoso que erizó la piel de Elena—. Me dan ganas de cancelar la gala de la Fundación, cerrar las puertas de este palacio y mantenerte en esta cama durante los próximos tres días.
Elena dejó escapar una risa suave y cristalina. Se giró entre sus brazos, apoyando las palmas de sus manos sobre el pecho amplio y rígido de su esposo, sintiendo el latido constante y poderoso de su corazón.
—No podemos cancelar la gala, Señor Valenti —respondió ella con una mirada de fuego y dulzura—. Hoy se inaugura el centro educativo más grande de Italia financiado por la Fundación Rossi-Valenti. Además... tus hijos llevan dos horas esperando para mostrarte el dibujo que prepararon para el aniversario.
Al mencionar a sus hijos, la mirada gris de Dante, habitualmente implacable con el mundo exterior, se suavizó por completo. Apretó el agarre alrededor de la cintura de Elena, elevándola apenas un centímetro para sellar sus labios en un beso profundo, dulce y cargado de una devoción que no había hecho más que multiplicarse con el paso de los años.
—Tienen a la madre más perfecta del universo —susurró Dante contra su boca antes de romper la caricia.
El patio central de la villa lucía majestuoso. Una alfombra de pétalos de rosa blanca cubría el paseo que conducía a los jardines privados, donde una larga mesa de teca bajo la sombra de pérgolas floridas esperaba a la familia y a sus amigos más cercanos.
A sus cuatro años, Leo corría por el césped vistiendo un pequeño traje azul idéntico al de su padre, mostrando la misma postura firme y decidida. Tras él, la pequeña Victoria, de dos años, reía con ganas luciendo un vestido blanco mientras Marta la cuidaba con una sonrisa maternal.
Roberto, vistiendo un traje gris impecable y liberado de la tensión de los tiempos de guerra, supervisaba el perímetro con una serenidad que reflejaba la paz absoluta que reinaba en la propiedad.
Cuando Elena y Dante descendieron por las escaleras de mármol del patio, los niños corrieron hacia ellos. Dante se agachó con una agilidad impresionante, levantando a ambos pequeños en sus brazos con una soltura que mostraba la potencia física de su cuerpo. Leo se abrazó al cuello de su padre, mientras Victoria acariciaba la mejilla de Elena.
—¡Mira, papá! —exclamó Leo, mostrando una lámina de papel donde había dibujado un gran castillo con cuatro figuras tomadas de la mano bajo un sol brillante—. Somos nosotros. El castillo de la familia.
Dante contempló el dibujo y luego miró a Elena, que abrazaba a la pequeña Victoria. En ese instante, el hombre que había controlado mercados de valores, derrocado conspiraciones bancarias y destruido a los enemigos más peligrosos de Europa sintió que su verdadero imperio residía en la respiración de los seres que rodeaba con sus brazos.
—Es la fortaleza más hermosa del mundo, hijo —dijo Dante con una voz profunda cargada de emoción genuina.
Al caer la tarde, la gran gala benéfica celebrada en los jardines de La Cúspide reunió a líderes mundiales, filántropos y figuras de la cultura. No había tensión, no había miradas de sospecha ni amenazas latentes. La presencia de los Valenti inspiraba un respeto sagrado.
Elena subió al escenario principal instalado frente a las fuentes de agua iluminadas. Su figura deslumbrante captó la atención absoluta de los cientos de invitados. Con una voz clara, magnética y llena de convicción, presentó la nueva red de becas universitarias para jóvenes sin recursos, perpetuando el sueño de su padre y consolidando el compromiso social de su firma.
Desde el lateral del escenario, Dante la observaba con los brazos cruzados sobre el pecho. Su rostro esculpido reflejaba un orgullo infinito. Sabía que la mujer que estaba allá arriba no era solo la superviviente de una traición vil, sino la soberana indiscutible de un legado que perduraría por siglos.
Cuando Elena concluyó su discurso bajo un aplauso ensordecedor, descendió los escalones para reunirse con su esposo. Dante la tomó de la mano y la guió hacia el mirador privado de la meseta, lejos de la multitud y la música de la orquesta.
La luna llena iluminaba el valle toscano con un resplandor de plata. El viento suave de la noche acariciaba el vestido blanco de Elena y el cabello oscuro de Dante.
Ambos se apoyaron en la balaustrada de piedra, contemplando el horizonte infinito de sus tierras.
Dante se colocó a espaldas de Elena, envolviendo su cuerpo voluptuoso con sus brazos colosales. Deslizó sus manos por su vientre y sus caderas, sintiendo la tibieza de su piel a través de la seda. Pegó su frente a la nuca de ella, dejando que el silencio de la noche consagrara su victoria.
—Pensar que hubo un momento en que creí que la solitaria oscuridad era mi único destino —murmuró Dante en un susurro bajo y rasposo que resonó en el pecho de Elena—. Llegaste a mi vida como un incendio, Elena. Me devolviste la humanidad, me diste una familia y me enseñaste que el verdadero poder no es dominar a los demás, sino proteger lo que se ama con el alma.
Elena se giró lentamente entre sus brazos, alzando sus manos delicadas para acunar el rostro de su Adonis. Contempló los ojos grises que una vez fueron de hielo y que ahora ardían en un amor puro, eterno e inquebrantable.
—Tú fuiste la espada que cortó mis cadenas, Dante —respondió ella con la voz llena de emoción y lágrimas de felicidad brillando en sus ojos castaños—. Fuiste el refugio donde mi dolor se convirtió en fuerza. No hay pasado que pueda tocarnos, no hay enemigo que pueda alzarse contra nosotros. Este es nuestro tiempo. Este es nuestro reino.
Dante la miró con una devoción sin límites. La tomó de la cintura y la elevó con suavidad, uniendo sus labios en un beso majestuoso, lento y profundo. Fue un beso que condensó todas las batallas ganadas, cada lágrima derramada, cada caricia ardiente y la promesa sagrada de una eternidad juntos.
En lo alto de las colinas de la Toscana, bajo un cielo estrellado que atestiguaba la grandeza de su historia, la reina de Almonte y el titán de Milán permanecieron abrazados, sabiendo que su amor, su estirpe y su imperio gobernarían invencibles por el resto de sus días.