Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— Doce velas y un mundo de oro
El día que Mila cumplió doce años, despertó con los ojos brillando como estrellas.
—Hoy salimos —dijo, saltando de la cama—. Hoy es mi día.
—¿Estás loca? —susurró Jax—. Si nos descubren…
—¿Qué pueden hacernos que no nos hayan hecho ya? —respondió ella, y Kaelen supo que no había vuelta atrás.
Con la ayuda de Jax, que distrajo a los guardias con una alarma falsa, treparon los muros de hierro, corrieron por callejones oscuros y salieron a la ciudad como fantasmas que por fin respiraban. Caminaron tomados de las manos, sin rumbo, maravillados con cada cosa: el sol en la piel, el viento en el cabello, el olor a panadería. Comieron un helado de vainilla que compartieron entre los tres, y Mila reía tanto que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Es el mejor día de mi vida —dijo ella, mirando a Kaelen—. Gracias chicos.
Pero el destino tenía los dientes afilados. Al cruzar la entrada del centro comercial más lujoso de la ciudad, un coche negro de lujo frenó frente a ellos. De él bajaron dos mujeres: una alta, elegante, con cabello castaño oscuro y vestido de seda —Elara Valerius—, y a su lado una niña de su misma edad que parecía una muñeca de porcelana: Seraphina. Llevaba un vestido blanco, zapatos de tacón, y una corona de flores que la hacía parecer una princesa… hasta que habló.
—Mamá, mira qué asco —dijo Seraphina, señalando a Mila con un dedo—. Huelen a suciedad.
Mila se quedó quieta, el helado derritiéndose en su mano.
—Perdón —susurró—, no queríamos molestar.
—Claro que sí querían —intervino Seraphina, acercándose—. Los pobres siempre quieren algo. ¿Quieres dinero? ¿O prefieres que te limpie la cara, que parece que lloraste por no tener lo que yo tengo?
Le arrebató el helado de la mano y lo lanzó al suelo con su zapato lo aplastó.
—¡Déjala en paz! —gritó Kaelen, dando un paso adelante, pero Mila lo sujetó del brazo con fuerza.
—Vámonos, por favor —le suplicó.
Seraphina sonrió, sacó su teléfono y empezó a grabarse llorando exageradamente.
—Ayúdenme… estos niños me amenazaron… me quitaron mi helado y lo tiraron … tengo miedo —dijo con voz temblorosa, mirando a la cámara—. Mi papá es Draven Valerius y él se va a enterar de todo.le susurro alos chicos (sin el teléfono).
En cuestión de horas, el video estaba en todas las redes. “Niños del reformatorio amenazan a la pequeña Seraphina Valerius”. “Animales que deberían estar encerrados”. El teléfono del reformatorio no paró de sonar. Y esa misma noche, dos guardias entraron a la habitación de Mila.
—La directora quiere verla —dijeron.
Kaelen intentó impedírselo, pero lo empujaron contra la pared.
—¡Mila! —gritó, extendiendo la mano—. ¡No vayas!
Ella lo miró por última vez, con una sonrisa triste y dulce a la vez.
—No te preocupes. Vuelvo enseguida.
No volvió enseguida. La llevaron al cuarto de castigos: un ala abandonada, fría y húmeda donde nadie escuchaba gritos. La encerraron sola, sin comida ni agua, y cada día la golpeaban por “desafiar a una familia de bien”. Al quinto día, cuando por fin abrieron la puerta, Mila yacía en el suelo, pálida, con fiebre altísima y el cuerpo lleno de moretones.
—¡Mila! —gritó Kaelen tomándola entre sus brazos—. ¡Mila, por favor, mírame!
Ella abrió los ojos apenas, susurrando con voz quebrada:
—Kaelen… hace frío… abrázame…
—Te llevo al hospital, dijo Kaelen…
—No… hace falta estoy bien… —lo miró con ojos llenos de amor y despedida—. Gracias… por el helado…
Su mano cayó. Y el mundo de Kaelen se rompió en mil pedazos que nunca volverían a encajar.