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Le Propuse Matrimonio Al Demonio... El Ahora Será Mi Espada

Le Propuse Matrimonio Al Demonio... El Ahora Será Mi Espada

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Fantasía épica
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La sangre que no es sangre

El rey Aldric leyó los registros del parto a la luz de una sola vela, y con cada página sintió que se le enfriaba la sangre de las venas.

Tres anomalías. Solo tres. Pero tres eran demasiadas.

La primera: la partera que había atendido el parto de la reina, diecinueve años atrás, había muerto antes de cumplir el año. *Caída de una torre*, decía el acta. Las parteras no se caen de las torres. Las empujan.

La segunda: aquella noche, en la cámara de la reina, solo hubo dos personas además de la partera. Una de ellas era la dama de compañía de la reina. La hermana de Elara.

La tercera: en la misma noche, según el libro de la propia partera —un ledger escondido que los agentes del rey habían arrancado de la casa derruida de la muerta—, la hermana de Elara también había dado a luz. Un varón. Registrado como *nacido muerto*.

Pero el ledger tenía una línea que la partera había garabateado al margen, con la letra torcida de quien anota un pecado:

*Dos cunas entraron. Una salió.*

El rey Aldric no gritó. No rompió nada. Se quedó muy quieto, mirando la vela, mientras entendía, con la claridad del hielo, lo que significaba. La reina no había parido aquella noche. La hermana de Elara sí. Y el hijo vivo de la hermana de Elara había salido de palacio envuelto en los pañales del hijo de la reina.

Darian no era hijo de la reina.

Darian era el sobrino de Elara.

***

La hermana de Elara era una anciana ahora, pero cuando los guardias del rey la trajeron al estudio y vio, sobre la mesa, el ledger de la partera muerta, supo que los diecinueve años se le acababan en esa habitación.

No negó nada. Las mujeres que han guardado un secreto durante diecinueve años, cuando por fin lo sueltan, lo sueltan todo.

—Elara me lo ordenó —dijo, con la voz seca—. Antes de que tu hermana pequeña muriera. Antes de que mi hermana entrara en esta casa. Ella dijo: *nuestra sangre llevará la corona. Tu hijo será rey. Y cuando lo sea, nuestra casa gobernará Solaria desde la sombra.*

El rey la miró. Y en su voz no había furia. Había algo peor: certeza.

—Envenenó a mi hermanita —dijo el rey, muy despacio— para despejar el camino. Mató a la madre de Cassandra para que su propia casa pudiera sentarse, algún día, en el trono.

—Elara nunca quiso el trono para tu hermana —dijo la anciana, y por primera vez sonrió, con la sonrisa de una mujer que ya no tiene nada que perder—. Lo quiso para su sangre. Tu hermana solo estaba en el camino.

El rey Aldric se puso de pie. Y cuando el rey se pone de pie, un reino entero contiene el aliento.

—Que venga el consejo —dijo—. Y que venga el fuego.

***

El juicio no duró un día. Duró una hora.

Darian fue despojado de su título de príncipe delante de la corte entera, con la lectura pública del ledger de la partera. No se le ejecutó: el rey lo miró, una sola vez, con el desprecio con que se mira una moneda falsa, y ordenó que lo enviaran al Muro, a servir como soldado raso sin nombre, para que la sangre que mintió aprendiera, al menos, a sangrar de verdad.

La casa de Elara ardió hasta los cimientos. No en metáfora: los confiscaron, los títulos se quemaron en el mismo brasero que los registros falsos, y la hermana que cambió las cunas y el hermano que lo supo fueron entregados al verdugo antes del alba.

Y Elara, que ya estaba muerta, fue condenada también. Su nombre fue tachado de los registros del matrimonio del conde. Su cuerpo, enterrado sin nombre tras el bosque, fue declarado *tierra de traidora*, y el rey ordenó que sobre su tumba no se alzara piedra, ni cruz, ni flor. Que la hierba creciera encima, y que nadie, jamás, recordara dónde dormía.

Esa noche, a solas, el rey Aldric alzó una copa hacia el retrato de su hermanita.

—Querías que tu sangre llegara lejos, hermana pequeña —dijo, con la voz quebrada por primera vez en años—. Pues mira. La casa que te envenenó ya no existe. Y tu hija… tu hija fue la que encendió el fuego.

Cassandra fue recibida en el estudio al día siguiente, no como la prometida de un príncipe extranjero, sino como lo que el rey, por fin, se permitió nombrar en voz alta.

—Sobrina —dijo el rey Aldric, y la palabra, dicha por primera vez, pesó como una corona.

Le entregó, con sus propias manos, el edicto que la reconocía como hija de su hermanita y nieta de la casa real, y con él, un regalo de boda que no era oro ni tierras: era el permiso real para que Solaria y Moldavia se unieran sin que nadie, en ninguna corte, pudiera llamarlo una alianza desigual.

—Tu madre habría estado orgullosa —dijo el rey.

—Mi madre habría estado en paz —corrigió Cassandra, con la voz serena—. El orgullo era lo de menos.

El rey la miró un largo segundo. Y por primera vez, sonrió.

En el balcón de la residencia, con el edicto enrollado bajo el brazo, Cassandra miró hacia la ciudad, donde aún olía a ceniza la casa de Elara.

—Elara quería que su sangre llevara la corona —dijo, sin volverse—. Yo puse su sangre bajo tierra. No somos lo mismo, alteza. Ella quería un trono. Yo solo quería la verdad.

Balkan, a su espalda, con las vetas carmesí latiendo suaves bajo la luz de las estrellas, sonrió.

—La verdad —dijo— es que ya no queda nadie en Solaria que pueda hacerte daño. La madrastra, muerta. La hermanastra, rota. El padre, avergonzado. El heredero, destituido. El falso príncipe, en el Muro. Y la casa que te odiaba, ceniza.

Hizo una pausa. Y entonces, con la calma de un depredador que cuenta las últimas salidas, añadió:

—Solo queda uno que aún cree que eres suya. Y ese, pequeña condesa, no va a quedarse quieto cuando se entere de que te vas.

Cassandra miró hacia la torre donde una sola luz seguía encendida.

Edric.

—Que no se quede quieto —dijo ella, apagando la vela de un soplo—. Los que se mueven, cometen errores. Y yo aún tengo una casilla vacía en mi tablero.

1
EspirituCreativo
Cassandra marca su camino... Pobre del que trate de pararla
Belky Gonzalez0
Ho Dios...Casandra es de temer.. me encanta 🥰
EspirituCreativo
🤭 Jaja lectora
Enderlay Correa
🤣🤣🤣 se la comió
EspirituCreativo
Gracias, ☺️
Enderlay Correa
muy buena me gusta
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