A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 15
Capítulo 15: Manos que tiemblan
La enfermería olía a alcohol y a algodón estéril.
La enfermera había salido a buscar más gasas, las que tenía se le acabaron con Isabela, así que estábamos solos. Isabela dormía en la camilla del fondo, boca abajo, con la espalda cubierta de parches adhesivos y la respiración finalmente tranquila. Catalina todavía no llegaba. Afuera, la luz del atardecer entraba por la ventana en ángulo y le daba a todo un tono dorado que no correspondía a la situación.
Lisandro estaba de pie frente a mí.
Y yo estaba sentada en el borde de una camilla, con la nariz hinchada, las rodillas raspadas, sangre seca en el labio y la dignidad en el piso del callejón donde la dejé.
No me veía heroica. Me veía como lo que era: una chica de diecisiete años que acababa de recibir una paliza de cuatro contra una y que tenía la cara como si hubiera perdido una pelea con una puerta.
Lisandro no dijo nada durante los primeros treinta segundos. Se quedó de pie, mirándome, con esa rigidez en los hombros que yo ya conocía, la misma que tenía en el callejón, la misma que sus secuaces leyeron correctamente como una señal de no seguirnos.
Luego se movió.
Tomó el frasco de solución salina del estante. Un paquete de algodón. Alcohol. Los puso sobre la mesita auxiliar con movimientos que parecían controlados pero que, si los mirabas con atención, y yo los miraba con toda la atención del mundo, tenían un temblor fino. Apenas perceptible. Como la vibración de una cuerda de guitarra después del último acorde.
Se sentó en el banquito frente a la camilla. Quedamos a la misma altura. Sus rodillas casi tocando las mías. Sus ojos a treinta centímetros de los míos.
Y empezó a limpiarme la sangre.
El algodón mojado me tocó el labio superior. Suave. Despacio. Con la concentración de alguien que está desactivando una bomba y no puede permitirse un error.
No me dolió. O me dolió un poco, en la zona donde la nariz se une con el pómulo, pero el dolor era tan secundario que apenas lo registré. Lo que registré fue otra cosa: la yema de su pulgar izquierdo, apoyada en mi mentón para sostenerme la cara quieta, y los dedos de su mano derecha guiando el algodón por el borde de mi nariz con una delicadeza que no le correspondía a alguien de sus manos.
Porque las manos de Lisandro eran grandes. Nudillos marcados, dedos largos, con una fuerza que yo conocía de otra vida, manos que podían cargar cajas de mudanza, abrir frascos imposibles, y también, cuando creía que yo dormía, masajearme los tobillos con una suavidad que desmentía todo lo demás.
Y ahora esas manos temblaban.
No de miedo. No de frío. Temblaban de algo que él no sabía nombrar y que probablemente nunca había sentido: la urgencia de reparar algo que se rompió frente a sus ojos. La necesidad desesperada de borrar la sangre de una cara que no debería tener sangre.
Cambió el algodón. El primero quedó rojo. El segundo salió con menos.
—Tienes la nariz inflamada —dijo. Su voz era baja, clínica, como si estuviera dictando un diagnóstico—. No parece fractura. Pero debería verla un médico.
—He tenido peores.
—¿Cuándo?
En otra vida. Cuando Kevin Ramos me acorraló en un estacionamiento universitario e hizo algo que tardé tres años en contarle a alguien.
—No importa —dije—. Estoy bien.
Me miró. Un segundo. Dos. Tres. Con esos ojos que, a esta distancia, sin el vapor de una cazuela de frijoles ni la oscuridad de un callejón, eran insoportablemente claros detrás de los lentes.
—No estás bien —dijo.
—¿Y tú sí?
No respondió. Pero las manos le temblaron un poco más, y eso fue suficiente respuesta.
Me puso un algodón en la fosa nasal derecha. Luego otro en la izquierda. Lo hizo con una torpeza que contrastaba con la precisión de antes, como si la parte mecánica del proceso —limpiar, desinfectar, aplicar presión— la dominara, pero la parte que requería estar cerca de mi cara durante más de un minuto le estuviera costando todo lo que tenía.
—Quédate quieta —dijo.
—Estoy quieta.
—No. Te estás moviendo.
—Es que me pica la nariz.
—Aguanta.
Me aguanté. No porque me lo pidiera sino porque su cara, a treinta centímetros de la mía, era un espectáculo que no estaba dispuesta a interrumpir.
Las orejas estaban rojas. Obviamente. Pero esta vez no era solo las orejas. El rubor le había subido por el cuello y le había alcanzado los pómulos, una mancha rosada que sus lentes no podían esconder y que él no podía controlar.
Le salió una gota de sudor en la sien.
No hacía calor.
Terminó con la nariz. Tomó otro algodón y me limpió la sangre que se me había secado en la barbilla, con trazos cortos, precisos, siguiendo la línea de la mandíbula hacia abajo. Sus dedos me rozaron el cuello.
Cerré los ojos.
No porque doliera. Porque si los mantenía abiertos un segundo más, iba a llorar. Y no quería llorar frente a él. No por orgullo —hacía mucho que el orgullo dejó de ser mi prioridad con Lisandro Sotomayor— sino porque si lloraba, él iba a creer que me dolía algo. Y lo que me dolía no era la nariz ni las rodillas ni el labio partido.
Era la ternura. La ternura feroz de unas manos que temblaban por mí. La misma ternura de otra vida, del mismo hombre, en un cuerpo de diecisiete años que todavía no sabía que era capaz de esto.
—Abre los ojos —dijo—. No puedo limpiar si los cierras.
Los abrí.
Y lo que vi en su cara, durante una fracción de segundo antes de que él volviera a ponerse la máscara de concentración clínica, fue algo que no debería estar ahí.
Algo suave. Algo roto. Algo que parecía un pensamiento que se le había escapado al exterior sin su permiso, como un pájaro que sale de una jaula que alguien olvidó cerrar.
No supe qué pensó. No era lectora de mentes. Pero la forma en que me miró —con los ojos un poco más abiertos de lo normal, con la mandíbula un poco menos tensa, con una expresión que en cualquier otra persona habría llamado ternura pero que en Lisandro Sotomayor era una anomalía que desafiaba toda su programación emocional— me dijo que, por un instante, antes de que el muro volviera a subir, él me vio.
No a la chica con sangre en la cara. No a la vecina que le hablaba demasiado. No a la compañera del asiento de al lado.
A mí.
Y lo que vio, con algodones en la nariz y la cara hinchada y las rodillas raspadas, de alguna forma no lo espantó.
Demasiado linda, pensé que quizás pensó. O quizás no. Quizás proyecté sobre él lo que yo quería que pensara, porque así funciona el amor a los veintisiete: te conviertes en una traductora simultánea de silencios ajenos y la mitad de las veces traduces lo que quieres escuchar.
Pero esa mirada. Esa mirada no me la inventé.
—Listo —dijo, retirando la mano. La retiró despacio, como quien suelta algo valioso—. La inflamación debería bajar mañana. Si no baja, ve al médico.
—Gracias, doctor.
—No soy doctor.
—Pero podrías serlo. Tienes las manos de uno.
Se levantó del banquito tan rápido que casi lo tumba. Se dio la vuelta. Se acomodó los lentes. Caminó hacia el estante como si necesitara guardar algo, aunque no tenía nada que guardar.
Las orejas. Las orejas.
Sonreí. Me dolió la nariz al sonreír, pero sonreí.
Catalina llegó siete minutos después, jadeando, con el uniforme torcido y los ojos desorbitados.
—¡Sol! —Me abrazó con una fuerza que me sacó el aire y me hizo ver estrellas—. ¡¿Qué pasó?! ¡Me acaban de decir que te peleaste con Kevin Ramos! ¡¿Kevin Ramos, Sol?! ¡Ese tipo es un delincuente!
—No me peleé. Le di unas bofetadas. Hay una diferencia.
—¡La diferencia es que él te tiró al piso y estás sangrando por la nariz! ¡¿En qué estabas pensando?!
—En Isabela.
Catalina miró hacia la camilla del fondo. Vio a Isabela dormida boca abajo, con los parches en la espalda. Se le apagó la indignación como una vela al viento.
—Me contaron lo de las agujas —dijo, bajando la voz—. ¿Fue Fernanda?
—Fernanda lo mandó hacer. Kevin ejecutó.
—Tenemos que reportarlo. Al director, a los padres, a quien sea…
—Todavía no.
—¿Cómo que todavía no?
—Yo me encargo.
Catalina me miró con esa expresión que tenía cuando yo decía algo que sonaba a locura disfrazada de plan.
—Sol, ya te "encargaste" una vez y terminaste con la nariz sangrando. Perdona si no me inspira confianza.
—Lo de hoy fue improvisado. Lo que viene no va a serlo.
—¿Lo que viene?
—Catalina. Confía en mí.
No me creyó. Lo vi en sus ojos. Pero asintió, porque Catalina Ríos era la persona que más confiaba en mí en este mundo y, aunque no entendiera la mitad de lo que yo hacía, siempre me daba el beneficio de la duda.
—Está bien. Pero si en tres días no veo resultados, yo hago las cosas a mi manera.
—¿Y cuál es tu manera?
—Involucra a mi tía, que es abogada, y al periódico local. A lo Catalina.
Sonreí.
—Trato.
Lisandro, que seguía de pie junto al estante como si fuera parte del inventario de la enfermería, no dijo nada durante toda la conversación. Pero cuando Catalina mencionó lo de Kevin Ramos, vi que sus nudillos se apretaron alrededor del frasco de alcohol que sostenía. Fuerte. Tanto que los dedos se le pusieron blancos.
No dijo nada. Pero los nudillos hablaron por él.
Esa noche, mi mamá casi se desmaya.
—¡Solana Marisol Estrada Montes! —El nombre completo. Cuatro palabras que significaban que estaba a un escalón de la furia total—. ¿Qué le pasó a tu cara?
—Me caí.
—Solana.
—Me caí sobre el puño de alguien. Técnicamente es verdad.
—¡¿Te peleaste?!
—No exactamente.
La historia que le conté fue una versión editada: le dije que un chico de otra escuela había puesto agujas en una colchoneta deportiva y que yo lo confronté. Omití las bofetadas. Omití el empujón. Omití el callejón sin cámaras y los cuatro contra una. Le di la versión que una madre podía procesar sin llamar a la policía, al director y al gobernador.
Pilar Montes no era tonta. Sabía que le faltaban piezas. Pero también era la mujer que me crió durante diecisiete años, bueno, dos veces diecisiete años, y sabía que presionarme cuando tenía esa cara de "ya tomé una decisión" era como presionar una pared de concreto.
—Te pongo hielo —dijo, con la resignación de las madres que eligen sus batallas—. Y mañana hablamos.
Mañana. Siempre mañana. Dios bendiga el mañana de las madres mexicanas.
Subí a mi cuarto. Me miré en el espejo. La nariz estaba hinchada, no rota. El labio tenía una costra donde se partió. Las rodillas tenían ese tono morado-verdoso de los raspones en proceso de sanar.
Me veía terrible.
Pero me veía entera. Y eso era más de lo que podía decir después de mi encuentro con Kevin Ramos en la vida anterior.
Me senté en la cama. Saqué el celular.
Un mensaje de Catalina: "Si mañana no puedes respirar por la nariz, me avisas. Mi tía conoce un otorrino."
Un mensaje de Isabela: "Sol, gracias por todo. Perdóname por no poder ayudarte."
Le respondí: "No tienes nada que perdonar. Tú descansa."
Y luego, a las diez y cuarenta y tres de la noche, un mensaje de un número que no necesitaba tener guardado porque me lo sabía de memoria:
"No vuelvas a hacer eso sola."
Siete palabras. Sin saludo. Sin despedida. Sin emoji, sin punto final suavizador, sin nada que diluyera la contundencia de la frase.
No era una petición. No era una sugerencia. Era una orden. Del tipo que da alguien que no sabe pedir las cosas de otro modo porque nunca le enseñaron a expresar la preocupación sin convertirla en mandato.
No vuelvas a hacer eso sola.
No "¿estás bien?". No "me preocupo por ti". No "ten cuidado". Nada que admitiera vulnerabilidad. Solo una instrucción directa que, si la leías con los ojos correctos, decía algo completamente distinto a lo que las palabras decían.
Decía: Me aterró verte con sangre en la cara. Me aterró llegar tarde. Me aterró la posibilidad de que te lastimaran sin que yo pudiera hacer nada.
Y no sé decir nada de eso, así que te doy una orden, porque las órdenes son seguras. Las órdenes no requieren que admita lo que siento.
Le respondí con tres palabras: "Entonces ven conmigo."
Visto a las 10:44.
No respondió.
No esperaba que respondiera. Pero el visto inmediato, un segundo después de que lo envié, lo que significaba que tenía el chat abierto, lo que significaba que estaba esperando mi respuesta, me dijo todo lo que necesitaba saber.
Apagué la pantalla. Me asomé por la ventana.
La luz de su cuarto estaba encendida. Su silueta detrás de la cortina, sentado en el escritorio. La cortina entreabierta, la rendija que empezó la noche de la parrillada y que no se había cerrado desde entonces.
Miré la hora. 10:47.
Me acosté. Cerré los ojos. Me dormí pensando en unas manos que temblaban y en una voz que decía "no vuelvas a hacer eso sola" cuando lo que quería decir era algo que todavía no tenía el coraje de pronunciar.
A las once y cuarto, la luz del otro lado se apagó.
Once y cuarto.
Cada noche, un poco más temprano. Como si alguien le estuviera enseñando, sin palabras, que el mundo no era tan terrible como para tenerle miedo a la oscuridad.
A la mañana siguiente, salí de mi casa y él ya estaba en la banqueta.
Esto era nuevo.
Normalmente, yo salía primero y lo esperaba, o él salía primero y yo lo alcanzaba corriendo. Pero esta mañana, cuando abrí la puerta azul, Lisandro Sotomayor ya estaba ahí. Parado junto al limonero de su jardín, con la mochila en el hombro y el libro del día bajo el brazo, mirando la calle con esa expresión de quien lleva un rato esperando y no quiere que se note.
—Buenos días —dije.
No respondió. Pero empezó a caminar. Y la distancia entre nosotros, que había empezado en cinco pasos y se había reducido a tres y luego a dos y medio, ahora era de dos.
Caminamos en silencio. El silencio de Lisandro no era el de antes, el silencio hostil, el silencio-muro, el silencio que decía "no me hables". Este era otro. Era un silencio cómodo. Compartido. El tipo de silencio que solo existe entre dos personas que ya no necesitan llenar el aire de palabras para sentirse acompañadas.
A mitad de camino, pasamos por una calle donde los coches circulaban más rápido de lo debido. Una avenida sin semáforo, de esas que en cualquier ciudad latinoamericana son una trampa para peatones.
Y entonces Lisandro hizo algo.
Sin detenerse. Sin decir nada. Sin siquiera girar la cabeza. Cambió de lado.
Pasó de mi izquierda a mi derecha. Se interpuso entre mi cuerpo y la calle. Quedó del lado del tráfico, donde los coches pasaban a sesenta kilómetros por hora y levantaban polvo.
Lo hizo con la naturalidad de alguien que se rasca la nariz o que cambia el peso de un pie al otro. Sin ceremonia. Sin anuncio. Sin la menor conciencia de que lo que acababa de hacer era uno de esos gestos que, en cualquier otro contexto, habrían significado una declaración.
Pero yo lo vi.
Claro que lo vi. Yo veía todo lo que Lisandro Sotomayor hacía, porque en otra vida aprendí demasiado tarde a prestarle atención y en esta me había jurado no perderme nada.
Caminó del lado de la calle durante el resto del trayecto. Seiscientos metros de asfalto, polvo y sol de la mañana. Seiscientos metros de su cuerpo entre el mío y los coches, como un escudo humano que no sabía que lo era.
En otra vida, también caminabas del lado de la calle. Siempre. Desde el primer día que caminamos juntos hasta el último. Y yo nunca te lo agradecí porque no sabía lo que significaba.
Ahora lo sé.
Significa: no voy a dejar que nada te toque. Ni siquiera un coche que pasa demasiado rápido. Ni siquiera el viento que levanta.
Llegamos a la escuela. Él entró primero. Yo entré dos pasos atrás, con la nariz todavía hinchada, las rodillas todavía moradas, y el corazón tan lleno que me costaba respirar.
No le dije gracias.
No por ingratitud. Porque agradecerle habría significado señalar lo que hizo, y señalar lo que hizo habría hecho que se diera cuenta de que lo hizo, y darse cuenta habría activado todos sus mecanismos de defensa y quizás mañana volvería a caminar del otro lado.
Así que me callé. Y lo dejé protegerme sin saberlo.
Como siempre.
Como en otra vida.
La semana del torneo deportivo continuó con eventos menores: carreras de obstáculos que nadie tomaba en serio, un partido de voleibol donde Tomás Herrera le pegó al balón con la cara y lo celebró como un logro atlético, y una competencia de cuerda que ganó un chico de primero cuyo nombre nadie recordó después.
Isabela no volvió a competir. La enfermera le dio reposo por tres días. Las agujas no habían causado daño profundo, pero el director, que se enteró veinte horas después de que pasó, porque la información en esta escuela viajaba a la velocidad de un caracol artrítico, abrió una investigación que no iba a llegar a ningún lado.
Lo sabía porque en la vida anterior, la misma investigación se cerró en dos semanas sin resultados. Nadie vio nada. Nadie sabía nada. Las agujas aparecieron solas, como por generación espontánea. Fernanda Prado tenía el dinero y las conexiones para borrar huellas, y Kevin Ramos tenía la experiencia para no dejar ninguna.
Pero esta vez yo tenía algo que no tuve la primera vez: diez años de conocimiento sobre cómo operaban.
Y un plan que no involucraba bofetadas.
Todavía no, pensé. Primero resuelvo lo del torneo. Después, Fernanda.
Fue el jueves por la tarde, durante los últimos eventos del torneo, cuando lo vi.
Lisandro caminaba por el borde del campo con esa zancada larga y deliberada que usaba cuando quería llegar a algún lado sin que pareciera que tenía prisa. Pero esta vez sí tenía prisa. Porque cincuenta metros detrás de él, con los zapatos que costaban más que mi mesada anual y una expresión de determinación que me puso los nervios de punta, venía Fernanda Prado.
Lisandro dobló la esquina del edificio deportivo. Se metió en la bodega de equipamiento. Cerró la puerta detrás de él.
Se escondió.
Lisandro Sotomayor, primer lugar de la generación, el chico más intimidante de la preparatoria, el que hacía que la gente cruzara al otro lado del pasillo para no molestarlo, se escondió de una chica de pelo liso en una bodega llena de colchonetas viejas y pelotas desinfladas.
Fernanda llegó a la esquina. Miró a la izquierda. A la derecha. No lo encontró. Se quedó parada un minuto, con los labios apretados, y luego giró sobre sus talones y se fue hacia las gradas.
Esperé a que desapareciera. Luego caminé hacia la bodega.
Voy a rescatarte, pensé. Aunque probablemente me digas que no necesitas rescate.
Puse la mano en la puerta. La empujé.
Lo que encontré adentro me dejó sin aliento.