Un escritor exitoso transforma el destino de una mujer marcada por cicatrices.
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Capitulo 9
Gianna terminó de regar las últimas flores.
Antes de salir del invernadero, miró una vez más las plantas que había cuidado.
Había algo reconfortante en aquel lugar.
Quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, podía hacer algo sin sentir miedo.
Cerró la puerta del invernadero y comenzó a caminar de regreso hacia la mansión.
El jardín se extendía frente a ella como una enorme alfombra verde. Los árboles estaban perfectamente podados, las flores decoraban los senderos y una fuente de piedra dejaba escapar un suave murmullo de agua.
Gianna se detuvo.
No pudo evitarlo.
Miró alrededor con una pequeña sonrisa.
Era hermoso.
Durante toda su vida había conocido solamente las calles cercanas a su casa y aquel pequeño vecindario donde hacía los mandados que su madre le ordenaba.
Nunca había tenido tiempo para detenerse a observar algo tan sencillo como unas flores.
Mucho menos un jardín como aquel.
Gianna respiró profundamente.
Una ligera brisa movió algunos mechones de su cabello.
Cerró los ojos durante unos segundos y dejó que el aire fresco acariciara su rostro.
Se sentía libre.
No estaba huyendo.
No estaba esperando un grito.
Simplemente estaba allí.
Disfrutando de un momento de paz.
................
En el segundo piso de la mansión, Rocco seguía frente a su escritorio.
Había vuelto a levantarse.
La página seguía exactamente igual.
Frustrado, caminó hasta la ventana.
Necesitaba despejarse.
Apoyó una mano sobre el marco y miró distraídamente hacia el jardín.
Entonces la vio.
Rocco frunció ligeramente el ceño.
No la había visto antes.
Había algo en ella que hizo que Rocco dejara de pensar en su bloqueo.
La joven se detuvo en medio del jardín.
No parecía estar esperando a nadie.
Simplemente contemplaba las flores.
Rocco permaneció inmóvil.
La observó mientras ella miraba a su alrededor con una expresión que no había visto en mucho tiempo.
Una felicidad sencilla.
Genuina.
Ella no parecía impresionada por el tamaño de la mansión.
Ni por la riqueza que la rodeaba.
Parecía maravillada simplemente por estar allí.
Por los árboles.
Por el aire.
Por la tranquilidad.
Rocco sintió una extraña curiosidad.
¿Quién era aquella chica?
Nunca la había visto en la casa.
Quizá era una nueva empleada.
Pero, entonces, ¿por qué no podía apartar la mirada?
Gianna se agachó ligeramente para observar una de las flores.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña, casi tímida.
Rocco sintió algo extraño.
No sabía qué era.
Solo sabía que quería seguir observándola.
Había algo diferente en aquella joven.
Algo que no podía explicar.
Durante unos segundos se olvidó por completo de la página que llevaba días atormentándolo.
Después, una idea apareció en su mente.
Rocco abrió los ojos ligeramente.
—Espera...
Se apartó de la ventana.
Caminó rápidamente hacia el escritorio y se sentó frente a la computadora.
Miró la página.
Por primera vez en días, no sintió frustración.
Sus dedos comenzaron a moverse sobre el teclado.
Una frase.
Después otra.
Y otra.
Las palabras comenzaron a aparecer rápidamente en la pantalla.
Rocco no se detuvo.
Había encontrado algo.
Una imagen.
Una sensación.
Una chica que ni siquiera conocía había conseguido despertar en él aquello que llevaba días buscando.
La inspiración.
Mientras escribía, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—¿Quién eres? —murmuró.
Y continuó escribiendo.
Sin saber siquiera su nombre.
Sin saber de dónde había llegado.
Sin saber nada de ella.
Pero, por primera vez en días, Rocco De Santis sabía exactamente cómo continuar su historia.
... ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Al día siguiente...
La mañana comenzó tranquila en la mansión De Santis.
Los primeros rayos de sol entraban por las grandes ventanas mientras el personal comenzaba con sus tareas habituales.
En la cocina, Chiara terminaba de desayunar mientras revisaba la hora en su teléfono.
—Mamá, me tengo que ir, para la universidad.
Michela levantó la mirada.
—¿Ya?
—Sí. Tengo clases a primera hora.
Chiara tomó su bolso y se acomodó el cabello.
—Nos vemos más tarde.
—Ten cuidado.
—Sí, mamá.
Chiara se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Nos vemos, Gianna.
Gianna, que estaba terminando de organizar algunas cosas en la cocina, sonrió.
—Que te vaya bien en la universidad.
—Gracias.
Chiara salió de la cocina y pocos segundos después se escuchó la puerta principal cerrarse.
Michela suspiró y continuó con sus tareas.
Sin embargo, apenas había comenzado a moverse, llevó una mano a su frente.
Gianna lo notó inmediatamente.
—¿Se siente bien?
—Sí... solo estoy un poco indispuesta.
—¿Qué le pasa?
—No es nada grave. Creo que no dormí bien.
Michela intentó continuar trabajando, pero se detuvo nuevamente.
—Tengo que limpiar la habitación del señor Rocco.
Gianna dejó lo que estaba haciendo.
—Yo puedo hacerlo.
Michela la miró.
—¿Tú?
—Sí.
—Es la habitación de uno de los señores.
—Lo sé.
—Y quiero que tengas mucho cuidado.
Gianna asintió.
—Tendré cuidado.
Michela permaneció unos segundos observándola.
La joven había demostrado ser responsable desde que había llegado. No se quejaba de las tareas y prestaba atención a cada indicación.
Finalmente, aceptó.
—Está bien.
Gianna sonrió.
—Usted descanse un rato.
—No quiero aprovecharme de ti.
—No es ningún problema. Además, quiero ayudar, también es mi trabajo.
Michela suspiró.
—Está bien.
Después recordó algo.
—A esta hora el señor Rocco no suele estar en su habitación.
Gianna asintió.
—Perfecto.
—Está casi siempre en el despacho trabajando durante la mañana.
Michela comenzó a explicarle dónde estaba.
—Subes las escaleras, giras a la derecha y sigues hasta el final del pasillo. La habitación del señor Rocco está allí. Es la segunda puerta.
Gianna intentó memorizar las indicaciones.
—¿Y el baño también debo limpiarlo?
—Sí. Cambias las sábanas, ordenas la habitación, limpias el baño y asegúrate de que todo quede exactamente como estaba.
—Entendido.
Michela la miró con seriedad.
—Y una cosa más.
—¿Sí?
—No revises sus cosas.
Gianna abrió ligeramente los ojos.
—Claro que no.
—Sé que no lo harás. Solo te lo digo porque es importante respetar la privacidad de los señores.
—Lo entiendo perfectamente.
Michela asintió.
—Bien. Entonces puedes comenzar.
Gianna tomó los productos de limpieza y subió las escaleras.
Mientras avanzaba por el pasillo, intentaba recordar todo lo que Michela le había dicho.
No quería cometer ningún error.
Cuando llegó al segundo piso, miró hacia ambos lados.
La mansión estaba completamente silenciosa.
Gianna siguió caminando hasta encontrar la puerta que Michela le había indicado.
Se detuvo frente a ella.
Era la habitación del señor Rocco.
Gianna levantó la mano.
Tocó suavemente.
No obtuvo respuesta.
Recordó las palabras de Michela.
A esa hora no estaría allí.
Tomó el picaporte y abrió lentamente.
—Perfecto... no está dentro.
Entró.
Y cerró la puerta detrás de ella.
Sin saber que, por primera vez, estaba entrando en el espacio privado del hombre que el día anterior la estaba observando desde la ventana.