Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo XVI: Uno a cero
Punto de vista de Amanda
El agarre de Andrés en mi cintura era firme, casi posesivo, brindándome el ancla que tanto necesitaba mientras las inmensas puertas dobles del Gran Salón se abrían de par en par. En ese mismo instante, una tormenta de flashes blancos estalló frente a nosotros, cegándome por una fracción de segundo. El murmullo ensordecedor de la música y las conversaciones de la alta sociedad cesó de golpe, abriendo paso a un silencio sepulcral que cayó sobre el lugar como una losa de concreto.
Sabía perfectamente lo que estaban pensando todos en esa sala. Para el mundo, yo era la misteriosa y poderosa doctora Victoria Arismendi; pero para los que me conocían de verdad, era un fantasma que regresaba de la tumba.
Caminé con la barbilla en alto, obligando a mis piernas a no temblar. El vestido de seda esmeralda se movía con elegancia a cada uno de mis pasos y el peso de los diamantes en mi cuello me recordaba que ya no era la mujer indefensa a la que podían pisotear.
—Estás perfecta, mi amor. Mantente firme —susurró Andrés muy cerca de mi oído, regalándole una sonrisa impecable a los fotógrafos de la prensa.
Fingí una sonrisa llena de seguridad y alcé la mirada para escanear el salón. No tardé mucho en encontrarlos. A unos metros de distancia, en la zona VIP, se encontraban ellos.
Sentí un vuelco en el estómago, pero no fue de miedo; fue una descarga pura de adrenalina. Miguel estaba estático, como si se hubiera convertido en piedra en mitad del salón. Su rostro, usualmente bronceado y arrogante, estaba completamente pálido y sus ojos bien abiertos reflejaban una mezcla de pánico, confusión y horror puro. A su lado, Elisa parecía haber visto al mismísimo demonio; sostenía el brazo de su esposo con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, y su boca permanecía entreabierta, incapaz de articular una sola palabra.
Miré directo a los ojos de Miguel. Sostuve su mirada desencajada sin parpadear, dejando que viera en mí la frialdad que él mismo me había enseñado. Ya no había rastro de la Amanda sumisa que él recordaba.
Pude ver el momento exacto en que Miguel reaccionó. Sus ojos se inyectaron en rabia y, soltándose del agarre de Elisa de un tirón, empezó a caminar a pasos rápidos y pesados en nuestra dirección. Sus hombres de seguridad intentaron seguirle el paso, confundidos por la repentina pérdida de compostura de su jefe.
Andrés notó el movimiento de inmediato. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, adoptando esa postura protectora y letal que usaba cuando estaba listo para destruir a un rival en los negocios. No se movió; simplemente se quedó ahí, esperándolo con una sonrisa ladina y triunfal plasmada en el rostro.
Miguel acortó la distancia entre nosotros a una velocidad alarmante, ignorando las miradas curiosas de los invitados que empezaban a notar el drama. Se detuvo a escasos dos pasos de nosotros, respirando de manera agitada, con la mandíbula tan apretada que parecía que se le iba a romper.
Clavó sus ojos en los míos, ignorando por completo a Andrés, y con una voz rota por la incredulidad y la furia, pronunció el nombre que juró haber borrado de su vida:
—¿Amanda...? No... no es posible. Tú desapareciste de mi vida hace mucho.
Sostuve su mirada cargada de odio y desesperación sin que un solo músculo de mi rostro delatara el torbellino que llevaba por dentro. En lugar de retroceder, ladeé un poco la cabeza, dibujando en mis labios una sonrisa gélida, perfecta y completamente ajena.
—¿Disculpe? —respondí, modulando mi voz con un tono refinado y distante—. Creo que me está confundiendo, caballero. Mi nombre es Victoria Arismendi de Ferrer.
Miguel retrocedió medio paso, como si mis palabras le hubieran dado una bofetada física. Sus ojos recorrieron cada facción de mi rostro, buscando desesperadamente a la mujer sumisa que abandonó a su suerte.
—No... no me vengas con juegos —sintió la rabia desbordarse, dando un paso al frente que Andrés frenó de inmediato, interponiendo sutilmente su hombro—. ¡Sé perfectamente quién eres! Elisa, dile... ¡Dile quién es ella!
Elisa llegó corriendo detrás de él, con la respiración entrecortada y el rostro desencajado. Miró a Andrés, luego me miró a mí y tragó saliva, visiblemente intimidada por el despliegue de diamantes, la prensa que nos rodeaba y el aura de poder que ahora nos envolvía.
—Miguel, por favor, cállate... todo el mundo está mirando —le suplicó Elisa en un susurro histérico, tirando de su esmoquin.
—¿Se encuentra usted bien, señor Maldonado? —intervino Andrés, con una voz falsamente preocupada que resonó con fuerza en el círculo de invitados que ya se había formado a nuestro alrededor—. Escuché que ha tenido una semana sumamente difícil y estresante con las finanzas de su familia y la repentina auditoría de su hospital. Pero venir a la gala de la Cámara de Comercio a faltarle el respeto a mi esposa inventando nombres... bueno, eso ya me parece un exceso de su parte.
Los murmullos entre los empresarios no se hicieron esperar. Las miradas de burla y desaprobación cayeron sobre Miguel como dagas. El gran heredero de los Maldonado estaba quedando como un hombre desquiciado, perdiendo los papeles en público por culpa de la presión financiera.
—¿Auditoría? ¿De qué carajos estás...?
—Miguel se interrumpió a sí mismo, y por primera vez, el pánico real cruzó por sus ojos al conectar las piezas. Me miró fijamente—. Tú... tú eres la nueva Directora General. La mujer que compró las acciones.
Le sostuve la mirada, disfrutando cada segundo de su humillación.
—Así es, señor Maldonado. Soy la doctora Victoria Arismendi —sentencié con una tranquilidad implacable—. Y como socia mayoritaria del hospital, le exijo que guarde la compostura. No querrá que la prensa piense que los directores minoritarios de mi complejo médico no tienen la estabilidad mental necesaria para el cargo. Si me disculpa, mi esposo y yo tenemos personas importantes con las que hablar.
Andrés sonrió de medio lado, fascinado por la forma en que manejé la situación. Tomó mi mano, depositó un tierno beso en mis nudillos frente a las cámaras para sellar el cuadro de la pareja perfecta, y me guio hacia el centro del salón, dejando a Miguel completamente destruido, temblando de furia y rodeado por el desprecio silencioso de toda la alta sociedad.
El primer asalto era nuestro, y apenas estábamos empezando.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda